Editorial con serie de esperanzas infundadas

Arte por : Alejandra Campo

Tanto se apresuró Sombralarga con su segunda entrega que el número previsto para agosto sólo asomó su cabeza hasta enero. Si hay inconformes con el evidente desajuste temporal, coincidimos con ellos. En todo caso, agregamos que en los prolongados meses de ausencia hemos emprendido un arduo trabajo de remodelación y esperamos que nuestros lectores, desde los insensibles hasta los hiperestésicos y tanto los críticos inclementes como los espontáneos benévolos, celebren con nosotros la vivacidad del mobiliario, la lozanía de los corredores y la calidez de las habitaciones. Ahora bien, como en esta ocasión el eje de nuestro número es la cotidianidad, aprovechamos el espíritu de la temporada para entregarle a nuestros lectores algunas gracias, que desearíamos de diario cumplimiento; lamentando sin embargo -terrible confesión- que estas pretendidas gracias no pasen de ser una serie de esperanzas infundadas: fósforos, café con deficiente azúcar y pan sin mantequilla. De todas maneras:

Primera: que seamos del hoy. Pensamos en el poemario La vida cotidiana, publicado en 1959. En particular, en el poema homónimo, y en su forma arrolladora de situarnos frente a ese caudal sonoro que es el paso del tiempo. En la angustia de sabernos parte de un río que nos conduce indiferente, Cote Lamus nos alienta: insinúa que siempre podemos tomar un poco de agua fugitiva entre las manos y, aún más, que si tenemos fortuna el ciervo podría beber en ellas. En otras palabras, aceptemos que lo que hacemos pertenece al pasado, pero supongamos que la única tradición de este país no son los errores y que todavía podemos, tercamente y con novedad, lanzar al aire la red del sueño.

Segunda: que esta ciudad sea nuestra. Ahora nos dirigimos hacia el poemario Amantes, de 1958. Nadie podría, ni siquiera los criminales abrumadores, ocultarlas enteramente a ellas: las nubes incendiadas con el entusiasmo nuestro de todos los días. Gaitán Durán señala que esa encarecida y fogosa actividad podría cifrar nuestra posibilidad más propia de recuperar el cielo que hemos negado; que semejante gracia podría ser, quizás, nuestro único privilegio: descubrir los mil soles que arden.

Tercera: que pongamos más amor en la sábana. Así es como enseña Gonzalo Rojas la forma de nuestra inscripción en el número de los justos: como amantes. De amor siempre insatisfechos, llevémosle de las sábanas a las sabanas, a la sierra, a los valles, a los llanos, a las selvas, a las costas y a las montañas urgentes; y a todas partes con suma urgencia. Con un empeño tal que la misma muerte nos olvide y sólo sepamos ser feroces como feroces son los amantes.

Deseamos, en síntesis, que día a día la carne nos alce a nuestra forma más propia: caudal de vida que pasa, descubridores o amantes. Ahora bien, habiendo expresado nuestra simpatía, que es cotidiana como una barra de jabón, les damos finalmente la bienvenida a nuestras nuevas habitaciones, en las que juegan serpientes, tigres y soles sanguinarios. A manera de despedida, alguien dice que cumplamos con el deber de advertir que al fondo de todo esto duerme un caballo preocupado por la situación.