Now I have you with me, under my power
our love grows stronger now with every hour
look into my eyes, you will see who I am
my name is lucifer, please take my hand.

N.I.B. – Black Sabbath

 

Al negro Bladimir lo mataron con dos tiros por la espalda. Uno le entró por la paleta derecha, le destrozó el pulmón y la bala quedó albergada en un pedazo de costilla. La otra se la pusieron en la medula, donde si no lo mataba, lo dejaba parapléjico. La gente que pasaba por la carrera décima lo vio desangrarse sin decir nada. Lo mataron al frente de la estación de Transmilenio de Policarpa, a eso de las cuatro de la mañana, un domingo en que la gente no va a misa de siete porque está haciendo mucho frío.

Lo recogieron los del C.T.I como a las diez. Una doña que vendía empanadas le había puesto una sábana en el cuerpo y una veladora cerquita de la cabeza, de esas de la virgencita del Carmen. Nadie sabía quién era ni por qué lo habían baleado. Decían que vendía droga, que robaba por la noche, que eso lo mataron los de la limpieza social o por algún ajuste entre ratas. Que vivía en una casa en los Laches que era de la mamá, que fumaba bazuco y se la pasaba todo el día trabado o en la L.

La verdad es que el negro Bladimir era desplazado por la violencia. Que le gustaba la marihuanita y el pegante. Que no se fumaba un cigarrillo ni se tomaba un trago porque para él eso era tóxico. Que no robaba, sino que vivía de una pensión que le daban a la mamá, una señora de setenta y pico de años que vivía con él en una casita de un piso y dos cuartos en los Laches. Que había ganado fama de ladrón por no dejarse robar y medio matar a una rata por los lados de la plaza Rumichaca. Que siempre tenía puesta una chaqueta negra de cuero con una mano de símbolos raros, de parches cocidos a mano con hilo rojo. Que se la pasaba en el centro por la noche con un bafle de esos de conectarle memoria USB, oyendo música a todo volumen, con la chaqueta, unos zapatos abuelos y un garrote de madera fina que le dio su mamá dizque pa’que lo librara de todo mal.

No salía de su casa por el día, dormía hasta las tres de la tarde, le ayudaba a su mamá a los oficios de la casa, sacaba una caja de inciensitos y bajaba de Los Laches al centro a venderlos por unidad. Cuando reunía lo de la bareta se encontraba con alguno de sus parceros y fumaba en pipa porque en cuero no le gustaba, le recordaba al cigarrillo. Se enloquecía un rato, se ponía en ambiente, fumaba más marihuanita para que le calmara las ansiedades, la locura que lo tenía rayado por dentro, y se abría del parche porque le gustaba parchar solo, y se ponía a escuchar música, a caminar por todo el centro después de las diez de la noche, sobre todo entre semana, cuando había menos tráfico de gente, eso sí, huyéndole a los tombos porque huevón no era pa’ andar pagando U.P.J.

El negro Bladimir no fumaba bazuco, eso era pura mierda. Le había prometido a la mamá que en esa vuelta nunca se iba a meter. Ella sabía en qué andaba su hijo, su corazón se lo decía, y las vecinas y los tombos y todo el barrio, pero siempre le repetía que ella no había criado ladrones, ni bazuqueros, que se metiera toda la marihuana del mundo pero que nunca se pusiera a inhalar cosas, a chutarse líquidos o a meter bazuco. Si ella se enteraba de eso, y tenía los medios para hacerlo, ni mierda más de vivir con ella y ayudarle.

Para él eso era serio, era berraco, su mamá era una guerrera, una luchadora, los había sacado del barro y la mierda tanto a él como a su hermana. Los tres la habían tenido que luchar sin su papá, que trabajaba como chofer de un camión de trasteos y lo habían matado por robarlo. Los tres eran un trípode para sostener sus esperanzas de una vida mejor, los tres habían llegado a la ciudad con sueños de crecer, de poder tener alguito, nunca de volver. Sueños que quedaron enterrados cuando a su hermana se la llevó un novio que se consiguió por ahí en el barrio dizque para la costa, que allá le podía dar buena vida, y la nena se enamoró, sus ojitos de dieciséis años se armaron todo el video de una vida sin sufrimiento, de un nuevo renacer. La mamá se opuso pero la nena no quiso escuchar y se voló. El hijueputa, a los cinco meses de novios, comenzó a pegarle, a maltratarla verbalmente, a sacarle el amor a golpes.

La vaina fue tan jodida que ella se regresó en busca de su mamá, y el jodido se devolvió a los días de que ella se le fugó para volverle a endulzar el oído, para decirle mamita rica, mi vida, yo la amo, yo a usted la quiero, yo no quería hacer eso, ese no soy yo, venga, mami, perdóneme, y la nena que cae otra vez al hueco y el man que se la lleva de nuevo. Al mes la encontraron descuartizada en dos maletas a las afueras de Barranquilla. Bladimir se fue de loco a buscar al hijueputa y, si es que no lo coge antes la policía, lo iba era matando. Media vida de la mamá de Bladimir se enterró con esa nena, y más de la mitad de la de él, por no decir toda, la pelada de sus ojos, su hermanita, se le fue sin haber podido hacer nada.

Así lo recordaba él y así mismo se lo repetía cada día. Con su manera abrupta y silenciosa de meterse cosas y cosas en el recuerdo hasta obligarlo a sangrar, curarlo apenas con música y volver a lastimarlo, porque el dolor es poder en las manos del que quiere vivir solo en un momento exacto de su vida. Fue después de eso que Bladimir comenzó a darle duro al pegante. Se metía sus bombazos por la calle, se enloquecía, se tiraba en andenes a mirar pasar los carros y más de una vez lo cogió la patrulla por invasión a propiedad privada o mal uso del espacio público. Esa vaina lo ponía loquito y no costaba mucho, era más barato que la marihuanita y con sus viajes diarios quedaba sano y paralizado, trancaba el dolor de la pérdida, le quitaba el hambre y lo ponía a alucinar.

Al negro Bladimir le gustaban los hombres, pero eso nunca lo supo su mamá, ni su hermana, ni nadie. Se cuidaba de que no fueran a decirle marica, y es que quién le iba decir cacorro con su metro noventa y su pinta de reinsertado. Nadie. Esos impulsos los bajaba a punta de bóxer y popper y dick y todo lo que se metió por casi un año, después de que su hermana se muriera. Le dijo a su mamá que estaba trabajando en la rusa, que eso le gastaba todo el día, pero qué va, si iba y trabajaba medio día no más y el resto se la pasaba volando. No dejaba de trabajar porque el amor a su cucha, como él le decía, no lo entregaba de lleno al vicio.

Lo del baflecito lo aprendió de los parceros y la marihuanita, que llevaban su música para todo lado con esos bafles en forma de carros o de muñeco. A Bladimir le quedó gustando mucho la idea y dejó el pegante para ahorrar y comprárselo. La vaina era que no tenía computador para guardar música en la memoria USB. Le tocó en el café internet cerca de la casa arreglárselas para bajar la música y metérsela a la memoria. ―Negro, es que a usted le gusta es esa música del diablo― le decía la nenita del café internet cuando Bladimir le pedía ayuda para bajar musiquita. Mire eso, no, negro, yo no sé usted de dónde sale con esas cosas, qué gonorrea usted, y el Bladimir le sonreía con esos dientes amarillos y desportillados del que se ha pegado una botella al hocico por mucho tiempo.

Y es que el negro solo escuchaba música pesada. Le gustaba el grindcore, el porngrim, el goregrim y por sobre todos el black metal. Aprendió a escuchar eso cuando estaba en el colegio, con un rolo que había llegado en Once con las mechas largas y que los pelados trataban de marica, de afeminado. Pero el rolo ese no tenía nada de afeminado, ni de huevón, y el negro le fue cogiendo confianza hasta que se hizo parcero del man y ¡zaz! Que le muestra aquella música y que el negro queda alocado. El rolo le grabó unos discos antes de que Bladimir saliera de su pueblo junto a su familia, le anotó unos grupos y unas canciones, y ya con eso quedó curado Bladimir de todo otro ritmo o cancionero.

En el café internet, con su listica de canciones, empezó a bajar música y encontrar nueva para seguir bajando y bajando. Se compró una memoria de 32 gigabytes y cada día se iba para el internet por lo menos una hora para chutarle a esa memoria cancioncitas. La nena del café internet le votaba todas al negro, venga, negro, que ahorita a las diez cierro el local y nos quedamos aquí un ratico, yo le dejo usar otro poquito el computador, déjese querer, que eso no duele, pero el Bladimir entraba en pánico, se hacía el loco y desconectaba todo para salir corriendo diciendo que es que la cucha estaba sola y tocaba hacerle de comer o algo.

Ya después de un tiempo no tenía para el internet, entonces le tocó aceptar la terapia de la nena del café y dejarse querer. Con ella se dio cuenta, ahora sí conscientemente, de que era marica. Con la nena fumaba marihuanita en el internet, se quedaban hasta la una o dos de la mañana tirando y viendo porno o simplemente hablando de la vida de la nena, de sus cosas, de sus papás y demás cosas que a Bladimir poco o nada le importaban, pero que tocaba hacer por el acceso a internet y a la música. A veces le cogía el cabello, le arreglaba la moña, le daba besos en la espalda llena de pecas casi invisibles que se mezclaban con la piel blanquita de la nena, que apenas sentía las manos del negro bajando por su espalda echaba un sonido que a Bladimir le sonaba raro, una vaina entre gemido y berrido, que era señal de que ella ya estaba lista, de que venga le digo, de que vamos a lo que me gusta, y el negro se paniqueaba y se repetía a sí mismo “pilotico, negro, pilotico”, y sacaba eso adelante a punta de besos con sabor a brillo de fresa que la nena se untaba hasta en el mentón para hacer que el negro la chupara bien rico. En esas anduvo hasta que se mamó de la jodedera de su mamá por fumar bareta y se escapó de la casa.

Se llevó solo la ropa que tenía puesta, el bafle, los discos, los inciensitos que le quedaban y su chaqueta de cuero. En ese ritmo vagó de casa en casa, de parcero en parcero, amañándose donde lo dejaran quedar y cuidándose de que no lo fueran a pelar o a robar o cualquier vaina que pasa cuando uno anda de extraño por calles ajenas. Duró así como por dos meses, jodido por el vicio, la soledad y un inexplicable sentimiento de hacerse daño. Empezó a cortarse con cuchilla quirúrgica en los brazos, a dejarse marcas por toda la piel y a asimilar el dolor con el éxtasis después de pasados unos plones de yerba.

Porque lo que se siente al momento de huir la sangre del cuerpo es como cagar, orinar o eyacular; una vaina placentera. Todo aquello que uno carga, cuando se va del cuerpo, es bueno. No se metió con el bazuco, ni con caballo, por respeto a su cucha, ni dejándola podía quitársela de encima. Y en ese ir y venir entre casas invadidas y ollas calientes se encontró con un mancito, un niño bien, que le gustaba drogarse en lugares donde no lo conocieran y pagar respeto y cuidado con lo que le consignaban los papás. Al negro Bladimir como que le gustó la presencia del man, la barba, el pelo recogidito y el culo que tenía. Le cagaba lo gomelito, lo niño bien, pero el man era amable y le gastó más de una vez los pipazos mientras hablaban. El man dijo que le iba a regalar una nueva chaqueta de cuero, que tenía varias, pero el negro le dijo que todo bien, que él solo necesitaba esa y ya, que más bien le diera plata para comprar una USB, la que tenía se le había perdido, para meterle musiquita al bafle y poder andar bien siempre.

El mansito no le dio plata pero sí se lo llevó para la casa para que descargara su música desde el computador, le regaló una memoria que tenía por ahí y lo invitó a comer. La casa estaba llena de vainas pornográficas, juguetes sexuales, disfraces de cuero. El negro Bladimir quedó asustado, como perturbado, pero no podía desaprovechar la oportunidad que le estaban dando y se hizo el huevón, sin decir nada. El mansito le hizo la comida, lo dejó descargar la música que quisiera, el negro se sabía las canciones por nombre, todas, tanto que el mansito quedó asustado con esa memoria. Le dijo que si lo pegaban, que tenía yerba, y el negro con su marihuanita se puso contento y empezó a reírse, algo que no recordaba haber hecho hace mucho.

Hay cosas que se creen irreales, que solo caben en las creaciones fugaces que uno conjura en la mente a partir de un deseo muy intenso o una droga que activa, pero que pasan, y eso pensaba el mansito cuando comenzó a acercársele a Bladimir, a respirarle encima, a darse cuenta que el negro ese le respondía, le copiaba, y que toda la noche le supo corresponder con altura. Bladimir ya había tenido sus experiencias, había pagado por sexo con travestis de tres pesos, pero nunca había sido otro el que empezara la vaina. Con la marihuanita en los pulmones y los parches de Evol, Opera IX, Carnal Diafragma, Ayat, Bathory, Apollion´s Genocide y Mayhem pegados en la chaqueta de cuero, que no se quitó porque el mansito le dijo que se veía más rico así, el negro se estampó contra ese otro cuerpo y lo fue viendo como con cariño, con delicadeza, con un sentimiento maluco de querer abrazarlo y darle besos, una vaina que nunca antes había sentido.

Salió con el mansito como dos o tres meses antes de que lo mataran. Dicen, nadie sabe y la gente habla tanta mierda, que el papá del mansito fue el que mandó pelar al negro porque ya le estaba cogiendo mucho cariño, porque eso hacía quedar mal a la familia. A la pobre mamá, que ya había dado a su hijo por muerto, cuando le llegó la noticia no la hizo soltar lágrima sino más bien ira, y vendió todo lo que tenía el negro en la casa, la cama, un equipo de sonido y una cadena de plata para pagar lo del funeral. No lo hizo esperar mucho porque a eso de los tres meses un infarto se la llevó también.

La última vez que vi al negro estaba bajando por la diecinueve con novena y me pidió candela para echarse un pipazo. Lo encendió en una esquina, serían por ahí las nueve de la noche, y me dijo que le diera también a la marihuanita. Iba triste.

― ¿Veo, negro, por qué tan deprimido hermano?
― Por la música.
― ¿Y eso?
― Si ve la USB, a la mierdita esa le caben 10 mil canciones mi pez ¡Diez mil!
― ¿Y entonces cual es el problema?
― Que no le caben las quince mil que tengo en la cabeza.