Donde duerme el doble sexo

Arte por : Ricardo Núñez Suárez

Esta editorial felizmente polémica tiene el propósito de desmarcarnos de ciertas interpretaciones posibles acerca de la relación entre género y literatura. Preferimos delimitar negativamente el punto de partida, es decir, indicar aquello con lo que no comulgamos, y nos callamos los juicios que sancionan la verdad y originalidad de algunas expresiones de género, y levantan nuevas formas de jerarquía y exclusión o robustecen las existentes. Elegimos, por eso, unos pájaros como portada. No sabemos nada del Verderón Común¸ como se le conoce a este género de ave, pero hemos sido enterados de sus presuntas prácticas homosexuales y bisexuales, así como de su supuesto dimorfismo sexual. El tal pájaro es un oportuno pretexto para aproximarnos a la compleja y amplia transacción entre literatura y género, pues su vida no comparece como simplemente ajena a las dinámicas y aparatos de poder históricos que producen vidas humanas. Su vida pertenece a esa región heterogenea y múltiple que el ser humano agrupa en la identidad fija de "lo animal", y que solo es inteligible a partir de la distinción animal/humano (distinción que conocemos bien por el legado del Humanismo moderno). Pero en el lugar reservado para lo no-humano habita sin embargo una heterogeneidad que se resiste a la unidad constante mentada en "lo animal". Esa multiplicidad y diversidad es la que también permanece latente y lucha en el trasfondo de lo que conocemos como legítimamente humano, esto es: lo que se adecúa al marco de nuestras normas binarias de género. Con la figura del animal, entonces, no pretendemos reificar cierta "naturaleza" para inspirar apuestas románticas y reaccionarias frente a las políticas de género. De la animalidad reivindicamos el exceso, lo diverso, múltiple y bestial.

Estamos también en contra de la consideración de la literatura como vehículo destinado a referirse o expresar alguna naturaleza fija. La literatura no es un medio neutral que constata estados de cosas, y porque se desembaraza de esa pretensión cientificista es radicalmente potente. Sabemos de la voluntad de la palabra poética para dar voz a otras realidades, de los versos que evocan experiencias que no se sitúan en el marco de la feminidad blanca heterosexual y burguesa en la poesía de Gloria Anzaldúa, de Adrienne Rich o Audre Lorde; o de la apertura infinita a masculinidades no hegemónicas en la narrativa de Giuseppe Caputo o la poesía de Raúl Gómez Jattin y de Porfirio Barba-Jacob . La literatura, pues, no se casa con las fórmulas del lenguaje técnico administrativo sino que realiza su más genuina vocación en la apertura de posibilidades para hacer sentido de otras vidas y cuerpos, para ampliar lo que tenemos por "real".

Sin apresurar, pues, lo que conjura esta miscelánea de escritos que constituye el número cinco, podemos decir que no se trata de lo mismo: del mismo ahistoricismo ingenuo y romántico con su idea de naturaleza; ni la ingenua defensa de la literatura como inmaculado medio de expresión de presuntos dioses o genios que moran descarnados en las alturas de los cielos; ni de la voluntad pedagógica y vertical a la que están ya abocados los medios de comunicación o las biblias.

Este número vagabundo, antidogmático, está más bien dedicado a explorar lo inabarcable y heterogéneo, lo bestial, múltiple, a lo que vuelve -y debe volver siempre- la palabra. No solo apostamos por enriquecer los temas acostumbrados en la literatura, sino que vemos en esto la posibilidad de sacudirnos de las rígidas ficciones culturales normativas en las que vivimos, que se afirman y reproducen a través del lenguaje en general (la literatura incluida), y remitirnos al mar infinito de configuraciones sensuales, cromosómicas y hormonales, en el que acaso solo sea posible el naufragio. Nuestra búsqueda, como siempre, es gravísima; nos jugamos en esto la vida y les invitamos a ustedes a hacerlo.