El Mito detrás del enfoque de género

Por: Manuelita Maldonado A.

Arte por: Jennifer Vélez

Hacia principios y mediados del siglo XX, el pensamiento freudiano puso de manifiesto la necesidad de discutir, sin tapujos, la naturaleza sexual del hombre y los efectos que ésta puede tener sobre su comportamiento en sociedad. De ahí que, en 1947, la Universidad de Indiana (U.S.A) creara el Instituto de Investigaciones Sexuales, hoy conocido como Kinsey Institute, en homenaje a Alfred Kinsey, uno de sus primeros investigadores.

Kinsey publicó en 1948 un estudio sobre la conducta sexual de más de doce mil varones y mujeres estadounidenses. Según él, un conocimiento más exacto de la sexualidad contribuiría a la conciliación de los instintos individuales con las necesidades de una organización social. Sin embargo, pensar en este tipo de estudios en una sociedad tradicionalista y eclesiástica como la colombiana era, para ese tiempo, una profanación de los valores morales de la “gente de bien”. Lo que resulta sorprendente es que, setenta años después, pensar y analizar la diversidad de prácticas y comportamientos sexuales dentro de un marco público, como lo es la legislación nacional, aún continúa siendo un escandaloso tabú.

Afortunadamente, Kinsey no fue el único académico que se atrevió a discutir el tema del sexo sin tapujos. Incluso antes de la publicación de su informe, algunos poetas e intelectuales colombianos ya habían acogido la necesidad de hablar sobre sexualidad y erotismo en un contexto en el que la violencia se alimentaba de las diferencias sociales, económicas, ideológicas y culturales en el país. Para autores como Jorge Zalamea, analizar el comportamiento sexual, las ideas, y los sentimientos con respecto al sexo, era una necesidad inaplazable en una sociedad en la que aumentaban los índices de violaciones, prostitución y transmisión de enfermedades venéreas. En 1936, Zalamea publicó un estudio titulado “El departamento de Nariño: esquema para una interpretación sociológica”. Parte de esta investigación evidenció un gran contraste entre las costumbres sexuales de las tribus nariñenses y los centros urbanos. A diferencia del indio, para quien la prostitución era un asunto totalmente desconocido y la virginidad femenina no era una cualidad apreciable, el hombre de la ciudad presentaba (según el archivo clínico de un médico pastuso) variados cuadros de enfermedades venéreas, padecidas en su mayoría por pacientes menores de edad. Para el autor, fue el Estado el que “por su interesado laissez faire, por su indiferencia o por lo que se quiera, permitió que los prejuicios y tabús que pesan sobre la cuestión sexual arraigasen en la sociedad tan ahincadamente que impidiesen luego toda intervención del propio Estado en la cura de un mal que ataca la médula misma de la raza.” (1978, p. 86, negrillas en el original).

Para el año de 1955, la revista cultural Mito (1955-1962) ya había traducido y publicado el “Informe Kinsey sobre la sexualidad”, cosa que para la institución moral de la época resultaba escandaloso. Bajo la dirección del poeta pamplonés Jorge Gaitán Durán (quien, por cierto, acompañó a Jorge Zalamea en la toma de la Radiodifusora Nacional durante los hechos del 9 de abril de 1948), Mito insistió en la necesidad de desmentir el discurso moral burgués: un discurso tradicional y heteronormativo que, aún hoy, niega y oprime a ese “otro” diferente; a ese otro categorizado como homosexual, prostituta, violador o simple ignorante. Para ello, la estrategia de la revista consistió en un movimiento dialéctico que, por un lado, relató y analizó abiertamente problemáticas nacionales de carácter sexual; y, por el otro lado, tradujo y analizó autores de la talla del Marqués de Sade, Henry Miller, Georges Bataille, y Vladimir Nabokov (solo por mencionar algunos), con el fin de estudiar la situación nacional a la luz del carácter subversivo de la literatura.

En primera instancia, Mito narró la manera en que la mujer colombiana era víctima de toda clase de abusos sexuales tanto físicos como psicológicos. Ejemplo de ello fue el caso de Edelmira, una campesina cuyos labios vulvares habían sido amarrados por su marido, Marcelino. Temiendo una posible infidelidad, Marcelino utilizó alambres para coser un candado que “cerraba” la vagina de su cónyuge (Mito, números 15 y 17 [1957-1958]). Por otra parte, bajo el seudónimo de Esmeralda Gómez de H., una mujer bogotana se retrató a sí misma como un instrumento de desfogue masculino, como un llano lugar de ubicación para los hijos. Coaccionada por los prejuicios y las costumbres retrógradas de su sociedad, esta mujer denunció las brutales golpizas a las cuales era constantemente sometida por su esposo y manifestó: “Odio no solamente a él, sino al ambiente, al injusto y decrépito medio de esta sociedad nuestra, donde las mujeres no tenemos ninguna defensa” (Mito, número 4 [octubre-noviembre, 1955] 303). Para ambos artículos, Mito redactó una nota de la dirección en la que ponía de manifiesto la necesidad de denunciar este tipo de violencias a través de un medio escrito que le diera un carácter más público y permanente. Estaban convencidos de que la solución a estas situaciones era de carácter social.

A su vez, Lucila Rubio de Valverde publicó un ensayo en el que denunció la insuficiencia del Estado frente al problema de la prostitución femenina en el país. Contaba la autora que, hasta el año de 1948, el Estado mantuvo un listado de prostitutas que estaban en la obligación de presentarse periódicamente ante las autoridades sanitarias. Bajo el mandato conservador de Mariano Ospina Pérez, el gobierno decidió prohibir la prostitución para “erradicar” el problema. Para la autora, dicha prohibición tenía un obvio propósito moralizador que calificó de “mojigato”; era evidente que cientos de mujeres continuarían siendo reducidas a la condición de “instrumento libertador del instinto ciego del varón” (345). La verdadera solución, para Rubio, estaría en modificar las causas que originaron estas desafortunadas migraciones urbanas: habría que proteger a la mujer campesina desde una perspectiva social y económica para así ofrecerle un camino diferente a la prostitución.

Ahora bien, la mujer colombiana no fue la única víctima de los diversos crímenes de violencia sexual que ocurrían en el país por aquella época. La misma Esmeralda Gómez de H. cuenta, en su testimonio, la historia de un amigo homosexual que se suicidó de un balazo en la cien luego de confesar su “desorientación sexual”. Por otra parte, Mito publicó la historia de Pablo, un joven homosexual diagnosticado con “toxicomanía con perversiones sexuales” (22, 23 [1958-1959] 344). Narrado en tercera persona, este documento pone de manifiesto las categorías sociales que subyugaron a personas con una orientación sexual diferente: el marica, el anormal, el perverso, el drogadicto. A raíz de esta naturaleza “otra”, Pablo fue sometido a numerosas golpizas y rechazos que lo llevaron a abusar de las drogas y a prostituirse. Aquí se hacen evidentes las diversas dinámicas de estigmatización y discriminación que cobraban vida en el imaginario colombiano y que aún hoy permanecen latentes en nuestra sociedad.

A través de la narración y el análisis histórico de la violencia sexual en el país, Mito declaró la necesidad de identificar las verdaderas causas de estas manifestaciones aparentemente aisladas. Cada violación, cada agresión física y psicológica de naturaleza sexual, fueron constantemente denunciadas por la revista como el resultado de la insuficiencia del sistema educativo y gubernamental colombiano, y de la imposición de un discurso burgués falocéntrico. Tal vez, me atrevería a afirmar que en este tipo de estudios se comenzó a gestar una noción de género mucho más amplia. De esta manera, Mito le dio una voz no solamente a las mujeres víctimas de violencias sexuales, sino a esos otros tildados y rechazados por una moral “en decadencia”.   

En la Colombia actual, se han propuesto varios proyectos políticos que pretenden visibilizar a las numerosas víctimas de crímenes sexuales. Incluso se han realizado proyectos de investigación que evidencian la presencia de este tipo de violencias en el conflicto armado. Ejemplo de ello es el libro Aniquilar la diferencia: Lesbianas, gays, bisexuales y transgeneristas en el marco del conflicto armado colombiano (2015), a cargo del Centro Nacional de Memoria Histórica. Este documento, al igual que Mito, les da una voz a personas de diversa inclinación sexual e identidad de género que de alguna u otra manera fueron afectadas por el conflicto, y pone de manifiesto la necesidad de desnaturalizar este tipo de violencias. Adicionalmente, en septiembre de 2014, la Mesa de Conversaciones de los Acuerdos de Paz en la Habana decidió instalar la Subcomisión de Género: un equipo encargado de estudiar e incorporar políticas que protegieran a las víctimas sexuales del conflicto armado. Para ello, fue necesario proponer una noción de género que fuera más allá de una reducción genética y que se preocupara por incluir a las diversas estructuras de comportamiento social en el país.

Sin embargo, estas voces son ahora silenciadas por una horda de políticos y sacerdotes que cae al unísono: que cómo así que género y sexo son diferentes, que se nos viene un giro copernicano en el que se replantea el concepto de familia, de autonomía, de libertad: que Dios nos proteja de esta “reingeniería social” tan absurda e inconstitucional. Lo que ellos ignoran es que eso que estaba “encriptado” en los acuerdos de la Habana reconocía el derecho constitucional al libre desarrollo de la personalidad y, en ese sentido, concebía la paz como un espacio común en el que todos los colombianos conviven en igualdad de condiciones. El enfoque de género, lejos de ser una ideología que pretendía adoctrinar o imponer las diversas manifestaciones sexuales de las que goza nuestro país, proponía darles una voz a quienes han sido silenciados desde hace décadas y atacaba problemáticas sexuales desde su raíz. Pero claro, tuvieron que censurarlo.

E insisto, lo que más sorprende es que esa estigmatización, junto a posiciones como las de Ordóñez, el ex senador Jorge Trujillo Sarmiento, el pastor Miguel Arrázola y Eduardo Cañas (sólo por nombrar algunos) no son una fuerza reciente: la imposición de ese “celo apostólico” ya habría sido denunciado a manera de sátira por Zalamea en su novela El Gran Burundún-Burundá ha muerto (1952). A su vez, Mito –en voz de Hernando Téllez– también habría criticado esa “moral burguesa” como un dogma de la respetabilidad que definía el sexo en términos de tentación y pecado (Vol. 3, 175). En últimas, estos intelectuales pretendían contrarrestar esas voces tradicionalistas: para ello, era necesario entender la letra como un arma que habría de desmitificar los dogmatismos, sectarismos y los sistemas sociales de presión. Pero esta tarea aún está sin terminar.  

Pienso constantemente en esas prostitutas provenientes del campo, forzadas a hacer de su cuerpo un sustento económico estable; pienso en la cara de resignación de Edelmira, alzando sus enaguas para enseñar las heridas sembradas por la duda. Las pienso, como mujer que ha luchado por reclamar la propiedad de su propio sexo en una sociedad que aún cree que todo labio, incluido el vaginal, debe permanecer sellado y bajo custodia eclesiástica. Pienso en Pablo y en cada patada que recibió por “marica”; también pienso en el municipio de San Onofre, invadido por grupos paramilitares, donde jóvenes homosexuales fueron desnudados y obligados a servir un espectáculo de boxeo frente a todo un pueblo. Los pienso, como ciudadana que considera que todos deberíamos gozar de los mismos derechos y que está cansada de escuchar argumentos políticos que carecen de un sentido humano. Y, por último, quisiera poner de manifiesto la necesidad de darles, a todos ellos, una voz. Creo que el deber ser de la cultura, del arte, y de la literatura, reside en el gesto de ofrecerle un lugar de enunciación a esa voz: un lugar que la proteja de la intricada retórica política que nos agobia por estos tiempos.

 

Referencias:

Gómez, Esmeralda de H. “Historia de un matrimonio colombiano” en Mito, revista bimestral de cultura. Año I, 4 (octubre-noviembre, 1955) 298-305.

Hitzi, Gustavo. “Historia clínica de un homosexual” en Mito, revista bimestral de cultura. Año IV, 22/23 (noviembre-enero, 1958-1959) 344-59.

Rubio Laverde, Lucía. “La prostitución en Colombia” en Mito, revista bimestral de cultura. Año II, 11 (diciembre-enero, 1956-1957) 343-47.

Zalamea, Jorge. “El departamento de Nariño: Esquema para una interpretación sociológica” en Literatura, política y arte. Bogotá, Colombia: Instituto Colombiano de Cultura: 1978. 59-131.