Los primeros que salen comprueban con sus huesos
que no habrá paraíso ni amores deshojados;
saben que van al cieno de números y leyes,
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.

Federico García Lorca, La aurora.

 

Érase una vez un trabajo de mierda.

Fue mi primer trabajo en oficina. La burbuja encantadora de la universidad había terminado, con sus jornadas felices dedicadas a los libros, la conversación, el conocimiento y la bebida. Los días preñados de promesa dejaban las aulas para entrar en las oficinas, querían convertirse en los cimientos de un luminoso futuro profesional.

Eso pareció al principio. Pero no fue así.

En el recuerdo parece un año lo que fue un contrato de tan solo un mes, como si los días se hubieran estirado por culpa del encierro en una oficina consagrada a la trivialidad, a la levedad, a la venta de humo. Fueron días de cubículos grises y conversaciones escasas e inanes. Estaba rodeado de gente demasiado ensimismada y preocupada por la marca de su teléfono, del computador, o por el bar de moda para la visita indispensable del viernes. Eso, junto a mi pobre capacidad para entablar conversaciones y hacer amigos, garantizó una rutina silente y aburridora, la soledad en medio de la gente.

Los días que uno tras otro son la vida pasaban frente a un computador no muy bueno, moderando los comentarios de una página de internet, publicando contenidos ávidos de likes y engagement y tantos otros términos hechos de esnobismo y artificio, y elaborando informes para presentarle al cliente. Los comentarios eran tantos, tan mal escritos y emponzoñados que encontrar uno medianamente bien redactado daba ganas de agradecer al cielo, como si fuera un diamante entre la basura. Decenas de barbaridades acumuladas, cada vez más, incesantes, insidiosas. Una avalancha de improperios esperando para ser borrados, un castigo de la era digital para Sísifo.

Solo en las fantasías delirantes y dulzonas de la autoayuda, las personas pueden elegir siempre y en todo momento su destino, pueden tener sin obstáculos el trabajo de sus sueños. La mayoría de las veces el deber y la necesidad triunfan sobre el gusto y la vocación.

Hay días en que estamos tan atrapados, tan atrapados…

Pero, ¿qué puede hacer el hombre cuando la cotidianidad lo abruma? Allí, en la rutina atontadora frente a una pantalla, descubrí una forma de salvarme, de sobrevivir en el océano de embrutecimiento, desidia e inutilidad que anegaba mis días. Encontré la poesía.

Hasta ese momento no era un lector asiduo de poesía. (Todavía me falta: debería leer más poemas). Pero entonces me di cuenta de que cuando el día era demasiado pesado sobre mis hombros, cuando me asfixiaba la conciencia de estar haciendo algo irrelevante, leía un poema, leía varios. De quien fuera, de lo que fuera. Gotas de sentido en una cascada de intrascendencia aliviaban mi alma, me daban fuerzas, consolaban mi espíritu. Me permitían flotar cuando me estaba ahogando.

Comprendí con mis huesos y mi carne lo que solo había entendido en teoría: que las palabras tienen el poder de rescatarnos, de mostrarnos salidas, de elevarnos. Y en nuestro mundo de gente sin tiempo, de actividad frenética, de ocupación permanente, la poesía, con sus formas contenidas, con su brevedad rebosante de significado, es una forma de robarle minutos a las horas de debacle, una ventaja que escapa al poder de las novelas y los cuentos, que nos piden más tiempo para descifrar su entramado, para encontrar su gloria. Los poemas, mínimos en extensión, nos agrandan el alma. Unos cuantos versos y es menos difícil salir a la superficie.

Cuando la marea está alta, cuando se pierde la orilla, cuando se pica el mar y nos hundimos, rotos y frustrados, la poesía puede devolvernos al aire. Tal vez no nos saque del agua, pero nos permite deslizarnos con las olas hasta encontrar de nuevo la orilla perdida.

La poesía es un salvavidas.