¿Qué hago con este fusil? El oficio del escritor

Arte por : Camila Restrepo

Alguna vez le oí decir al poeta Czeslaw Milosz que si la reconstrucción de su ciudad natal dependiera de todo aquello que ha quedado consignado en los libros y en las esculturas, en los cuadros y en los sonetos de las personas que se enamoraron por primera vez en ese lugar, Vilna desaparecería sin ningún recaudo. ¡Injusticia!, decía, contrastando su propia suerte con la suerte de los parisinos, quienes pudiendo borrar con ostentosos manotazos buena parte de su tradición artística aún tendrían ciudad para repartir en amplios lotes a locales y extranjeros. Sus palabras, entonces, se presentaron ante mí como el crisol de la soledad, la frustración, el adanismo y la ansiedad de quien echando una mirada hacia los álbumes de fotos familiares no se reconocía en las facciones del intrépido Rivera, ni en el rostro semítico de Isaacs, ni en el eterno mostachón de Gabriel García ?ese hijo de vecino que de tan furiosamente local, llegó a ser todos los hombres de todos los álbumes. Qué había de memorable en nuestra literatura más allá de ellos (y de Silva y de Mutis y de De Greiff), qué había, pues, en sus obras que en caso de apocalipsis nos ayudara a rescatar a este país de las tinieblas del olvido; qué había, repito, que en diálogo abierto con todas las literaturas del mundo pudiera reafirmar la especificidad de las tribulaciones que a nosotros nos acompasaron subidos en la montaña o allende la sierra. Acaso los versos, pero el extrañamiento del espacio seguiría imponiéndose sobre la belleza frágil de la congoja universal. Decidí que estaba condenado por la tradición a no poder reconocerme en la literatura colombiana, y continué la búsqueda por los países eslavos, las costas del mar Báltico, la Europa central.

 

Tuve la tentación de inventar una vanguardia. Había decidido la construcción de dos líneas de trincheras, una a cada flanco. Quería escribir manifiestos incendiarios que dejaran el terreno batido, que las acusaciones y la paciencia de la lluvia convirtieran los descampados en una ciénaga imposible de franquear. Levantar una barrera de púas y cortadores para que los dueños de la literatura me dejaran a solas en la segunda fundación. A un costado de mis propósitos, sin embargo, me sorprendió un rastro de libros que conducía hacia una puerta. En la habitación había un grupo de cuentistas norteamericanos, un hombre que decía llamarse Falkner o Faulkner, las historias de San Basilio de Palenque, todas las imágenes de todos los cuentos que nos dijeron nuestras madres una tarde junto al fregadero, un tuerto con un fusil, la señora Luisa Santiaga y misiá Tranquilina, un Baudelaire diabólico, un sensorial Rubén, un funcionario adusto que recordaba a los personajes de Dostoievski y un modesto autor de Praga.

 

La certeza de ese encuentro me permitió considerar dos cosas. Ya no estamos obligados a pensar en la literatura colombiana de una manera inequívoca. Y nuestra literatura no está consignada solamente en los grandes libros. Todavía hace falta recorrer muchas de las páginas menos socorridas de nuestra tradición. Construir esa tradición, ampliar los horizontes del país en que el verde es de todos los colores, rehusar la directriz canónica que condena y exculpa. Estas son las razones por las que hemos decidido reunirnos en la revista Sombralarga. Ponemos en manos de los lectores la expresión de lecturas distintas. Hemos llegado a este punto para descubrir las líneas secretas que comunican a las nuevas creaciones con las voces del país que se han refundido entre las páginas no leídas y las historias olvidadas de nuestros pueblos recónditos.