Nunca entendí por qué le pegaban. Tampoco entendí por qué volvía al mismo lugar y a la misma hora como un condenado. Y tampoco entendí por qué demolieron su casa, que me gustaba mucho porque era la única de color rojo, rojo abajo y blanco arriba, entre ese montón aburrido de adobes y techos de teja de barro. Era una de las últimas casas de paredes de tapia y techo de caña. Un día amaneció en el piso, con la caña desnuda y una nube de polvo de otros días.

Los dos muchachos que lo cascaban vivían a la vuelta de la calle de la casa roja, la de Luis, el marica. Después del colegio lo esperaban en la acera, en la tienda de doña María, la Mona, una señora increíblemente vieja, yo no sabía que un ser humano podía envejecer tanto, y casi ciega que vendía confites de mora, mentas heladas, cigarrillos Mustang y Piel Roja y cervezas en la ventana de su casa, que siempre estaba en tinieblas y llena de ratoncitos recién paridos. 

La Mona surtía su tienda en la tienda grande del barrio. Así que caminaba dos cuadras y media pegada de las fachadas, bajaba cinco escalas como si las viera y sabía dónde quedaba el callejón de la Virgen del Carmen, que interrumpía las fachadas que la guiaban. Dejaba la mano estirada hasta que llegaba al otro lado del callejón y tocaba muro de nuevo y seguía hasta la tienda de don Noé.

Antes del mediodía, Luis acompañaba a la Mona de regreso, de gancho y a su ritmo de mujer muy vieja. Y entre el brazo le llevaba la paca de cigarrillos que compraba diario donde don Noé, porque era lo que más vendía, los cigarros, que los compraban los niños mandados por los adultos con monedas de 50 pesos, y también los confites de mora, porque los niños los compraban con la devuelta de los cigarrillos. Yo no compraba cigarrillos porque mamá creía que de ida en ida se me iba a dar por probar uno a escondidas.

—Y ya después no hay quién le quite el vicio.

Cuando Luis pasaba solo por la cuadra, le gritábamos ¡Luis, marica!, porque los grandes hacían lo mismo. Y él, altanero y con mirada de fierro, nos devolvía su rabia metida en una palabra que vomitaba: “Malparidos”. Y se detenía sin desarmar la mirada: “El diablo les va a jalar las patas por la noche”. Y todos soltábamos una carcajada porque hablaba como una vieja.

—Es que él es una mujer —decía Mario.

—Oigan a este: es un hombre con una mujer adentro. 

La verdad es que los adultos, los tres de mi casa y seguramente los de las casas de los otros niños, evadían como bien podían nuestras inquietudes sobre Luis. La bisabuela me decía que eran asuntos del enemigo malo, pero que Luis no tenía la culpa. Papá, con su severidad, siempre me amenazó con voltearme el mascadero la próxima vez que participara del juego de burlas. “Un día de estos ese señor los va a aporriar, y ni venga a ponerme la queja porque lo agarro a zurriagazos”. Y mamá, que siempre andaba ordenando la casa y limpiando rincones, me decía sin mirarme: “No pregunte lo que no necesita saber”.

La primera vez que le pegaron a Luis estaba escampando. Luis no quiso cerveza porque hacía frío y prefirió un Piel Roja sin filtro que se fumó con su calma de hombre sin sueños. Apagó la colilla contra la pared y la dejó aplastada en un cenicero blanco que le había puesto la Mona en el descanso de la ventana.

—¡Malparidos!

Los dos muchachos, que se sentaban en la acera del frente después de sus clases en la Normal Superior, pasaron la calle de nuevo muertos de la risa y trastabillando. Como todo fue rápido y pareció más una charla de viejos compinches que una pelea, nadie se escandalizó, y menos los niños, que estábamos jugando penaltis y solo nos distrajeron las risotadas de aquellos dos.

—¡Por maricón!

Muchas veces pensé decirle a Luis que no viniera por la tarde, que don Noé también vendía cervezas y cigarrillos, pero tenía fama de dar coscorrones muy fuertes y yo le debía varios porque siempre me unía al conjunto que le gritaba ¡Luis, marica!, a pesar de las advertencias de papá, que cumplió su amenaza la única vez que me pilló. Lo vi más grande y más soberbio. Me agarró de la camisa y no le importó el hecho de que en el jalón me hubiera caído y me arrastró sin mirarme. Las piernas me quedaron arañadas por los tres zurriagazos que me fue dando sin decir nada.

—Y venga —dijo mamá—, le va a pedir perdón. —Y ahí sí empecé a llorar.

—Vea quién es el marica —dijo papá—. Deje esas lágrimas para cuando su mamá se muera.

Y Luis ni siquiera se tomó el trabajo de mirarme. Ni siquiera cuando le pedí disculpas y le prometí, empujado por mamá que hablaba y yo repetía, que nunca volvería a ofenderlo. La miró siempre, en todos los diez minutos que duró la conversación, y fue tal su amabilidad que sentí vergüenza. Al día siguiente no pude salir a jugar: había un reguero de muchachitos de varios tamaños tirándose una pelota de plástico, estaban jugando ponchado. Y Luis, como siempre, llegó a la esquina, subió las escaleras, por primera vez pensé en decirle que no volviera, los dos se pararon, Luis los vio venir e hizo un gesto de defenderse mucho antes de la primera patada. ¡Por marica!, y Luis siguió caminando hasta la ventana, se tomó su cerveza y se devolvió. Los muchachitos pararon el ponchado para gritarle “¡Luis, marica!”, pero él bajó las escalas sin tomarse el trabajo de repararlos.

Dos semanas después de la primera golpiza, Luis tocó dos veces en la casa de Carlos, uno de los dos muchachos, pero no le abrieron. Luego, subió las escalas agarrado de la reja, tocó en la casa de Fernando y tampoco le abrieron. Así que al otro día, enfurecidos por la certeza de que iba a poner la queja, por primera vez lo dejaron encuclillado por la punzada del dolor y sangrando.

Siempre pensé que la bisabuela vivía dos días adelante del resto porque podía anunciar las desgracias. “Qué muchachos. Ahí va a haber una tragedia”, comentó después de ver la faena de Carlos y Fernando: cada uno le daba de a dos patadas y salían corriendo, salvo esa vez, que se desquitaron por su intento de poner la queja y salvo también la vez que Luis les sacó un chuchillo mediano para picar verduras.

—Virgen santísima —gritó la bisabuela.

Pero Fernando, muerto de la risa, lo agarró de la muñeca, le puso zancadilla y tiró el cuchillo a la alcantarilla. Por un mal golpe entre las piernas, Luis quedó sin aire. “De todas maneras usté no usa eso como es debido”, le gritó Fernando.

—¡Qué muchachos, ahí va a haber una desgracia!

Me crucé con Luis porque yo iba por diez huevos y una leche a la tienda de don Noé. Saqué las monedas del bolsillo y las volví a contar para evitarme su mirada de fierro. Dicen que llevaba una navaja en el puño cerrado. Y también dicen que el día anterior había buscado el hombre fuerte del barrio para ponerlo en conocimiento de su cansancio por las golpizas.

—Esas son cosas de pelaos, Lucho.

—Vea. —Le mostró una hinchazón leve en su pierna derecha y una protuberancia morada al lado de la boca.

—Entonces defiéndase porque yo no puedo meterme en esas maricadas. —Le entregó una navaja después de hacerle una demostración profesional de cómo abrirla.

Cuando yo volvía de la tienda, ya el ambiente se había llenado de fatalidad, a pesar de que el viento que enfriaba las noches despejadas de agosto seguía fluyendo. Dos señoras pasaron muy rápido, pero sin correr, y se asomaron en la esquina hacia la tienda. Un agente de la policía estaba hablando con el papá de Carlos sin bajarse de su moto cuando yo pasé por el callejón de la Virgen, y don Pedro manoteaba y movía el pie derecho.

Carlos caminó hasta donde estaban don Pedro y el agente. Don Pedro lo jaló por la manga de la camiseta y le soltó una palmada en la cabeza. Ya no había silencio, sino un solo y concreto murmullo cortado por la voz quebrada de la Mona que gritaba “cuidado, cuidado, mijo, por Dios, ¿usté qué fue lo que hizo?”.

Pero no había hecho nada. Cuando llegué a la esquina un taxi de los negros mermó la velocidad y pitó para que la gente, que ya empezaba a formar tumulto, lo dejara pasar, pero el agente de policía le indicó con la mano que metiera reversa. Luis estaba sentado entre la acera y la vía, al lado de un círculo hecho de tiza blanca con un número tres adentro que usábamos como base de salvación en el juego del yeimi.

Tenía la navaja en la garganta. “Me voy a matar”, les gritó a Fernando y a Carlos cuando los vio venir, apenas subió por las cinco escalas. Cuando me paré en la esquina, mamá empezó a hacerme señas para indicarme que siguiera derecho y entrara. “Me voy a matar, hijueputas, me voy a matar”, y se puso de pie y también la Mona gritó algo desde la ventana. Otro policía hizo un disparo al aire. El taxista, que reversó, pero se quedó, pitó sin razón. Me concentré en la navaja, que Luis agarraba con mucha fuerza y que ya hacía una hendidura en su cuello.

Mi mamá salió en delantal y me agarró del brazo. Mientras miraba a mi mamá, Luis gritó y aventó la navaja.

—No era su día —dijo la bisabuela en la mañana.