Permutaciones y reflejos en Estrella madre de Giuseppe Caputo

Por: Isabella Ariza Buitrago

Arte por: Elisa Estévez

 

Hablé con mis amigas de Estrella madre (2020) de Giuseppe Caputo en nuestro club de lectura. Todas nos vimos reflejadas en la novela. Supimos que, como el sueño del protagonista en el que se le acerca un espejo inmenso desde el cielo, esta lectura nos invitaba a buscarnos en ella. La historia de un niño que espera el regreso o la llamada de su madre nos llevó a contar cuentos sobre nuestras madres, nuestras abuelas (en particular, sobre la abuela de una amiga que no quería ser madre), y a pensar en mujeres que conocemos (o imaginamos) y que vimos reflejadas en las vecinas (Madrecita, Luz Bella), en la madre del niño, y en las otras madres que él veía en telenovelas. Mientras hablábamos del libro de colorear sobre los milagros de Jesús, otra amiga contó que una vez soñó que mataba a la Virgen María y le dio tanto miedo que tuvo que dormir con su mamá durante años. Nos ilusionamos con preguntas tontas que le haríamos a Caputo (¿cuántos años tiene el niño?, ¿cómo se llama?, ¿qué ciudad es esa?), y le hicimos otras preguntas al libro. Nos inventamos algunas respuestas.

 

1. Crecer y desear

Como si fuera una novela de formación, Estrella madre se centra en el aprendizaje que lleva a un niño a convertirse en adulto. Pero la novela hace un énfasis particular en ese aprendizaje —doloroso y largo— y la edad del niño parece tener una importancia menor. Su crecimiento no es lineal. Sentimos que el niño no cambia, a pesar de que muchos indicios muestran que el tiempo sí pasa. Siempre está vestido igual —como los personajes de las caricaturas— con su pijama de estrellas y arbolitos, pero sabemos que crece porque empieza a trabajar y porque empieza a desear. Un día, mientras jugaba en su cama, su mamá le pide que levante la sábana y le dice “¿Cuándo te salió todo eso?... Creciste”. Las personas a su alrededor y él mismo empiezan a decir, como estribillo, “creciste”. Un signo cercano a este crecimiento es el de la leche, que aparece una y otra vez y a veces significa niñez y a veces adultez. La polisemia de la leche contribuye a la ambigüedad de su edad: Madrecita, por ejemplo, le da leche de mentiras y él, en un pacto en el que acepta jugar a que es niño, se la toma. Pero al mismo tiempo, el deseo se convierte en leche y escarcha con sus romances. La leche materna se mezcla con la leche del deseo de los hombres que el niño imagina. La novela logra que la humedad de la leche se sienta en los lugares en los que se desarrolla el deseo. El niño narra que su cama, por ejemplo, es un mar, se vuelve agua, húmeda, caen gotas, llueve. Que la realidad del niño tome características físicas de lo que él está sintiendo nos recuerda a Inception, donde la realidad soñada empieza a gotear porque afuera, en el marco, mojaron al soñador. Humedad y crecimiento, así, quedan juntos.

Incluso después de partir, la madre parece estar siempre metida en el deseo del niño. El niño ve el mundo a través de su ventana, en la que tiene pegada un recorte de periódico que según él es una foto de su madre. La foto filtra la manera en la que el niño ve la obra que están construyendo en frente de su edificio y proyecta una sombra en el interior del cuarto. Esta sombra se mezcla con las sombras de los hombres del andamio que al niño le gusta ver. Aunque generalmente sentimos que el niño está a un lado de un vidrio y nosotras del otro (lo vemos y lo leemos como si viéramos una obra de teatro), por momentos —en particular, en los momentos del deseo—, el niño está con nosotras: se lee a sí mismo y vuelve a desear.

 

2. Permutaciones

Aunque el niño hace varias cosas, no hace más que esperar a su madre: que vuelva a la casa o que lo llame. En su espera, nos narra cómo todo le parece la misma historia. La busca en todas partes y, cuando no la encuentra en las palabras de otros, pierde interés y deja de oír. Su madre está en cada una de las permutaciones. Como si hubiera un número limitado de objetos disponibles para los personajes y de palabras disponibles para el narrador, vemos cómo aparecen, escena tras escena, el sol y la luna, el naranja y el violeta, la leche, la mogolla, el humo, el dinero y los arbolitos. Todos los días, Madrecita grita “¡Nació!” (233) como si con su palabra saliera el sol o como si gritara “¡Acción!”. Con esta declaración, pone en marcha la variación del día. Asistimos a un show de luces.

El niño juega, primero inocente y luego con deseo (o siempre con deseo) con los mismos juguetes en su cama (que a veces es mar, a veces desierto, y una vez parece un pesebre). Su muñeco pasa de ser soldado a mago, a hombre, según la voluntad del jugador. Paralelamente, el narrador —también jugador—, con la misma masa arma distintas formas. Como la obra en construcción —que los obreros hacen, deshacen y rehacen con lo que parecen ser las mismas vigas, palas y taladros— la historia de la espera de la madre no avanza.

En el capítulo “Contar” se hace evidente la búsqueda del narrador por transmitir lo interminable que es la espera por la madre. Mientras que “el tiempo de las monedas”, con cada pago, vuelve a comenzar, el tiempo de la novela, que es el tiempo de la tusa por la madre, se hace eterno. Con cada momento que pasa separado de su madre, una nueva cicatriz —como el ombligo— le aparece. En contraste al tiempo de la plata, que es limitado y amenaza con acabarse, el tiempo de la madre se estira y hace que él parezca un niño siempre. Y a la vez, sin su madre, el tiempo está muerto. Cuando él le dice por teléfono: “¡Ven, que estoy solito!... los palitos [del reloj] no se mueven”, su madre le responde “Entonces el reloj se murió” (161). Se trata de un tiempo que, como el agua de la ciudad, está muriendo siempre, pero nunca muere del todo. Un tiempo burbujeante que, aunque “parecía muerto de repente revivía” (71). Un tiempo como el de una estrella, que se puede ver aunque esté muerta.

 

3. Patria y madres

En Tiempo muerto, la novela de Margarita García Robayo, Lucía, la protagonista, dice que “La patria es eso que se muda contigo”. Lucía intenta venderle a sus hijos una idea que para ella aún no es del todo clara: que ellos son “de su casa”, pese a que no hay nada singular que distinga esa casa de las demás de la cuadra. Caputo y García Robayo reflexionan sobre la falta de permanencia en un lugar. En sus obras, la importancia de repensar la “patria” está relacionada, ya no con el padre –que, por cierto, es una figura en general ausente tanto en Tiempo muerto como en Estrella madre–, sino con la madre y con la posibilidad de enraizarse en ella. Esta posibilidad desafía la concepción decimonónica de patria y de nación y se relaciona con un lugar maternal que excede la territorialidad. En Estrella madre. aunque nadie se pregunta “¿de dónde soy?”, muchas personas sienten ganas de irse. Unas pocas se quedan y son esas las que arman un hogar. El personaje de Madrecita demuestra que en la muerte, en la ausencia, y en lejanía de una estrella —de una madre— puede haber luz, belleza y compañía. El juego del narrador y las variaciones nos hace pensar que la lengua puede crear, más que una patria, un hogar.

 

Estrella madre
Giuseppe Caputo
Literatura Random House
2020
304 páginas