• Irritabilidad o frustración de forma cotidiana. Cuando intento cocinar, que es todos los días, porque ahora ando con poco dinero. La mayoría de las preparaciones se me queman (he perdido dos ollas y una olleta). Me quedo pensando en recetas que no se me ocurren. Pido un domicilio. Boto lo que queda del domicilio. El portero me recuerda que para este año es obligatorio reciclar.
     
  • Pérdida de interés en actividades que usualmente se disfrutaba. He dejado de leer el horóscopo desde que supe que habían cambiado de astrólogo. El nuevo utiliza su seudónimo, lo que básicamente es un engaño para los lectores. Pensé escribir una carta al editor, pero tampoco es gran cosa. He dejado de leer las instrucciones de los alimentos, o los comunicados de la administradora del edificio, aunque el portero insiste que están en mi correo electrónico para no gastar papel por lo del puto reciclaje.
     
  • Desinterés en el Sexo. El porno siempre está ahí, como los clasificados en el periódico, apabullantes e inúltiles; como las ciento ocho compatibilidades en Tinder sin que ninguna me salude.
     
  • Insomnio o sueño excesivo. Los dos se me parecen tanto, que me cuesta identificar si lo que siento es sueño o insomnio. Es posible que cuando pienso que estoy durmiendo en realidad tengo insomnio, aunque por las mañanas amanezco cansado, con sueño.
     
  • Cambios en el apetito (disminución o  aumento de peso). Mi método para controlar el peso es tocarme: el diámetro de las muñecas, tan delgadas; el diámetro de los antebrazos, sin mucha novedad; la circunferencia de los hombros con todos los huesos completos. Evalúo la textura gelatinosa de las piernas. Otras veces, cuando no me toco, calculo el volumen que ocupa mi sombra en la pared.
     
  • Agitación o inquietud. Han sido días muy pesados, con todos los vaivenes políticos, la gente opinando una y otra cosa, vote aquí o allá, y al final no me decido, angustiado de pensar que se vuelvan a tomar la ciudad. Me mudé a esta zona porque dicen que es la más segura en caso de alguna eventualidad. Cuando suena el teléfono fijo se me altera la respiración. Debo cerrar los ojos cinco minutos mientras espero a que deje de timbrar. Pensé desconectarlo, pero quizás algo pase y una llamada pueda advertirme.
     
  • Pensamiento lento, disminución de la concentración y la memoria. No puedo decir algo sobre esto, así que me salto la pregunta, que al fin y al cabo no cambiará las cosas, porque las matemáticas son de mayorías.
     
  • Fatiga, cansancio y pérdida de energía incluso para realizar tareas simples. Esta es la tarea más compleja que he ejecutado en cuarenta y cinco días, al lado de abrir la puerta para recibir al joven de los domicilios. El portero ya no lo anuncia. Al principio me molesté, por cuestiones de seguridad, pero terminé por aceptarlo. La tarea es sencilla pero extenuante, y no dejo de sentir el cosquilleo en las manos: estira la bolsa, estiro el dinero. Es todo. Guardo silencio por principio, para conservar la distancia.
     
  • Sentimientos de inutilidad o de culpa, culparse a sí mismo cuando las cosas no van bien. Samuel Beckett escribió que todo va Rumbo a peor.
     
  • Pensamientos frecuentes de  suicidio. Estar vivo y no pensar en la muerte es una contradicción.
     
  • Ataques de llanto sin motivo aparente. Siempre hay motivos: las películas, los comerciales, los sueños tristes o demasiado felices, las órdenes mal tomadas y la frustración cuando la comida llega fría, hijosdeputa. También me entristeció que mi mamá me contara lo del gato del vecino, que lleva tres días perdido. ¿Estás bien?, me preguntó al otro lado de la línea. Me tragué todo lo que tenía dentro de la boca y le respondí que sí.
     
  • Inexplicables problemas físicos, como dolor de espalda o dolores de cabeza. Pensé que era por pasar tantas horas en la cama. Entonces compré un colchón de segunda mano que una amiga ofertó por internet. Al principio estuvo muy bien, pero al cabo de un mes comenzó a descomponerse. Se formó un hueco en la mitad que con el paso de los días se hizo más profundo. Al acostarme, era como si el colchón se hubiera vuelto un enorme y blanquecino caparazón. Me convertí en un insecto con las patas arriba. Cuando pude levantarme, decidí sacar mi computador, algunas cobijas, acomodar el futón de sala y clausurar la puerta de mi habitación.