El origen (mayo 2011)

 

Venía siendo, venía sintiendo, venía

implacable, ineludible como la sombra.

“Siempre tan maleable” le reprochaban.

Pero sin cambiar su expresión seguía y venía.

¿Venía? ¡Que más da!, ya estaba sobre

nosotros y nos perdía la trémula sensación

 del miedo a niveles de desquicio. Ineludible,

repito, como la sombra; solo había pues un

camino para nosotros y era evadir con la

mente lo que como un todo, cuerpo, alma y

corazón, no podíamos evitar.

Así lo hicieron, pero ese ser ocioso y

disperso, hasta en la tragedia rezagado, tardó

lo suficiente para ver el proceder de sus

compañeros y con sabio reflejo buscó en

cuestión de un segundo fraccionado otra

salida. Buscó y encontró...

Ahora era sombra y se hallaba implacable

aunque culposo, era ineludible pero

miserable, siendo y sintiendo.

 

 

Carta a Dios (junio 2012)

 

Dios jugaba, lo hacía con encanto, lo hacía

con astucia y lo hacía con omnipotencia.

Movía sus fichas con pericia, bajo infalible

estrategia. El juego se hacía eterno, por tanto

imperfecto. Mas dios jugaba sin tregua, con

ágil belleza, lo hacía con omnipotencia.

Y la concentración sublime era absoluta,

infinita, por ende imperfecta. El juego

vibraba y se hacia bravo, capcioso, mas él lo

resolvía y jugaba con omnipotencia.

Entre el agotamiento, el azar y las otras dos

fortunas. Entre la eternidad imperfecta de

problemática fractal. Se le escapó un suspiro,

un gesto, algo, quién sabe. No lo notó él, lo

hizo omnipotencia y la nimiedad se hizo

verbo que él ignora y ella abriga.

 

 

La emancipación del alma (febrero 2013)

 

Quisiera romperse los dedos y con esas

manos probar tocarse el alma. Pero hace rato

está ausente, la perdió de a poquitos y por

eso no se dio cuenta hasta que ya era tarde.

La perdió entre los colores planos de

carteles enormes, entre lucecitas

hipnotizantes que salían de cajas negras

puestas en todo lado. La perdió en fotos que

no recuerda y que tomaba para no olvidar.

Un pedazo se le estalló a la par con sus

neuronas entre tragos, cosas para fumar,

cosas para aspirar. Y ya cuando solo quedaba

un remanente agonizante, le perdió ante el

espejo.

Al fin se supo suyo, se supo él, no otro, y del

gusto no reparó en su desalmada existencia.

Pasaron días, meses, quizás un año en que se

pavoneó ante los otros con su nueva

conciencia, enseñando, enseñándose. Hasta

que ya no estiró más la cosa y empezó a

alcanzarlo todo lo que había dejado atrás,

llenando su panorama antes libre de

cualquier cosa ya vista, ya tocada, querida y

desechada, por los objetos, culpas y rostros

de su pasado.

A partir de entonces empezó a hablar desde

su tumultuoso nicho, respirar con dificultad,

a conocer la nostalgia, cantar con el

estatismo, a desesperar, ser impotente, a cada

tanto llorar de rabia o tragársela de una

pieza.

Supo entonces de su vacío, supo entonces

de algún error tácito y quiso nombrarlo, pero

no hallaba palabra útil. Miró entre el pelotón

estrecho que lo agobiaba, buscando en qué

punto había errado. Allí, hombro a hombro

con su pasado, escrutó cada rincón de lo

hecho, suplicó repuesta al acertijo en cada

templo de su cuerpo, calculó con

empecinamiento y redujo las posibilidades…

Puntada a puntada bordó el camino a su

respuesta, no hubo en aquella empresa

callejón ni método mal visto, toda

herramienta se usó, ora la seducción, ora la

espada. La hiel curaba la llaga, herida y

quebranto interpretados como presagios de

que se acercaba a su destino, cada caído un

peldaño en su ascenso, cada lágrima sustento

del mar de sus expediciones.

Con el tiempo perdió lustre y vigor, todo

menos su obstinación que se guarecía en los

ojos brillantes por el brío entre escarpados

párpados de piel mustia y ajada, mapa de

senda vida. El cuerpo trémulo se le moría de

agotamiento, escarbado el mundo se caía a

pedazos. La fuerza enorme quedaba inexpresada.

Hurgó en su bolsillo, tomó la medalla

que llevaba grabado el nombre que buscaba,

sopló la tierra, llamó a un hijo, se rascó el

cuero y del pellejo el hijo, le dio la medalla y

murió tranquilo.

 

 

Presentación del proyecto tejido en Forte Marghera (enero 2015)

 

Objetivos:

 

Otra vez.

 

Quiero tejer la fibra que se pudre en un lugar

abandonado, esa fibra que huele a mar, que

no dejó derivar el barco, esa otra que en otros

tiempos agarró pescados y los sofocó en su

abrazo, esa que ya flaqueó y se fue

descabellando, esa que a pesar de no servir

más pa' lo que estaba hecha ahí sigue y

empieza a manar el tufo del sinsentido.

Les quiero tejer en un lugar abandonado

para que seamos tres que se enredan bajo la

misma pena. Tres sorteando un tiempo que

nos lo dio todo y poco a poco nos lo fue

quitando hasta dejarnos hechos desperdicio

y ruina, sin puerto al cual llegar, peregrinos

en un continente donde no hay tierra santa.

Solo un cuerpo postrimero paseándose en su

gran espacio, siempre a la deriva.

 

Metodología:

 

Entonces que llegue la primavera y el verano

y no se pueda culpar más al frío por estar tan

solo. Encerrarse ahí a pasar las horas entre

urdimbres, que sucedan sin sentirlas y a la

vez dejarlas bien atadas de su rabo de paja.

Haciendo una manta para que en las noches

más oscuras, en las noches de sórdido frío las

sombras acudan en busca de su abrigo.

Cuando las manos duelan, sentarse lejos de

aquello que tejía y ya me estaba enredando.

Verlo mientras se come entre polvo, verlo

mientras la ruina hila hebras de sol por entre

los huecos del techo, y así, con todo decidir el

orden, la puntada con que nos vamos

uniendo.

 

Conclusiones/expectativas:

 

Y al final irse, irse bien lejos con la

tranquilidad de no traumar a nada ni nadie.

Que aquella se sigue cayendo, que la otra se

pudre y nada que pesca, que yo, como ellas,

continuo con este gran vacío de sentido, el

mismo viejo, ese de bien adentro, pero con la

radical diferencia que ordenado es una

prenda de lujo que entre los tres llevamos y

tejimos.