Toda la historia cabe en la mirada

Arte por : Elisa Estévez

Malas traducciones

Las patadas a los tobillos en las mesas donde se negocian los tratados comerciales. Las cenizas de los acuerdos para la protección del medio ambiente. Jaulas donde los hombres, las mujeres, los niños... barcos que prenden fuego sobre el mar, guardias costeras, balsas solitarias. El atractivo tribal de los muros, las fosas, las banderas... ¿consecuencias de una mala traducción?

La minga; brillo de fusiles y noches enteras sin poder dormir. Bicentenaristas marchas triunfales en las que la más bella baila con los más fieros, pero los más fieros no pueden ver ni oír. Carros en la orilla, impermeables, reflectores; regiones enteras tan incomunicadas como los minúsculos salones en los que se decide y se habla mucho, pero se entiende poco... ¿consecuencias de una mala traducción?

En Sombralarga sabemos bien que el mundo, por lo menos aquella porción hecha de números y palabras, símbolos y signos, se debe al contacto y a la traducción. Por lo mismo, vale la pena dedicarse a pensar en este acto de caridad interpretativa, esta especie de extrañamiento cosmopolita que recibe en este número gran parte de nuestra atención. Traducciones, traductores y editoriales son, pues, el fuerte de esta nueva entrega de la revista, conscientes de que las literaturas nacionales se extienden más allá de todas sus fronteras.

¿Y la traducción en Colombia? Podemos acercarnos a esta cuestión a través del trabajo de Jaime García Maffla y Rubén Sierra Mejía, quienes ofrecen una parte del panorama en el artículo "La traducción de poesía en Colombia", prólogo del libro editado por la Casa de Poesía Silva Traductores de poesía en Colombia (1999). En este trabajo los autores presentan una útil, asaz esquemática, historia de la traducción poética en el país. Puede sintetizarse de la siguiente manera: la historia de la traducción de poesía en Colombia se divide en tres periodos: uno romántico, otro moderno y uno contemporáneo, cada uno marcado por una función particular, es decir, por una comprensión específica de lo que debería ser la traducción y de su relación con la literatura en el país. 

El romántico, en el que según los autores comienza la traducción sistemática de poesía en el país, principia a mediados del siglo XIX, cuando autores como José Eusebio Caro se entregan a la tarea de traducir autores como Pierre Jean de Béranger o Henry Wadsworth Longfellow. El matiz romántico se encuentra en que la traducción aparece como un ejercicio para ampliar la sensibilidad del traductor y, por lo tanto, se integra en un proyecto dirigido por la estrella del interés estilístico personal.

El período moderno de la traducción de poesía en Colombia se encuentra representado por autores como Guillermo Valencia. García y Sierra prestan especial atención al caso de Ritos (1914), obra en la que Valencia incluye traducciones que son presentadas como poemas de su propia autoría, integradas orgánicamente al poemario. Su carácter moderno consistiría, pues, en dos hechos: primero, en este juego estético con la autoría, segundo, en que el criterio de selección de los poetas a traducir estaría determinado ahora por la idea del perfeccionamiento estético de la propia obra.

Por último, tras señalar las revistas Mito (1955) y Eco (1960-1984) como publicaciones bisagra en la historia de la traducción de poesía en el país por la cantidad y la calidad de las traducciones logradas, los autores se refieren al panorama contemporáneo de la traducción en el país: marcado por la profesionalización del oficio y el contacto cada vez más intenso con las industrias editoriales de los demás países hispanohablantes.

Ahora bien, independientemente de validar o no el diagnóstico hecho por García y Sierra, la síntesis anterior tiene el propósito de presentar un resultado del esfuerzo por reflexionar sobre el fenómeno de la traducción en el país. Hasta ahí, el mencionado prólogo es una herramienta necesaria, tanto en su esquematismo y su limitación al ámbito de la poesía, como porque, como todo panorama, permite hacer visible lo que oculta, lo que yace más allá de sus límites. Por eso podemos hoy dejar sobre la mesa inquietudes y formular preguntas a propósito de la actualidad de la traducción en el país, a forma de invitación a ampliar y hacer más complejo ese primer diagnóstico. Algunas de ellas han sido abordadas en este número, otras todavía no hemos llegado a tratarlas, pero nos parecen igualmente fundamentales: ¿Qué lugares ocupa la traducción hoy en la literatura colombiana? ¿Qué tanto se lee literatura traducida y de qué tradiciones se traduce mayoritariamente? ¿Por qué son estas y no otras? ¿Qué funciones cumple hoy la traducción en nuestro sistema literario? ¿Cuál es su relación con la creación de literatura en el país? ¿Quiénes hacen las traducciones? ¿Cuál es su experiencia con los textos que traducen? ¿Es el rescate de obras olvidadas una forma de traducción? ¿En qué parte del panorama entran las traducciones al español de las literaturas en lenguas indígenas? ¿Qué relación tiene la traducción con la lectura de estas obras y de las hechas en lenguas autóctonas como el creol del archipiélago y el palenquero? ¿Qué editoriales se dedican a la traducción y cómo se proyectan? ¿Cuál es el alcance de los estímulos estatales a la traducción?  Preguntas que quedan sin resolver, pero que seguramente llamarán a renovadas y valiosas reflexiones.