Es bella la canción y amarga su escritura

Arte por : Bastian Brauning

Tan bueno que es decir ¡Oh! Se siente uno en el Parnaso.
Jaime Jaramillo Escobar - A Guillermo Valencia

 Si la muerte sabe reconocer a los buenos hombres, entonces la partida de Guillermo Martínez (1952 - 2016) fue tan simple como el alma de un pájaro. Vino su muerte en el mes de septiembre, en un día cuya noche también se hizo de lluvia y de movimientos de árboles para saludarlo. Sombralarga confía en que la muerte se le acercó entonando la Rapsodia de Saulo y en que juntos tuvieron ocasión de hablar de un río.

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"¿A quién sirve la poesía?" es la pregunta de este número y Guillermo Martínez, cuya memoria honramos, fue el primero en responderla. Su respuesta, que grabamos en video la noche del sábado cuatro de junio durante el lanzamiento del número anterior, inauguró una cadena de coscorrones, más o menos amables, que desde entonces no hemos dejado de recibir. ¿Por qué? El poeta, que había compartido unos felices rones con Amalia Moreno y Félix Ceballos, fue enfático: "la idea no es que la poesía sirva, la idea es que la poesía sea esencial". Según él, la poesía, por ser connatural a nuestra condición, es un patrimonio humano gratuito y soberano, jamás sometido a la servidumbre.

Pero no solo Guillermo Martínez le ha hecho una llave de judo a la pregunta. El medievalista Alberto Bernal, en un escrito que podrán encontrar en este número, también hizo lo suyo por "demolerla". Su ensayo muestra la poesía como un testimonio intemporal de humanidad, como una actividad capaz de humillar al olvido, como un insumo fundamental de la inteligencia y como una optimización del lenguaje que ofrece su cura y su consuelo a cualquiera, a quien se atreva.

Si nos situamos desde este punto de vista, si consideramos la poesía como esencia intemporal, entonces la pregunta no tiene mucho sentido. Lo interesante, justamente, es que este punto de vista es el comúnmente aceptado. A propósito, un ejemplo significativo. Primo Levi, el químico italiano superviviente de Auschwitz, concedió en 1984 una entrevista a Lucia Borgia. El científico se había hecho escritor tras su experiencia en el campo de concentración, que supo comunicar en lo que ha sido llamado la trilogía de Auschwitz: Si esto es un hombre (1947), La tregua (1963) y Los hundidos y los salvados (1986). Lucia Borgia pregunta a Levi por la poesía que él ha escrito, pues quiere saber si ésta vino antes o después del lager. El escritor italiano responde: "primero", sin vacilar, y entonces la señora Borgia referencia las palabras del filósofo alemán Theodor Adorno, que alguna vez escribió que no podía hacerse poesía después de Auschwitz. Levi, con la presteza de siempre, corrige a Adorno, diciendo que no es que después de Auschwitz no pueda haber poesía, sino que no puede haber poesía que no tenga en cuenta lo ocurrido allí. Lucia Borgia insiste y pregunta si la guerra es el fin del arte, a lo que Levi responde con una negación rotunda: el arte y la guerra conviven, así como conviven la vida y la muerte, pues hay una necesidad humana de expresar en la poesía incluso las cosas más atroces. Necesidad intemporal, agregaríamos nosotros, pues Levi, para intentar explicar esa mezcla de belleza y desgracia que es el siglo XX, pone por ejemplo a la Ilíada y al Antiguo Testamento.

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Pero, ¿hay otro punto de vista desde el cual esta pregunta tenga más sentido? Demos otra vuelta. La poesía puede ser la esperanza de cumplir nuestro sueño eterno de ser buenos y felices, pero alguien tiene que velar. Así, sin despreciar las enseñanzas de los hombres interesados en los asuntos intemporales, podemos hacer énfasis en las cosas que están en el tiempo. Pero, ¿cómo? Daniel Hernández ha preparado para este número un especial de poesía chilena contemporánea, así que aprovecharemos la presencia de Andrés, González, Juan Esteban Plaza, Juan Santander Leal y Felipe Toro para abrir una veta que nos permita explicar, finalmente, en qué estábamos pensando cuando planteamos esta pregunta.

Construyamos, pues, nuestra postura. Roberto Bolaño nos presenta en la novela Nocturno de Chile, historia de sótanos y sotanas, a un llamativo personaje: Sebastián Urrutia Lacroix, sacerdote, miembro del Opus Dei, poeta, crítico literario y guía del general Augusto Pinochet en el laberinto del marxismo. Sus febriles divagaciones conforman la novela, en la que recuerda una dulce noche incrustada en el baúl de sus años de formación. El sacerdote es invitado a la casa de Farewell, el más grande crítico literario, donde coincide una noche con Pablo Neruda, el más grande poeta, y su esposa. La cena es abundante y Urrutia, que se siente congestionado, busca la terraza para tomar aire fresco. Allí lo busca Farewell, que posa su mano en la cintura del sacerdote y le habla de poetas italianos. Habla de Sordello, Farewell, que luego, al recordar los escritos del trovador mantuano, el Ensenhamens d´onor  y el Planh por la muerte de Blacatz, baja su mano, dejándola sobre las nalgas de su invitado. Así las cosas llega Neruda, "que estaba a espaldas de Farewell tal como Farewell estaba a espaldas mías [Urrutia]", para completar el triángulo: el más grande poeta, el más grande crítico y el considerado aprendiz, unidos por la amistad, la complicidad y el amor. La mención de Sordello se convierte en un ruido incómodo en esa embriagante y refinada atmósfera de brindis, elogios y autocomplacencia.

Pero, ¿y qué con Sordello? Tras la muerte de Blacatz (1165 - 1237), trovador y señor de la región provenzal de Aups, compuso Sordello un lamento, o plañido (planh), en el que celebraba al fallecido tanto como amonestaba, por viles y cobardes, a los príncipes de su tiempo, a quienes invitaba a servirse del corazón de Blacatz, para ver si de esa forma podían compartir en algo su coraje. La honestidad de Sordello, mantuano como Virgilio, sirvió de modelo a Dante, que compuso también una invectiva contra la discordia política de los italianos, la rapacidad y la tiranía de su nobleza y la indiferencia de sus gobernantes. Es así como el canto VI del Purgatorio podemos leer lo siguiente:

vino hacia él del sitio en que se hallaba

diciendo: «¡Oh mantuano, soy Sordello,
soy de tu misma tierra!», y se abrazaron.

 ¡Ah esclava Italia, albergue de dolores,
nave sin timonel en la borrasca,
burdel, no soberana de provincias!

 Aquel alma gentil tan prestamente,
sólo al oír el nombre de su tierra,
comenzó a festejar su paisano,

y en ti ahora sin guerras no se hallan
tus vivos, y se muerden unos a otros,
los que en un foso y un muro te encierran.

Busca, mísera, en torno de tus costas
tus playas, y después mira en el centro,
si alguna parte en ti de paz disfruta.

En estos tiempos de división, discordia e incertidumbre recomendamos la lectura del canto VI y VII del Purgatorio de la Divina Comedia. Por ahora, como esta editorial se extiende alevosamente, iremos sacando las conclusiones. Al retomar la caricatura que hace Bolaño con Urrutia Lacroix señalamos que no solo hay poesía como actividad esencial del hombre que permanece a pesar del tiempo, sino poesía como forma de sociabilidad humana, demasiado humana, que está sometida a las presiones del tiempo y que, por lo tanto, es susceptible de caer en mezquindades, lamentables alianzas y complicidades con los más tiesos y escleróticos circuitos a través de los cuales se ejerce el poder en una sociedad. Con la referencia a Dante, lector ejemplar y poeta celestial si es que hay uno, señalamos un claro ejemplo en el cual la poesía (su lectura y su creación) sirve para iluminar los arduos pliegues de un complejo presente que exige comprender con lucidez y actuar sin miedo.

No defendemos un arte gubernamental, ni una poesía instrumentalizada. Solo recordamos que, como ha aclarado Quessep en los versos finales de "Ars Amandi": "en el arte de las letras finales es bella la canción y amarga su escritura".