Reporte de la muerte del patriarca don Juan De La Cruz y Arboleda y los hechos subsiguientes Parte I

Por: Jaime Rivas

Arte por: Jennifer Vélez

A mi hermana Mónica, que me contó el chiste.

 

Barbacoas, febrero 20 de 1915

 

Señor Armando Montenegro

Senador de la república de Colombia

E.S.D.

Mi estimado señor Don Armando Montealegre, senador de la Republica de Colombia. Honrando mi palabra de reportar la historia de la muerte del queridísimo patriarca y líder del partido, Don Juan de la Cruz y Arboleda, y los hechos subsiguientes a esta, me permito redactar aquí lo que he conocido del particular a partir de las voces de gentes cercanas y residenciadas en esta villa y que han atestiguado la veracidad de lo que aquí le reporto.

Las primeras noticias que se difundieron entre los paisanos  de la villa y convergentes al partido era que al anciano conservador le habían envenenado; sin embargo, y en honor a la verdad, debo refutar esa noticia en primer lugar, pues, del informe del médico de la villa y del testimonio de la mujer que acompañaba al occiso, se desprende que Don Juan de la Cruz y Arboleda ha muerto en pleno uso de sus facultades mentales, aunque no físicas, como se demuestra el que su muerte haya acaecido mientras experimentaba un orgasmo estrepitoso, trepado en la humanidad de María de los Ángeles Arboleda, una de sus preferidas, negra ella, para mayor detalle.

El médico de la villa que hizo la primera diligencia en casa del occiso reportó que no encontró nada anormal o indicio alguno que mostrase violencia o señas de bebidas infecciosas, venenosas o mágicas, con las cuales hubieran envenenado al anciano y dado que estaba con la negra María de los Ángeles, y sabiéndose que este tipo de personas son muy adictas a las supercherías y magias negra y blanca, el facultativo buscó por toda la casa pero no encontró indició alguno que sostuviera esa sospecha, por lo que se dictaminó la muerte de Don Juan como se ha dicho, muerte natural, de hecho al llegar a la habitación el cadáver aún desnudo mostraba la virilidad del viejo en plena erección y la mujer cubierta con una cobija blanca, también desnuda, daba muestra de espanto ante el cadáver de su amante.

Me aclaró el médico, en conversación sostenida con él, que sospechó en un momento de un ataque epilepsia ya que el occiso, en vida, le había comentado que había tenido un par de esos ataques en su juventud pero que se los había curado un viejo chamán que visitó en un selvático lugar del Putumayo, por eso mismo y pese a que firmó el acta de defunción siempre sospechó que fuera el ataque epiléptico; pero, sin estar, seguro y viendo las condiciones actuales del recién muerto prefirió callar, que más vale estar seguro en estas cosas que lanzarse a hacer elucubraciones embarazosas y conservó la esperanza de que don Juan despertase en las siguientes ocho horas, pero cuando pasó el tiempo, llegó la tarde y luego la noche, perdió la esperanza y calmó su alma con el rezo de un padre nuestro y un trago de aguardiente del fisco y se fue a dormir.

 Al saberse de la muerte de nuestro dilecto líder, a media mañana la villa se fue llenando de gentes que venían de las riveras y minas del Telembí, el Patía, y de otros pequeños ríos que llevan sus aguas al Patía. El embarcadero se llenó rápidamente de canoas que depositaron en la villa más de un centenar de personas en dos horas; mujeres con hijos al hombro y mal vestidas con trapos viejos que les cubrían solamente la zona intima, cuando no mostrando las tetas como las indias; niños llorones, barrigones y flemudos, con los mocos en las achatadas narices; hombres de gran altura y esbeltez, que seguramente si fueran blancos o mestizos se les consideraría príncipes y reyes por su belleza corporal, pero siendo negros ese aspectos solo suma un poco de color al espectáculo tan aberrante que estaba dando esta negrería. Había ancianas famélicas de piel curtida y los rostros arrugados como uvas pasas, desmueladas y canosas; otras, más jóvenes, que cantaban alegres, llevando el  ritmo con unas maracas y que dejaban ver su hermosura con cuerpos tallados, anchas caderas, abultadas posaderas y senos redondos cimbrándoles en el pecho a cada paso. Pese a la imagen burda y miserable de sus ropajes, en los rostros de cada uno se mostraba una sonrisa blanquísima, como si la felicidad les hubiera alumbrado. Pronto me enteré que eran los hijos ilegítimos del patriarca y su descendencia, familiares y allegados, como suelen ser las familias de los negros de acá de estas tierras bárbaras. Llegaron con bombos y cununos, unos instrumentos musicales que producen una música que despierta en el cuerpo lo salvaje o lo demoniaco que todos llevamos en el alma, y se han dado a subir las escalinatas hasta la calle primera y de ahí han copado el frente de la Casa Grande, domicilio del patriarca caído,  cubriendo toda la calle y obstaculizando el paso y la vista de los negocios de los principales de la villa y han entrado a la vivienda del eminente líder con gran algarabía y estropicio como de si de una fiesta patronal se tratara y se han puesto a rebujar en las piezas buscando ropas con que vestir al muerto, mesa donde ponerlo, comida y bebidas para alimentar a toda esa tropa, lugar donde sentar a los más viejos y leche para los niños llorones. Que en el mismo impulso, la marejada humana ha inundado la cocina, grande  de por sí, y encontrando unas ollas enormes usadas para cocinar el jugo de la caña para la panela, las han puesto en el fogón para hervir plátanos y pescado salado y seco que es lo que parece comer esta gente. Que más de una hora estuvieron en la cocina una decena de mujeres y no quedó después un galón de aceite lleno ni una gota de agua y menos una onza de café en los tarros, puesto que todo se lo han consumido de manera grotesca. Luego de haber saciado su hambre se han dispuesto a preparar el velorio del muerto, las mujeres más viejas, que de esto parecen estar muy enteradas, han lavado y vestido el cadáver y un grupo de hombres, los más jóvenes y robustos, ha ido por el ataúd, el mismo que han contratado con uno de los más mentados carpinteros del pueblo, un tal Pedro Simón, al que le han logrado convencer de modificar uno ya hecho para ampliarlo a lo ancho y a lo largo, conforme la corpulencia del viejo Juan.

Que mientras tanto la fiesta de los negros en la Casa Grande,  que es como le dicen a la vivienda del difunto, ha continuado, y qué poco han podido las personas prestante de la villa lograr entrar y ayudar a la pobre María de los Ángeles, que afectada por el acontecimiento poco común de sentir morir a su amante en el lecho, abrazado y sujeto a ella, ahora está aturdida, asustada, por las consecuencias morales que tal situación pueda repercutir en su evaluación final cuando presente su alma en su hora final al creador. Doña Emperatriz Gonzales del Castillo ha sido la única que se ha abierto camino entre la muchedumbre, pese a los olores y los gritos, y llegada hasta la habitación de la mujer y después de darle una mirada inquisitiva para detectar alguna huella del maligno, se ha llevado a la pobre mujer a  su casa y ha llamado al señor cura para que le rece unas oraciones de limpieza, puesto que la doña Empera sostiene que esa mala muerte del patriarca no es sino un castigo divino por los excesos en la vida que el hombre llevaba pese a la fe católica que decía profesar y su costumbre de ir todos los domingos a misa.

Exhibido el cadáver en un mesa de la sala principal de la casa, tendido en una mesa y cubierto de sábanas blancas, esta gente de ríos y esteros de la provincia, se han dispuesto para el velorio, han ido por el cura,  para que rece el primer rosario, el  de las siete de la noche, pero el cura vino de  mala gana, que no mostró ningún apego o dolor por la muerte del Don Juan y estuvo rezongando y solo rezó un par de avemarías y salió de la casa como a quien lo asustan los fantasmas, y luego que se ha marchado, las mujeres viejas del grupo se han puesto a entonar unos cantos tristísimos que aquí llaman alabaos y que llenan de tristeza y obligan al doliente buscar un aliciente a sus penas, lo que se logra consumiendo por copitas un licor de muy buen sabor y claro olor, procesado a partir de la caña que cultivan en las vegas del Patía y que produce un embotamiento del cerebro tal, como si la embriaguez penetrara en el fondo del alma de la persona y arrancara las tristeza de esta gente de modo que hiciera brotar el llanto y las lágrimas de los más duros destos negros.

 Toda la noche la han pasado cantando, rezando, bebiendo y comiendo esta gente, desde los más ancianos hasta los más jóvenes, mostrando una resistencia de bestia al trasnocho  que ni siquiera dieron muestras de cansancio al amanecer, cuando dejaron de tocar y cantar, pero siguieron bebiendo.

Obviamente ellos no estaban solos. De los barrios más apartados de la villa acudió también un gentío de humildes paisanos que venían a rezar al muerto y se quedaron para tomar el primer café y saborear los panes y luego aceptar un copita del charuco, que es como le llaman a su licor, y finalmente, quedarse en el velorio, conversando, jugando a los naipes, al parqués y otros juegos de mesas, o solo hablando y contando las leyendas y anécdotas que tenían de don Juan, discutiendo si tal hecho que se refería era realmente verdad o solo una invención de los chismosos, que siempre abundan en estos pueblos de Dios..

Imagínese usted la sorpresa de la familia legitima del patriarca al llegar a la casa de su padre esa mañana y encontrarla llena de estos convidados por no sé quién, aposentados en la casa, rodeando el cadáver, trasnochados y con el aliento alicorado de la primera noche de acompañamiento. El asombro y el asco se apoderó del grupo de los hijos legítimos y pronto la indignación llevó a uno de los mayores mandar a salir a la plebe de la casa, diciendo que mancillaban el honor y buenas maneras de la casa de sus padres; pero del otro grupo, una mujer negra, cubierta con una manta multicolor, a quien llaman Adela, descalza y sujeta sus greñas con una sencilla pañoleta de tul, se abrió paso entre los negros y encaró con altanería al hombre que tal orden daba.

 ꟷ ¡De esta casa no nos saca nadie, porque estamos en la casa de nuestro papá! ¡Don Juan era también nuestro papá!

Y dicho esto, se escucharon otras voces afirmando lo mismo.

Entre el grupo de los hijos legítimos se escuchó un rumorearse de espanto.

 ꟷ ¿Cómo así? ¿Cómo vienen a enlodar el nombre de nuestro padre con semejante infundio? —. Preguntó Don Teodoro, bajito, gordo y colorado,unos de los hijos legítimos

 ꟷ ¡Ningún infundio! ꟷ Contestó otro de los ilegítimos, un hombre alto, delgado, con la piel negra y el rostro afilado donde resaltaban el gris de los ojos de don Juan.

Más disgustado que extrañado, preguntó Don Teodoro:

—¿Y es que todos ustedes son hijos de mi padre?

 ꟷ ¡No toros!—. Aclaró la negra Adela que había hablado en el comienzo—. ¡Aquí etamos hijos, nietos y familiares!—. Entonces a una señal de la mujer se fueron presentando de entre el grupo de negros los hermanos y hermanas, chanceándose unos con otros, riendo algunos, más tímidos otros; sumando veintidós vástagos de edades entrecuarenta y cinco el mayor, y trece años el menor.

Para aquellos que recordamos al anciano patriarca, no dejan de asombrarnos los hechos que han seguido a su poca pudorosa muerte. Como se sabe, don Juan de la Cruz, al morir, suma 15 hijos legítimos, diez de ellos de su primera esposa la payaneja o patoja doña Robertina Suárez y los otros cinco de la pastusa Eriberta Beltrán, todos estos regados entre Pasto, Tuquerres, Ipiales y Popayán; los mismos que al conocer la trágica noticia han concurrido a esta villa, unos mostrando el dolor de la pérdida del padre con llanto en los ojos y compungidos los gestos, especialmente las mujeres por ser de naturaleza débil. El grueso de estos ciudadanos, dando muestras de gran dolor, han llegado un día después del deceso del padre por las dificultades que todos conocemos en el acceso desde Pasto a esta villa, que, si me permite la intromisión, sería de buen agrado para la población que usted nos hiciera el gran favor de hablar por nosotros allá en Bogotá para que nos aporten los recursos para construir un mejor camino por el que llegue el progreso a esta tierra que tanto oro le ha dado a la nación, ya que los cargueros y las mulas, y las personas decentes que se ven obligadas a transitarlo, tienen que soportar no solo el frío y el calor, sino las lluvias, mosquitos y el barro, condiciones que, no es de extrañar, sean normales para la plebe negra e indígena que se ha ido aposentando a lado del camino y que ha construido sus caseríos de madera, pues ahí viven y soportan la inclemencia y el rigor del clima, pero no se compadece que estos mismos rigores los sufran las personas de bien, cultas y blancas.

Como le decía, este grupo de hijos son personas dignas de verse, se destacan por sus finas vestiduras y sus botas y zapatos de cuero y oliendo a agradables perfumes destilados en Francia, como se acostumbra entre las buenas familias de la región. Obviamente, hay que decir que la voracidad del clima de estas tierras produce sudores que se mezclan con el perfume quitándole un poco esa finura lograda por las artes de la exquisitez francesa; sin embargo, y pese a esta calamidad ambiental, estas personas huelen a ricos.

Ha llamado la atención a los informantes locales la fisonomía de los hijos legítimos que, siendo el padre un mulato –como se sabe era hijo de un español esclavista con una negra esclava– sus hijos con las mujeres blancas de Pasto y Popayán tengan también la piel blanca y solo se note la herencia del padre en las narices achatadas y en algunos con los labios gruesos, las nalgas protuberantes de varias de las hijas y el pelo ensortijado de la mayoría.

Esos mismos informantes recuerdan al patriarca en su juventud como un hombre alto y fuerte, fisonomía ganada en los trabajos duros de la minería, muy parecido al hombre extendido en cámara ardiente esperando para ser enterrado. Los años y los vicios, especialmente el de las mujeres, no lo habían acabado antes de contar los setenta años. De esa estatura de su juventud nada dicen los hijos legítimos del patriarca, puesto que todos son de baja estatura, enjutos, cabezones y paticortos, indicio de que la raza americana le ganó en esto al africano y español que caminaban con el joven Juan.

Sin embargo, las características que los informantes no encuentran en los hijos legítimos del patriarca, las encuentran en los ilegítimos, recordemos que Don Juan tuvo once hijos en la negra Rosenda Estupiñán, tres en la mulata Josefina Batihoja y otros cinco con la indígena María Alcira Santa Cruz, los cuales suman diecinueve; más, los mismos informantes, aseguran que los ilegítimos podrían ser más dados a las costumbres ladinas y del gateo, más la potencia sexual del patriarca, que se hacían muy evidente en los recorridos que hacía por el Telembí abajo y el Patía hasta las mares, como son los pueblos de San Juan, Majagual, y otros de similar carácter mareño.

Los hijos legítimos se miraban sorprendidos y en silencio miraban al grupo de hermanos negros e ilegítimos; y lo mismo hacían los ilegítimos, todos negros, algunos no dejaron de compararse y buscar entre ellos algunas similitudes, algo que les ayudara a comprender lo que estaban viendo. Es que la vida está llena de sorpresas, de trampas del azar o del destino, si se quiere, que a los seres humanos nos asombra, por decir lo menos.

A la sorpresa vino el silencio, una especie de cansado hastío que se agravaba con el calor del medio día y el hambre, pues aún estaban cocinando el almuerzo y de la cocina llegaba un olor a sancocho de gallina que seducía el estómago de los trasnochados y bebidos como  el de los cansados del viaje.

—¿Por qué no nos acomodamos todos y comemos? Porque el sancocho ya va a estar. Y es que uno comido y descansao piensa mejor—. Dijo una anciana negra que salió de la cocina con un cucharón en la mano y una sonrisa en la arrugada cara donde faltaban algunos dientes.

La noticia cayó de buen recibo entre la negrería, pero los mestizos se vieron obligados a guardar el pudor propio de su linaje mestizo y urbano y en un tono formal, don Teodoro, quien se había tomado el liderazgo de sus hermanos, quizás por su mayoría de edad o por su experiencia de jefe, como lo era de una planta de molienda de café en Popayán, dijo:

—No, gracias. Estamos muy cansados y necesitamos antes darnos un baño, descansar un poco y conversar entre nosotros qué vamos a hacer con todo esto—. E hizo un ademán que se entendió como si se refiriera a la situación que, por lo menos incomoda, se les presentaba al conocer esta otra estirpe de su padre, selvática, compuesta de negros, zambos y pobres.

El grupo de hijos legítimos no tardó mucho en dar con el hotel El Castillo, a unas cuadras de la Casa Grande, administrado por una de las familias más antiguas e importantes de la pequeña ciudad y atendido por varias mujeres negras de la localidad. Ahí encontraron condiciones más parecidas a sus hogares citadinos,  pudieron bañarse en baños individuales, aunque con mates y agua de lluvia porque en la villa no hay acueducto ni para los señores principales, y después del baño secarse con toallas blanquísimas y olorosas que las lavanderas negras secan en las piedras del río con una técnica ancestral que hacen que esos ropajes huelan una delicia sin usar nada más que agua, jabón y sol; sin embargo, cosa que después se comentó mucho, los hijos mestizos de don Juan eran completamente ignorantes de las deliciosas comidas de esta zona, que les pusieron en la mesa con mucho esmero las empleadas del hotel. Que no comían pescado frito ni seco ni en ninguna forma porque se atragantaban con los huesos, dijeron; que no comían plátano porque no podían digerirlo bien; que qué cosas eran esas con tenazas que como arácnidos los amenazaban en los platos, preguntaban asustados; que por favor les cocinaran unas papas, solicitaron todos; que no comían carne de monte, sino de res y de un mamífero roedor más grande que las ratas de monte, que acá saben a cielo. Lo que obligó a los dueños del hotel a salir a buscar gallinas, pollos y huevos que era lo que esta exquisita gente comía, de manera que ya en la tarde pudieron alimentarse y teniendo como tenían el cansancio acumulado antes del baño y ahora con las barrigas llenas, les agarró  el sueño a todos de manera que no quedó ninguno en pie.

Terminaba la tarde oscura, húmeda y nubosa. La lluvia que había caído muy fuerte después del medio día, seguía cayendo ahora perezosamente, cuando un grupo de negros, de los hermanos ilegítimos, pidió permiso en la entrada del hotel porque querían hablar con sus hermanos mestizos. Un tanto extrañada y otro tanto malhumorada, la administradora, una mulata gorda y de rostro redondo, con el pesado cuerpo escondido en una bata blanca decorada con flores amarillas y azules, les dejó pasar al hall del hotel y mandó a llamar a los señores, refiriéndose a los hermanos legítimos. Ella se quedó con los visitantes, viendo que estos negros no metieran la mano a cualquiera de las cosas que adornaban la sala. Había que estar prevenidos con esta clase de gente.

Luego de más de media hora de espera apareció don Teodoro con señas de tener aún mucho sueño y cansancio.

—¿Y ahora qué se les ofrece? —. Preguntó malhumorado.

—No, nosotros venimos a decirles a ustedes que cuándo vamos a hablar del reparto de la plata del viejo, es decir, de la repartición, del testamento.

—¿Que, qué?—. Gritó el mestizo poniéndose rosado y sudando.

— No se moleste, Don Teodoro. Nosotros sabemos que es incómoda la situación, pero vea que mañana enterramos a nuestro papá y ustedes se devuelven a sus ciudades y eso hay que dejarlo arreglado, ¿no?

— Yo, nosotros —corrigió el hermano— nosotros no tenemos nada que ver con ustedes, nosotros somos los hijos legítimos del viejo Juan y no tenemos nada que hablar de la herencia, eso es nuestro y ya.

— Pues déjeme decir esto, Don Teodoro. Las cosas no son como usted o ustedes las piensan. Aquí las tres familias de mi papá somos los que se han jodido en esas minas y la plata que salió de ahí toditita llegó a ustedes, que vivían relajados y gastando a cuanto podían, sin preocuparse quién trabajaba en ellas. Así lo quiso el viejo, pero eso está mal y a nosotros nos corresponde arreglarlo.

—¿Y cómo piensan ustedes que se debe arreglar?

— Hay que hablar—. Dijo Melanio, el negro que había estado interlocutando con don Teodoro.

Don Teodoro los miró y sonrío.

— Ya les dije, nosotros no tenemos nada que hablar con ustedes. Esas minas se van a vender, la Casa Grande también y nosotros volveremos a nuestras casas en la ciudad lejos de este clima asqueroso.

— Ay don Teodoro, la verdad es que el diablo es mierda con el que le sirve. — Dijo la negra Adela—. Con su ronca voz y en actitud felina.

—Vea, le digo una cosa ñañito. Esas minas las hemos trabajado nosotros, todas estas familias, esas no las vende nadie y si las vende, nadie va a entrar en ellas porque no los dejaremos entrar. Y haga la prueba. —Dijo con decisión y mirando fieramente a don Teodoro, que vaciló.

—Pero entiendan ustedes que nosotros somos los legítimos hijos de nuestro padre y tenemos derecho a todo. Eso dice la Ley.

—Entiéndanos usted, nosotros además de hijos hemos sido trabajadores de esas minas. Y ¿usted cree que se las vamos a dejar sin pelear?

A estas exclamaciones siguieron gritos y amenazas, sillas tiradas y al oírlas los otros mestizos bajaron al hall. En paños menores bajaron y encontraron una discusión a todas voces que parecía subir de agresividad. En el centro de los hermanos negros, don Teodoro sudaba tratando de defender su posición.

—¡Bueno, me respetan la casa, y hablan más despacio! No lo digo por usted —.Dijo la administradora mirando a Don Teodoro al que se le habían unido otros de sus hermanos.— Lo digo por ustedes. ¿Cómo se atreven a venirme hacer escándalo a este hotel donde gente educada duerme a esta hora? No señores, se me van de aquí con su bulla y algarabía a otra parte.

— No nos vamos y disculpe usted, pero antes tenemos que llegar a un acuerdo con estos, dizque hermanos. —Dijo Adela.

—Está bien, ya calmémonos.  — Se hizo escuchar Melanio, joven, negro, uno de los hijos ilegítimos y menores del patriarca—. Lo que aquí hay que demostrar es que si la ley del matrimonio los protege a ustedes, a nosotros nos da derecho la palabra de nuestro padre. Porque él nos reconoció a todos como tal.

Los hermanos se callaron y dejaron que el joven siguiera explicando:

—Creo que el conflicto aquí es que ustedes los hijos legítimos lo son porque son de matrimonio, pero nosotros también somos legítimos porque así lo quiso don Juan, nuestro padre, y lo vamos a demostrar. Calmémonos. Nosotros volvamos al velorio, si ustedes ya descansaron pueden venir, y mañana, en al algún momento de la mañana, con el notario resolvemos esto. ¿De acuerdo?

—¿Resolver qué?— Se escuchó la voz ronca de un hombre.

Era el señor cura que protegiéndose con un sombrilla entraba al hall del hotel. Una mucama  lo había ido a llamar tan pronto como escuchó la discusión.

—Yo estoy aquí como autoridad religiosa y para hacer valer los mandatos de la fe. Estos señores  —apuntando a los mestizos—. Son hijos legítimos de don Juan, y —mirando a los negros—. Ustedes no, ustedes son los hijos del pecado de don Juan, ustedes no tienen derecho a nada, hijos míos, porque su padre así lo quiso.

—Vea padrecito, a usted nadie lo ha invitado a esta fiesta así que no se meta que esto no tiene que ver con sus linderos religiosos.  —Dijo Melanio—. Disculpe usted, pero aquí ya hay un acuerdo. ¿Sí o no?—. Y mirando a don Teodoro se quedó esperando la respuesta del hombre.

—Si—. Dijo don Teodoro. —Mañana miraremos con los documentos en mano cómo proceder.