En la poltrona de los cielos, cerca de la abadía Veracruz se hallaba el estimado pero siempre controversial Cesar Silva luchando contra los recuerdos frívolos de la infancia. Desorientado e inconforme frente al paisaje de la abadía, no hacía más que sonreírle al sol de las mañanas de septiembre. Su perfume de lavanda y ropaje de dril serenaba a los transeúntes que lo veían con asombro, pues siempre tranquilo y utópico intentaba resolver el enigma del conocimiento. 

La tarde comenzó a caer. Los faros de la abadía se iluminaron como luciérnagas en el morichal de las llanuras y todo se fundió en un cielo cenizo lleno de nubes.  Cesar silva se puso de pie y caminó en dirección al centro de la villa, siempre evocando una sonrisa pícara que deleitaba a las prostitutas que encontraba a su paso. Su sombra se proyectó en la casa del gobernador Velandia y nuevamente sonrió, era como si un inescrupuloso ser viviera en la morada de su alma. Los buitres cortaron el silencio con sus aletazos. 

La tosca mañana daba el inicio de un día aparentemente frio y sin sabor. Al frente de la abadía Veracruz se hallaba la poltrona de Cesar Silva sin usar; los niños que jugaban con una botella cerca del lago recogieron un periódico que daba la noticia de una extraña muerte a manos de un hombre que usaba una máscara de pan. La cobardía se notó en sus miradas de asombro, pero decidieron precisar el juego con armas imaginarias y algunas hechas de rama de abedul, imaginando un juego similar al asesino de la máscara.  

Al día siguiente, las noticias para la villa no eran del todo positivas. Hoy el periódico La ceguera feliz había publicado un encabezado que relataba la extraña muerte de varios niños a la orilla del lago. Las autoridades del pueblo comenzaron a investigar acerca de las horripilantes muertes sucedidas en un lapso de cuarenta y ocho horas, pero nada encontraron; ninguna pista que  diera con el paradero del asesino invisible. 

Mientras tanto, Cesar Silva tatareaba una balada sentado en la puerta de la abadía esperando que abriesen las rejas. En efecto, salió un obispo bonachón que le invito a seguir a cambio de unos cuantos galeones. Tomaron asiento y se miraron uno a otro como si una fiesta agasajada dentro del priorato hubiera comenzado. Platicaron de todo un poco en compañía de un vino seco traído de Salamanca, después hubo un silencio incomodo que fue desahuciado con la voz del obispo: 

— Deja en paz a la gente, Cesar. Ellos no tienen la culpa de tus desgracias. 

— ¿Acaso cree que soy yo quien anda detrás de las muertes?- dijo Cesar asombrado. 

— Si no eres tú, ¿quién podría ser?- respondió el obispo mirando la copa. 

— Es increíble la manera por la que me juzga. Si fuese yo, no estaría paseándome tranquilamente por la villa, ¿no cree?-  dijo Cesar levantando una ceja 

El obispo recogió la botella, la guardó en un anaquel de madera y le pidió a Cesar que se marchara. Con frialdad, el enigmático hombre salió con cara de pocos amigos sin refutar nada. Pasaron no más de diez minutos para que el prelado redactara una carta a las autoridades indicando que Cesar Silva era el asesino invisible. 

Al finalizar el mes de septiembre, el airecillo bipolar protagonizaba una secuela con hojas de árboles en el suelo. La botella de plástico flotaba en la mitad del lago como si se tratase de una nota suicida de algún naufrago, y las puertas de la abadía Veracruz se hallaban cerradas con un barrote de hierro. La poltrona que alguna vez fue el sitio de descanso de Cesar Silva estaba desolada y sin apuros. El periódico actual exhortaba que el ciudadano residente de la abadía  Cesar Silva, había sido asesinado por un hombre amante del vino seco. Los buitres cortaron el silencio con sus aletazos.