En el límite con el cielo distante

Arte por : Alefes Silva

Decir viaje hoy en día tiene un aire de nostalgia, de tiempos mejores; suena a recuerdos cercanos que, días tras día, se alejan en la bruma de un pasado, que no por remoto sino por distinto, vemos irrecuperable.  Por esto, quizás, presentar ahora un número sobre "El viaje y la escritura" pueda parecer una broma pesada, un ejercicio de melancolía, una oportunista estrategia publicitaria o un gesto de impertinencia, pero esta situación es un juego de las coincidencias -irónica, como la mayoría de ellas-. Este es un número que maduraba desde principios de año, cuando la vida parecía ser la misma en su avanzar, y que aspiraba -y lo sigue haciendo- aportar a la variada tradición de la escritura de viajes un conjunto de textos que expresaran la sensación de irse, encontrase lejos y ver con otros ojos. Pero por el camino de la espera, nos encontramos con la imposibilidad en el mundo de ir al otro lado de la distancia y, precisamente por esta restricción, hallar en el viaje mismo el anhelo de la época.

Entendemos viajar como el gesto de abandonarse en el puro desenvolvimiento de la experiencia, que, en orden a su intensidad o importancia, deviene anécdota o reflexión. La escritura, usualmente, surge entonces como acontecimiento casi espontáneo.  Contar cómo, dónde, cuándo, quién, se hace tentador, decir de lo visto y lo pensado, con detalle o apenas sugerido, decir del aquí para allá, del allá, del regreso. Este es un número dedicado al espacio que surge entre la ida y el retorno, entre el movimiento y la estancia, un diálogo de miradas, de realidad pasada por los sentidos, de la sorpresa y el desengaño, del viajero, del paseante, del turista. Acá diario, cuento, poema o reflexión sirve para confesar el anhelo, la pérdida, el encuentro, porque el viaje y la escritura es, en últimas, una sensibilidad desbocada que descansa en el registro que la ampare con calidez.

El recorrido que planteamos va del afuera al adentro y del ayer al hoy. Desde el trayecto más amplio, lleno de imprevistos, hallazgos, donde el cuerpo se convierte en un bólido que busca rasgar el horizonte. Pasando por el corto paseo, el deambular por ahí, la cita con el acontecimiento azaroso en lo cotidiano. Hasta, finalmente, terminar en el ahora, tiempo de contención y clausura, de encierro en uno mismo con el alma fermentada de recuerdos y planes. Y así, en el límite con el cielo distante, cada quien emprenda el recorrido que desee por el territorio de este número.

Sabemos que el viaje y todas sus perspectivas, de momento, quedan mudas tras la cortina del peligro o de la prohibición. La aventura se cercena, el ímpetu se aplaca y el paisaje se reduce a lo que la ventana deja ver. Pero el otro territorio, el nuestro, la insondable interioridad, se nos impone y, de repente, la verticalidad es el nuevo confín. El viaje vertical es el que la invención nos regala, una fabulación rebosante de recuerdos y deseos. Esperamos que este número sea detonante del viaje que inicia a orillas de nuestra profunda intimidad.