En algún momento de la historia, al uso práctico del sombrero se le agregó su poder totémico capaz de revelar no solo el género, el estatus, el oficio y el rango militar de su portador, sino también algunos atributos de su personalidad. Con los sombreros las cabezas cambian. Así y todo, su uso icónico va más allá de la vanidad. Un sombrero puede mostrar, pero también ocultar. De tal forma, un sombrero es una pieza de magia, un objeto capaz de hacer posible la quimera. Las brewsters, mujeres que fabricaban y vendían cerveza en la Edad Media, se identificaban del resto de mujeres por el sombrero cónico que utilizaban. En la pintura Vuelo de brujas, Goya representó a las hechiceras con un capirote, como los que colocaba la Santa Inquisición a los acusados. El mago escocés del siglo XIX, John Henry Anderson, fue el primero en ejecutar el truco del conejo en la chistera y, después, dedicó su vida a descubrir y exponer los truco de médiums y espiritistas de la época. Cuando Magritte pintó, reiteradamente, a un personaje con un bombín negro en la cabeza no quería representar a un hombre en particular, ni siquiera quería pintarse a él mismo; se propuso pintar a todos los hombres, al hombre universal. Chaplin, hurgando prendas en un vestuario de la Keystone Film Company, encontró un sombrero hongo que contrastaba con el resto de su hilarante atuendo e, inspirado en el vodevil inglés y en los vagabundos de Londres, creó a Charlot: el vagabundo más famoso de la historia. En la década de los veinte todo el mundo llevaba cubierta la cabeza. Los hombres saludaban tocando el borde del sombrero. Seguían las reglas de etiqueta que la sociedad había creado para el accesorio. Las décadas siguientes, tras la llegada del automóvil, su uso empezó a declinar. En los cincuenta, James Dean, Elvis Presley y Los Beatles pusieron de moda sus peinados y el sombrero quedó relegado. A principios de los sesenta, John F. Kennedy fue el primer presidente de los Estados Unidos en prestar juramento sin sombrero. El reinado del sombrero había llegado a su fin y no fue sino hasta épocas recientes cuando los hípsters volvieron a ponerlos de moda.

Mi primer día en el jardín de niños me aferré a mi sombrero de cowboy que me había regalado mi abuelo y que, en realidad, no era un sombrero del Viejo Oeste, sino un sombrero de ala redonda y ancha y tejido en palma, de granjero. Estaba resuelto a entrar a la escuela con él, de lo contrario, no lo haría. Al llegar a la puerta de la escuela, las maestras que recibían a los niños se rieron. Me quité el sombrero, lo tiré al suelo y lo pisotee. Mi madre intentó explicarme que la risa de las maestras había sido una risa de ternura y no de burla. Pero yo estaba furioso y no quise quedarme en esa escuela. Mi padrastro me apoyó y convenció a mi madre de que buscáramos otra escuela. El sombrero quedó arruinado, pero algunos meses después me trajeron, de un viaje a Nueva York, un cookskin de piel y cola de mapache, como el que usaban Daniel Boon y David Crockett —es probable que mi gusto actual por las boinas de tweed y por los sombreros Fedora con pluma provenga de ese tiempo—. Mis padres estaban en medio de un divorcio que duró muchos años, buscando cada uno volver a empezar su vida. No recuerdo la escena del sombrero más que por una fotografía y por lo que mi madre me contó, pero tengo la seguridad de que, de esa época, proviene el hombre frágil y desesperado que soy. Un tiempo me pregunté por qué quería entrar a mi primer día de escuela con un sombrero. Ahora ya lo sé, un sombrero, puede cambiarte el día.