El agua emanó con violencia tras un sonido seco, cuando alcanzó la mitad del frasco Ángela cerró la llave. Sumergió allí el paño para limpiar sus lentes, previamente lavado con shampoo y pasado por agua tibia, para que terminara de soltar toda la suciedad. Lo dejó colgado encima del fregadero y de allí recogió el otro paño que ya se había secado desde la noche anterior. Tras utilizarlo para limpiar los lentes lo dobló tres veces y lo guardó en el estuche de las gafas.

El primer tomo de La novela de Genji la esperaba en su pequeña mesa junto a la ventana. Acarició la portada lamentando que en esta no apareciera ninguna dama, le habría gustado apreciar a una de las tantas amantes de Genji. Murasaki habría sido la elección perfecta, era el punto más alto en su búsqueda del deseo, era su mujer ideal. Sin embargo, secretamente habría preferido, e incluso le parecía una elección más justa, que fuera la elegante y celosa Rokujo quien saliera a relucir en la portada. Las huellas que ella dejaba en la vida de Genji eran las más hondas y sin lugar a dudas ella era quien más lo había amado, de ahí todo su sufrimiento y todos sus demonios.

Algunos demonios o fantasmas japoneses nacen de la pasión desbordada de una persona, se vuelve tan fuerte que ya no puede contenerse. Entonces salen estos seres a asediar a quien a despertado tal sentimiento, sin que la persona de la que provienen pueda evitarlo y sin necesidad de que lo deseara conscientemente. A Ángela le habría gustado que sus dientes fueran como esos fantasmas japoneses. Que se quedaran siempre con ella era problemático. Le habría gustado nacer en Japón, quizá así sí hubiera sido una japonesa por completo. Habría aprendido la lengua nipona desde pequeña y no tendría que tener la cartelera con los silabarios katakana e hiragana colgada junto a su cama. Algún día podré leer esta novela en su lengua original, que será al fin mi lengua original, susurró para sí misma.

La portada en realidad ilustraba varios hombres de rostros idénticos que pasean en una balsa por un lago rodeado de naturaleza entre verde y dorada. Una imagen hermosa, de todas formas. Lo que más gustaba a Ángela era la pulcritud y belleza de sus kimonos. Desde pequeña deseaba vestir uno. Su familia atesoraba cinco que eran guardados en la casa de su tía Clara, sólo se sacaban a relucir como parte del intocable decorado en algunas pocas y exclusivas reuniones sociales. Pocas veces había tenido ocasión de tocar las finas sedas tejidas con hilos de plata y de oro para colgarlos en las paredes, pero jamás había visto que su tía Clara, o nadie de su familia, los usara.

Comenzaba a enredarse en la historia de la extraña adopción de Tamakazura por Genji, cuando su celular vibró y desvió su mirada de las páginas del libro. Su corazón se detuvo un segundo. Es él, Ángela, por fin vuelve a aparecer. Anda, contesta, arrodíllate ante él, arrástrate a sus pies, escuchó que decía una voz dentro de sí. Silencio, respondió sin dejar de mirar el celular. Debí dejarlo en mi cuarto, en mi cama, así no me habría enterado si sonaba, pensó. En la mesa el aparato al vibrar resonaba por todo el apartamento cual corazón delator. Antes de que lograra decidir algo, volvió a vibrar estrepitosamente y esta vez el pánico no pudo paralizarla, pese a la risa irónica que escuchaba. Desbloqueó el celular. Úlio le había dejado dos mensajes, ¿Estás en tu apartamento Ángela?; Me gustaría que nos viéramos, ¿puedo pasar? Dime qué llevo y preparamos algo para la cena.

Desde la última vez que había visto a Úlio, hace dos semanas y tres días, se había metido a clases intensivas de yoga para calmar su ansiedad y llegar al desapego. También se había propuesto leer una antigua novela japonesa para sólo pensar en sí misma. Para olvidarlo. Todo este esfuerzo se fue al traste cuando el corazón empezó a palpitarle por todo el cuerpo. No pudo evitar responderle enseguida: Sí… Estoy en mi casa… Está bien, si quieres pasa… No es necesario que traigas nada… Esperaba que su mensaje no sonara demasiado resentido pero si le mostraba su emoción tal vez lo echaría todo a perder. Primero era necesario regañarlo un poco para que no volviera a tratarla como lo había hecho. Ok, dijo la siguiente vibración del celular y Ángela no pudo seguir sentada de tanto gozo.

Habías dicho que aunque te llamara no le ibas a contestar ni lo ibas a buscar hasta que acabaras La novela de Genji, tu voluntad es ridícula, dijo con acidez la voz femenina que la perseguía. Hoy no es una noche para sentirse mal. Hoy no es una noche para decirme cosas feas, dijo Ángela procurando sonar segura y espantando la culpabilidad o el remordimiento que sus promesas pasadas a sí misma podían causarle.

Corrió a guardar la ropa lavada que se había acumulado en su cama, luego se puso un saco que cubriera sus brazos amoratados. Piensas que todo va bien, que puedes ocultar las sombras de tu vida, que una noche te devolverá la felicidad. Lo repites tanto, solo quieres convencerte, sabes tan bien como yo que estás a un paso del abismo, que él nunca soluciona nada. Ángela inhaló y exhaló lentamente, como le habían enseñado en yoga. Luego buscó qué aretes ponerse. Decidió que tendría la cena preparada para cuando Úlio llegara. ¿Denotaba eso demasiada emoción? Podría inventar que ya estaba cocinando cuando él le mandó los mensajes, y que siempre cocinaba para dos o tres personas para no tener que cocinar en un par de días. Recitó para sí tal excusa en voz alta con naturalidad, imaginando que se la decía a Úlio, y le sonó convincente.

Todo está bien porque viene Úlio, te dices siempre, pero de antemano sabes que es falso. Úlio viene, te sientes bien mientras está callado o amable, pero cualquier cosa fuera de lugar te desestabiliza. Úlio terminará haciendo que todo sea horrible. Y tú, tú no lograrás nada. La voz de la otra mujer la estaba poniendo nerviosa. Fue al cuarto de baño, se lavó la cara y mirando al espejo murmuró: Eres otra y te irás, hoy no hay espacio para ti. Luego sonrió apretando los labios, su cara se deformó en varios gestos por unos segundos. Inhala… exhala… inhala… exhala… Observó atentamente su nariz arrugada como el hocico de un perro al gruñir, hasta que se deshizo este gesto. Miró sus cejas hasta que se relajaron. Recuperar su boca era lo que siempre le causaba más trabajo, trataba de abrirse y de tensionar de nuevo el resto de la cara. Los dientes mordían los labios y querían seguir rugiendo barbaridades. Inhala… exhala… inhala… exhala…Cuando pudo sonreír tranquilamente con la boca cerrada fue a la cocina y se puso el delantal: haría berenjenas con queso y pastas con salsa de tomate y albahaca.

Estoy exhausto, no te imaginas cuánto he estado trabajando últimamente, dijo Úlio mientras comenzaba a comer, están deliciosas estas pastas, a veces extraño cuando me preparabas la comida en el taller. ¿A veces?, se preguntó Ángela en su interior, ¿sólo a veces? Hablando sin pensar, como siempre, Úlio apenas si la miraba: Puedes volver a ir cuando quieras, no tenemos que pelear. Ángela respiró hondamente, luego habló con voz lastimosa: ¿Para que me hagas tu sirvientica? No quería recriminarle nada directamente, pero creía que era necesaria una disculpa y una compensación si esperaba realmente que ella volviera. Nunca te vi así, dijo Úlio y siguió comiendo como si esas palabras solucionaran algo.

Veo que estás leyendo una novela de una autora japonesa, señaló Úlio cuando Ángela traía copas y sacaba una botella de vino de la despensa. Ella solo asintió esperando que así no se hablara más del asunto. ¿Nunca te preguntaste por qué nunca te enseñaron japonés cuando eras pequeña? ¿Será que nadie en tu familia lo sabe? Ángela no quería responder, su tía evadía toda pregunta al respecto hasta ponerse furiosa. Una vez, para probarla, le señaló el título de un anime en kanjis y ella dijo: Claro que los reconozco y sé que significan, pero debes buscar tus propias respuestas por ti misma. Al final decidió decir la respuesta más frecuente de Clara: Mi tía dice que es maleducado hablar en una lengua que nadie más comprendería. Enseguida se afanó por servirle vino a Úlio para que se distrajera y comenzara a hablar de su nuevo trabajo con los vitrales. Él acabó la copa de un trago y miró a la ventana mientras suspiraba. Estoy muy alegre con mi nuevo estilo de trabajo: primero destruyo los fragmentos que no había podido terminar, todo queda hecho pedazos y polvo; luego, selecciono según mi intuición fragmentos y los voy pegando en un retablo. Se crean formas muy interesantes e incomprensibles, es hermoso. Creo que estoy construyendo mi verdadera obra.

Hacia el final de la segunda botella Ángela no paraba de reír, Eres tan chistoso, Ulio, sus carcajadas eran olas de mar incansables. Úlio sonrió y fue al baño, el mar alegre se secó en un parpadeo y vació la copa de vino en un sorbo. Sonrió satisfecha. Soy feliz, susurró quedo como si temiera que alguien le robara el pequeño aire de felicidad que exhalaba su sonrisa, exenta del brillo de sus dientes. Llegó Úlio mirando al piso y se perdió la aterciopelada sonrisa de Ángela porque apenas habló la borró: Me voy ya, ha sido una cena fantástica. Ángela aspiró aire tan rápido que casi se ahoga, Aún es temprano, crujió su voz. Sí, lo sé, quizá alcance a encontrar a Alexa volviendo del trabajo. Dejé mis llaves en su casa. Mientras hablaba Úlio miraba la novela que reposaba en la pequeña mesa junto a la ventana. ¡Mentiroso!, rugieron los dientes pero la voz de Ángela no se escuchó, su boca se tensó hasta ser una línea recta en la cara casi inexpresiva. Se limitó a asentir. Desde que apareció Alexa, Ángela era el pasatiempo, el segundo lugar, era las visitas pero no los amaneceres juntos. Alexa ahora era la protagonista. Pero Ángela sabía que ella no amaba a Úlio, ni siquiera pensaba en él tanto como ella misma lo hacía. Alexa era hueca, pero Úlio amaba los espejismos. Alexa se desharía en el aire un día y nadie estaría ni siquiera para ayudarle a arreglar su taller hecho fragmentos y polvo.

                Úlio sonrió amable y afanado, le dio a su antigua querida un beso en la frente y ya se iba cuando notó torpemente que aguaba la fiesta. Volvió para despedirse lo más cariñosamente que se le ocurrió: Me alegra mucho que podamos seguir siendo amigos, sabes que aún te quiero, hablamos pronto, pásate por el taller cuando quieras. Sus frases un poco atropelladas le sonaron tiernas. Satisfecho abandonó todo arrepentimiento y dejó el apartamento.

A Ángela en cambio le sonaron a una afanada despedida sin sentimiento y llena de cortesías. ¿Seguir siendo amigos?, estallaron en risa los dientes, esta vez la boca no pudo resistir su fuerza, ¿dejaste las llaves? Eres odioso Úlio, eres odioso, eres desagradecido, eres hermoso, eres divertido, eres una rata, eres un fastidio, arruinas todo, no debí aceptar que vinieras, no debiste venir, eres odioso, odioso, odioso. Con rabia tiró La novela de Genji al piso, apretaba los dientes con todas sus fuerzas, Ojalá estos dientes me abandonaran y te persiguieran lentamente, con fatalidad pero sin prisas, que te encontraran cuando con alguna excusa estúpida entras a la casa de Alexa, que te atraparan cuando la besaras una vez más. Mis dientes te destrozarían, los destrozarían a ambos, pero yo no me sentiría mal como Rokujo, no, yo no ocultaría mi emoción ante mi triunfo.

Los ojos de Ángela estaban a punto de desbordar mares, dejó caer su saco y acarició sus brazos maltratados con ternura. Al final llorarías su muerte, lo volverías un ideal religioso, serías una devota inútil, susurraron sus colmillos, es evidente si vemos lo arrastrada que fuiste hoy. Rokujo es tan refinada y pulcra que sus demonios escapan de ella y actúan por su cuenta, pero tú y yo somos diferentes. No puedes tratarme como si fuera otra persona. Un mordisco voraz aprisionó un pedazo de su brazo que aún era blanco, Estos dientes no son míos, no son míos, gritaban las lágrimas que mojaron el brazo.