escribe. 
las palabras son el cincel 
con que da forma a una escultura invisible. 
podría dejar la piedra intacta (a nadie le importaría) 
pero aquella piedra es su reflejo. 

escribe. 
como si con eso bastara, se dice, 
como si con eso el mundo cobrara sentido 
como si la escritura fuera un abrazo cálido y permanente que lo cobijara 
y es que lo es, a veces, por un instante. 

escribe  
como si recogiera el maíz en su tierra; 
su cuerpo se llena de sudor 
de ampollas sus manos, 
y por un momento cree que eso le salvará del hambre 
como si un instante fuera para siempre. 

escribe y piensa que en algún momento llenará ese vacío 
que finalmente podrá abrir los ojos una mañana tranquila 
sabiendo que ya no hay necesidad de las palabras 
porque el mundo es de nuevo el que pudo haber sido. 

pero tarde entiende que nada de eso llegará. 
tarde se da cuenta de que no es suficiente 
nunca será suficiente; 
tarde se da cuenta de que no renunciará. 

escribe 
su cárcel son las palabras 
que no le dejan ver la realidad del mundo. 
escribe y reconoce finalmente la pesadilla: 

no son sus manos las que escriben 
no son suyas las palabras. 
aquel vacío tan cierto, tan presente en su cuerpo, 
no es suyo. ni siquiera eso es suyo. 
pero escribe como el árbol 
moviendo sus hojas al viento.