Ante la primicia, migas de borrador entre pulmones de pavo

Por: Josef Winkler

Arte por: Jakob Batôn

Traducción: Camilo Del Valle

 

“De verdad, solamente vivo cuando escribo”.
Annemarie Schwarzenbach

“Hay ciertos viajes que parecieran tener que
proporcionarle a la vida una imagen, como si ilustraran
un símbolo de la existencia”.
Joseph Conrad

 

“Suficiente luz para la escritura, fuego, una cobija de piel, un poco de raki – hemos descubierto cabalmente, no se necesita ni más ni menos. Afuera está la nieve, en el patio del palacio selchuco deambulan los pavos con sus cuellos encrespados. Sobre los techos se ve la cúpula rosada de una mezquita en medio del cielo gris nevando; es una vista fascinante y triste”, escribe Annemarie Schwarzenbach en su diario de viaje El invierno en el Asia Occidental. Tengo suficiente luz para leer, su rayo sobre mi cabeza cae afiladamente en el diario de viaje de Annemarie Schwarzenbach en el avión de Viena a Delhi, en el que también se ha subido, con sus muletas, una mujer discapacitada, india y enana con pelo negro, a la que observo largamente y con asombro. Mi pluma y mi cuaderno de notas, en el que ya había pegado el reportaje sobre el suicidio de dos niñas indias en Delhi, estaban allí al alcance de la mano con las nuevas ediciones de dos periódicos indios. A mi lado estaba sentada Siri, de cinco años, que dejaba columpiar, entre las estrechas hileras de asientos del avión, sus dos piernas con zapatos naranja que había sacado por la mañana de una bolsa de farmacia y se había puesto antes del viaje. Durante el desayuno había dibujado con el tenedor una cruz sobre la superficie seca y tensa del esponjoso pudín de chocolate, en el que habían sido escondidas un par de frambuesas, y dijo: “La cruz es para el abuelo, que se ha muerto”. Mi último vistazo, después de que Siri, Cristina y Kasimir de doce años hubieran pasado con sus equipajes por las escaleras, fue arrojado al congelador abierto y apagado de la nevera, en el que no había más que un borrador Pelikan, rojo y azul, de unos cinco centímetros. Es el tercer viaje de Kasimir y el segundo de Siri a la India. Desde el viaje a México para el último Día de Todos los Santos, el Día de los Muertos, nos encontrábamos de nuevo de camino con el equipo de rodaje en dirección a Varanasi, a la ciudad sagrada de los hindúes.

Mientras bajaba por las escaleras con la gran maleta de aluminio, de casi medio siglo, llena, en dirección al taxi que nos esperaba para llevarnos al aeropuerto, no se me iba de la cabeza el borrador rojo y azul en el congelador de la nevera abierta, pensaba constantemente, una y otra vez, que iba a acordarme del borrador en el congelador, ya fuera en el aeropuerto o en Varanasi a la orilla del Ganges. La parte roja y blanda de un centímetro de largo y menos desmoronada, y la parte azul, dura y bastante desgastada, la parte para la tinta con la que tratábamos de borrar embadurnándolo todo hasta hacer un hueco en el papel de tanto intentarlo, tanto así que teníamos que arrancar la página y comenzar de nuevo con la tarea. “He visto cómo se ha desplazado siete veces de un lado al otro de la máquina de escribir antes de que la oración hubiera alcanzado la perfección necesaria que le proporcionara satisfacción”, escribe en El camino amargo Ella Maillart, quien acompañaba desde Sils im Engadin, pasando por Italia y Yugoslavia, Turquía y Azerbaiyán en dirección a Afganistán, a la adicta al opio Annemarie Schwarzenbach en su Ford De Luxe que había recibido de su padre, un ingeniero de textiles suizo . “No me alegra absolutamente nada, y eso que mi trabajo era ese: conocer el interior de cada país y amarlo sinceramente para así poder describírselo a los otros”, escribe Annemarie Schwarzenbach al encontrarse medio año antes de su muerte en su último gran viaje al África, al Congo Belga. Annemarie Schwarzenbach, que había viajado casi siempre sola durante diez años por el cercano y lejano Oriente, por el Báltico, Escandinavia, la Unión Soviética, Estados Unidos y África, murió como ángel viajero –Thomas Mann la llamaba el “ángel despoblado”– en Suiza a los 34 años, cuando, al montarse en una enclenque bicicleta  y tratar de manejarla sin usar sus manos, se cayó en el intento y no pudo levantarse nuevamente. Su cabeza habría chocado, como se suele contar, contra una afilada roca; la herida sangró fuertemente y permaneció tirada en coma por tres días. En una clínica en Waadtland fue martirizada durante algunas semanas con terribles métodos de tratamiento por una falsa diagnosis de esquizofrenia. Diez semanas después de su accidente murió, justo en el momento en que las campanas de la iglesia de Sils im Engadin sonaban y llamaban a los creyentes a misa.

“¿Cómo pudimos soportarnos por tanto tiempo?” escribe Ella Maillart en El camino amargo – Annemarie Schwarzenbach de camino a Afganistán. “La suave mano” de Annemarie Schwarzenbach “sostenía el cigarrillo, la piel se expandía delicadamente como papel celofán sobre los huesos amarillentos. Estaba sentada sobre la banca –los senos hundidos, su cuerpo de mancebo recostado sobre el gran horno en la esquina del salón y sus dos rodillas abrazadas… Sobre la boca pálida y frecuentemente partida yacía una melancolía – los labios aspiraban el humo con callada ansia. (Me contaba ella que sus dientes adoptaban una coloración oscura cuando perdían vitalidad)”.

Ahora, al seguir escribiendo y  al continuar con esta historia, sentado de nuevo en mi gran escritorio negro de persianas oscuras, hojeando mi cuaderno indio y leyendo las oraciones resaltadas con anaranjado e inscritas en la crónica de viajes de Annemarie Schwarzenbach Todos los caminos están abiertos – El viaje a Afganistán, se desmoronó, al hojear mi diario indio, el pan de oro pegado a él de tal manera que, sobre las teclas negras de mi computador portátil, sobre cuatro letras, cayeron boronas de pan de oro que, al seguir escribiendo, restregué haciéndolas perderse entre los huecos de las teclas del computador; pan de oro que Kasimir y yo desprendimos, con un lápiz en ese entonces, de los restos del muro del claustro y de la muralla de Dharmekh-Stupa, en la que se guardan reliquias de Buda, días después de haber llegado a la India, después de haber pasado con cámara de filmación y cuaderno de notas por la orilla del Ganges en Varanasi, a diez kilómetros de allí, en el sitio budista de peregrinación Sarnath donde Buda dio su primer sermón; pan de oro que pegamos en mi cuaderno de notas indio, esta vez al lado de las palabras de Annemarie Schwarzenbach: “Partimos de Kayseri por la noche como habíamos llegado. El joven Raschid nos despertó a las tres y media de la madrugada. Vino a nuestro cuarto, puso madera en el horno y dijo: ‘Madame, yo viajo con ustedes a Ancara’”.

Todos los caminos están abiertos, madame Schwarzenbach, yo viajo con usted a Afganistán, tenemos suficiente luz para escribir, fuego, una cobija – ¿cuánto tiempo más iremos a soportarnos? –, afuera hay nieve, en el patio del palacio selchuco los brillantes pavos negros se acicalan los plumajes sobre sus cuerpos cálidos, despliegan en abanicos las plumas colgantes del rabo e inflan amenazantes sus buches. Veremos a los negros bueyes frentones halar el arado juntos, avanzando despacio sobre el rastrojo amarillo, transformando la gleba en negros cordones umbilicales, rectos y enhebrados uno al lado del otro. A los blancos pavos reales persas, agitando la rueda de sus rabos con forma de abanico y rotando lentamente sobre sus propios ejes con la corona blanca de plumas sobre la crencha y bajo el amplio ramaje de los pinos, los veremos picar los piñones negros como el hollín; nos encontraremos a los niños con sus zapatos puntiagudos de colores, jugando con los huesos de las ovejas, llevaremos al caballo tordo con sus fauces rosadas al abrevadero, Annemarie a la izquierda, yo a la derecha de la cabeza del caballo, aspirando el aire descompuesto exhalante del caballo, y el pequeño muchacho pálido , el hijo de un ciego del que se habla en Invierno en el Asia Occidental, se subirá al tanque de agua del sanitario y extraerá agua para nuestro té. Encontraremos a las mujeres kurdas en los campos de amapola donde cortan con sus afilados cuchillos las cápsulas y recolectan en sus pequeños bidones el jugo endurecido en una masa viscosa. “Se quisiera, no obstante, poder ver alguna cara –unos ojos vívidos, una boca hermosa, una sonrisa, y en cambio se encuentra uno siempre solamente con la mallita que pasa velozmente, y se sabe: aquellos seres temerosos e indefensos no pueden ver lo suficiente por medio de esa mallita como para poder esquivar al camello tambaleante, al tintineante caballito de Gadi y al hombre que pasa fuerte y sonriente–, ellas viven en constante temor”.  Con aquellas mujeres del harén, “espectadoras castigadas”, esperaremos sentados en el bote, Annemarie Schwarzenbach y yo, hasta que el gran Cosroes, derecho y de pie sobre el bote, comience a lanzar las flechas mortíferas a la orilla hasta que, hostigado por la caña, el jabalí se derrumbe. “No abandoné el hogar para aprender a tener miedo, sino para comprobar el contenido de los nombres y para sentir su magia en cuerpo propio…”. Arrejuntaremos de nuevo la brillante manada negra de pavos y sus gritos de pav-pav, y la cazaremos bajando por el jardín plateado de olivos, y seguiremos conduciendo nuestro Ford De Luxe hacia los desiertos de cardo, hacia los pueblos de la estepa, hacia las manadas de camellos y las carpas negras de fieltro, en dirección a la compañía de pavos reales azules que buscan cobras jóvenes, sus platos preferidos, y dejan acelerar ruidosamente las plumas de sus rabos abanicados; entonces, haremos una pausa y le daremos una tregua a nuestro Ford De Luxe en un caluroso día de junio, justo allí donde “se extienden vastos campos de amapola que florecen como algodón en junio, velo blanco meciéndose a la distancia”.

“Había té y vodka ruso, una lámpara de petróleo, un tintero. Afuera se gestaba una verdadera tormenta de primavera, los sauces blancos eran sacudidos, la nieve caía de sus delicadas ramas. Escribí hasta la cena. Junto al horno estaba sentada la campesina rusa, sus manos sobre el regazo…”. Mientras Siri miraba las imágenes de ghats a la orilla del Ganges en Varanasi en un reportaje de la pequeña pantalla al respaldo del asiento de enfrente, en el avión de Viena a Delhi, dijo: “¡Ahora recuerdo cómo se ve la India!”. Con el diario Invierno en Europa Occidental sujetado a la malla del respaldo del asiento frente a mí y hojeando con el codo bien pegado a mi pecho el Hindustan Times, leo que en Goa han asesinado a Scarlett Keeling, de quince años. El cadáver de la niña fue encontrado a la madrugada del 18 de febrero del 2008 en la playa de Anjuna, al norte de Goa. En noviembre de 2007, la familia, proveniente del suroccidente de Inglaterra, había partido a un viaje de seis meses por la India. Al momento del asesinato se encontraban de paseo por el departamento fronterizo a Goa, Karnataka, su madre con su novio y los cinco hermanos menores de Scarlett, a quien la madre había dejado atrás, en Anjuna, en casa de un amigo indio y de su familia. La policía aclaró que la niña había muerto ahogada y archivó su caso en las actas. Hasta el mismo ministro en mando de Goa no quería que se hicieran más investigaciones, vituperó a la madre diciéndole que debió haberle puesto mayor atención a su hija. Los organismos responsables no tuvieron ningún interés en la aclaración del caso, con su miedo de la mafia narcotraficante y la gran cantidad de sus funcionarios involucrados en tejemanejes criminales; sobre todo la mafia rusa está muy presente en Goa. La madre de Scarlett estaba convencida de que su hija había sido violada y asesinada, el cadáver de la niña estaba tirado a la orilla del mar, semidesnudo y repleto de moretones. La niña muerta tenía arena en la boca y en el esófago. Un par de días después, la madre encontró la camiseta de su hija, los calzones y las sandalias de cuero, despedazados. En una segunda autopsia, forzada por la madre, se descubrió que la niña no había sido ahogada, no había suficiente agua en los pulmones, pero se encontró cocaína, morfina y LSD en su cuerpo. Un turista británico fue testigo de que Scarlett había llegado totalmente drogada al Louis Snack Bar de Anjuna. A la niña no le quedaba dinero para tomar un taxi hasta su lugar de hospedaje. A las cuatro y media de la mañana, cuando el bar ya cerraba, le habría ofrecido el barman, un díler, llevarla en su moto de vuelta a casa. El testigo británico observó cómo, poco tiempo después, aquel hombre yacía sobre Scarlett en el césped frente al bar. Dijo haberles hablado, pero no haber intervenido, porque la niña no pedía auxilio. Dos horas después fue hallado su cadáver a la orilla del mar. Según algunos reportajes británicos, el testigo fue amenazado después, tuvo que huir a Goa y no recibió respaldo de los funcionarios consulares británicos. Finalmente fueron arrestados el barman y otro hombre, por sospecha de violación. Después de doblar de nuevo los Hindustan Times y meterlos en la malla del respaldo de enfrente, caminé al borde de la línea de asientos y busqué a la enana que quería ver de nuevo, pasé al lado del director de cine Michael Pfeifenberger que estaba leyendo igualmente la historia de Goa en el Times of India, y le susurré al oído una cita de Friedrich Hebbel: “Se le ha asesinado y maltratado después de muerto por haber tenido la particularidad de poder ser asesinado”. (Días después, en Varanasi, leí en The Times que el cadáver de la quinceañera Scarlett Keeling había sido trasladado a Inglaterra y que, en una nueva autopsia, se había constatado que se le habían extraído en la India los riñones, el útero y el estómago).

Cuando por fin bajamos del avión en Delhi a media noche, me quedé de pie, una vez más,  frente a la discapacitada india, enana, de pelo negro, que había sido puesta a la salida en una silla de ruedas con sus dos muletas recostadas sobre el regazo. Como solamente había vuelo de conexión a Varanasi a la tarde del día siguiente, pasamos la noche en Delhi. Curiosamente nos alojaron en un hospedaje militar en las cercanías del aeropuerto. Durante el desayuno en la terraza del “Residency Accommodation” –sobre la mesa estaban, al lado de una pluma y un cuaderno de apuntes, las descripciones del viaje a Afganistán Todos los caminos están abiertos de Annemarie Schwarzenbach– el director de cine Michael Pfeifenberger le preguntó a un joven mucamo si le podía traer fósforos. Con el dedo gordo y el índice pescó el mucamo del hotel un cigarrillo de la cajetilla, lo tomó entre sus labios, lo prendió con el encendedor y se lo devolvió flagrante a Pfeifenberger. Kasimir, de doce años, había observado la escena y dijo sonriendo: “Sin mi osito no iría al ejército, morirme me toca de todas maneras, con Marlboro es más rápido”. El mucamo le preguntó a Pfeifenberger si podía tomar un par de cigarrillos de la cajetilla y, mirando de derecha a izquierda, se los guardó con cuidado para que no se fueran a estropear en su pantalón. Chupando el cigarrillo, Pfeifenberger le preguntó a Siri, de cinco años, que venía a la mesa de desayuno con un manojo de flores que había recolectado en el jardín de la Residency Accommodation, subiendo las escaleras que dan a la terraza: “¿Te gusta ir al Kindergarten?”. Cazando con el manojo de flores una mosca que se sentaba constantemente sobre la mermelada de mango, Siri, molesta, le dijo como respuesta: “¡Sí! ¡Pero ahora estamos en India!”

En la recepción del hotel militar observé en repetidas ocasiones el papel calcante Kores, violeta azulado, que utilizaba una mujer para sus cuentas y que se pegaba a sus dedos por su grasiento azul mantecoso, y entonces pensé otra vez en el borrador rojo y azul Pelikan que se había quedado, antes de nuestro viaje a la India, en el congelador vacío y abierto de la nevera. Un par de días después, al filmar durante las cremaciones del ghat Harishandra en Varanasi, a la orilla del Ganges, y más tarde, al viajar con el rickshaw desde el ghat Assi hacia los artesanos de pan de oro y hoja de plata en el centro de la ciudad, y pasando por el barrio musulmán, Siri dijo, sentada en el rickshaw: “He visto un montón de monstruos. Estaban vestidos de negro de arriba a abajo, solamente dos ojos miraban hacia afuera y todos me observaban fijamente”. “¡Pareciera que estuviéramos en un país sin mujeres!” escribió Annemarie Schwarzenbach en su reportaje de viaje a Afagnistán Todos los caminos están abiertos. “Ya conocíamos el chador, aquella vestimenta musulmana de pliegues que cubre todo y que tiene poco que ver con el suave velo de las princesas orientales. Envuelve apretadamente y está interrumpido por una mallita frente a la cara, y cae después en largos pliegues hasta el suelo sin casi dejar por fuera la punta bordada y el tacón torcido de sus sandalias. Vimos deslizarse tímidamente a estas figuras encapuchadas y sin forma por entre los callejones del bazar y supimos que eran las mujeres de los orgullosos afganos ambulantes, amantes ellos mismos de la compañía y la alegre conversación, y que pasaban medio día haciendo nada en la casa de té y en el bazar. Pero estas apariciones fantasmales tenían poco de humano. ¿Eran niñas, madres, ancianas? ¿Eran jóvenes o viejas? ¿Estaban felices o tristes? ¿Eran hermosas o feas? ¿Cómo vivían? ¿A qué se dedicaban? ¿A quién le correspondía su participación, su amor o su odio?”.

Esa misma noche, todavía en la grabación –aún con el sonido rítmico de los artesanos de hoja de plata en los oídos– fuimos a cenar con todo el equipo de filmación al Hotel Buda. El viaje por el tráfico nocturno de Varanasi duró casi una hora. Al encontrarnos ya sentados en el restaurante vegetariano, en el que no se suele dar alcohol pero en el que un trabajador del hotel desempacó secretamente unas botellas de cerveza envueltas en papel periódico que había traído de la calle y que se las pasaba por debajo de la mesa,  frente a los pies, a los huéspedes, mientras Siri, de cinco años, construía una imagen con forma de párpados con la ruidosa servilleta verde y decía: “Esto que he armado es un ‘vistazo’”, me informaron que durante el viaje del ghat Assi al Hotel Buda, un motociclista con un niño había rozado el segundo taxi que iba frente de nosotros, y que el motociclista, derribado sobre el asfalto, había caído sobre el niño, que se habían quedado acostados y que el taxista, que claramente había presenciado todo el accidente, había huido rápidamente, y de pronto, sentado en el restaurante y oyendo esta historia, todo mi cuerpo se puso caliente, me paré en repetidas ocasiones e iba y venía por el restaurante. No podía y no quería pensar que esta desgracia hubiera ocurrido, y como no fue nadie distinto a mí al que se le había ocurrido tomar el taxi al restaurante Buda, hubiera preferido haber borrado de mi cabeza este episodio con el borrador que había dejado atrás en el congelador de la nevera, antes de partir para la India. Fui varias veces al baño del Hotel Buda, cada vez lavaba de nuevo mis manos, no me atrevía a verme en el espejo, y en la mesa me informaba de nuevo sobre el desarrollo del accidente con la esperanza de oír otra versión, con la esperanza de que la historia fuera inventada –“¡No se quedaron tirados, se pararon después!”–, y hurgaba en la comida, fui frente al hotel al oscuro parque enrejado, agitaba la cabeza varias veces con la idea de que ésta pudiera así salir volando de mi cuello en cualquier momento, disparada hasta más allá de las palmeras del jardín; sumergí mi cara en mis manos y me imaginé con el borrador azul y rojo Pelikan en ellas – “Esto que he armado es un ‘vistazo’”–, me imaginé cogiendo mi propio cerebro y pudiendo borrar esta historia de desgracia del hemisferio derecho o izquierdo. “Tarabia”, escribe Annemarie Schwarzenbach, “queda tan atrás como la isla de la niñez. Ya habiendo dicho todo y superado todo, quiero enterrar mi rostro y callar. Si de todas maneras conjuro y amo ese nombre, tal vez sea porque nada lo importuna –él estaba allí desde el comienzo– y nada se le adhiere excepto el ya disipado aroma a frambuesas, halado suavemente por los vientos de la noche…”.