¿Que para qué sirve la poesía?

Por: Alberto Bernal

Arte por: Jennifer Vélez

¿Que a quién sirve la poesía? ¿Que a quién le sirve? ¿Que para qué sirve? Estas son preguntas de las que no admiten una respuesta universal, es decir, que demuestre, contra cualquiera, la validez del aserto. Cuando se emite la expresión “servir”, de inmediato nos situamos en una posición utilitaria identificando “lo que sirve” con “lo útil”, y lo útil con lo que produce resultados mensurables en plata (esas pequeñas cosas de la vida que hacen feliz al hombre según Marx –el pensador, por supuesto, o sea Groucho­–: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna). Con esto, las posibilidades de la pregunta, y las de la respuesta, se contraen en forma desmedida.

Por otro lado, ¿se ajusta a la realidad la pretensión de medir las cosas en términos de utilidad? ¿No estaremos ante la posibilidad de enfocar el mundo desde un ángulo equivocado? No olvidemos que los valores útiles se encuentran en uno de los grados más elementales de la escala axiológica. Para los chimpancés son útiles las ramas afiladas: con ellas asustan a los leopardos. Con ellas, también, comenzó hace tres millones de años el camino de la hominización, y henos aquí.

Por otro lado, hay que ver quién las formula. Llega un hincha futbolero, encuentra a un muchacho que lee un libro que parece de poesía porque los renglones son corticos, y se burla de él: ¿y para qué sirve la poesía? El muchacho baja del cielo y se queda mirándolo sin responder, casi espantando con la mano las sombras de este mundo, porque a su vez se pregunta, asombrado, para qué sirve ser hincha de un equipo de fútbol y andar vestido (y hasta pintado) de ese absurdo modo. El hincha concluye que el que calla, otorga; pero el otro piensa que el que habla, pierde. De igual manera podríamos preguntarle al disfrazado para qué sirve el baile, para qué sirve la televisión, para qué sirve ser hincha, etc. Con esta forma de razonar, unas pocas, poquísimas cosas serían útiles, “servirían” para algo: el trabajo, el comercio, el parasitismo, la mentira, el robo, el secuestro, la explotación ilícita de recursos naturales; y no todas ellas todas las veces.

Cualquier pregunta sobre la utilidad de una actividad puede ser demolida o puesta en ridículo fácilmente, pero esto es un simple acto de leninización (antes lo llamaban macartización, pero a todo señor, todo honor, y al inventor, su invento). Un rico semianalfabeta decía que el estudio era para los brutos, y otro muy ilustrado, que el trabajo era para los pobres y los bastos y que “los verdaderos caballeros jamás trabajan”. Con esto ya tenemos que, según el punto de vista, también el estudio y el trabajo podrían ser dos instituciones inútiles.

Y otros que pregonan la inutilidad de la poesía oyen canciones populares (quizás las mismas que bailan). ¿Y qué son ellas sino una forma –minorísima, primitiva, pero forma al fin– de la poesía, la poca poesía que la mayoría puede hacer... y de las contadas cosas que alcanza a entender?

¿Importan, o son posibles, las “utilidades” objetivas e indiscutibles? Admito la del aire y la del agua, pero, en adelante, con justificación o sin ella, alguien podría desestimar la Medicina, la Ingeniería Civil o la Administración de Empresas en la medida en que no son importantes para su vida. Pero, si la tienen para otras vidas, ¿la tienen o no? La utilidad de las cosas existe en términos de su impacto sobre nosotros. La poesía no es menos útil porque un individuo la desdeñe o no la necesite, ni lo es más porque otro diga, como Keats, que no puede vivir sin ella. La poesía siempre será útil para el que quiera y pueda recibir su luz.

Intrínsecamente, la poesía (o una parte, pero no menor, de ella) tiene la doble característica de ser lenguaje selecto y lenguaje sintético. Selecto, por el acto de seleccionar y no por el temido “excluyente” de nuestros tiempos de miseria; porque el poeta tiene a su disposición todos los matices entre el lenguaje sublime y el ramplón. Y sintético (consecuencia de lo anterior): siempre la búsqueda del término preciso y la compactación del discurso hasta el límite. Lenguaje concentrado y purificación de la lengua ordinaria. En medio de su parquedad, con frecuencia sus términos nos hacen asomar a las mismas honduras que exploran los filósofos. No en vano la filosofía se expresó primero en verso. O tal vez sea lo contrario: que a la poesía más antigua, dado su temple, la enmarcamos hoy en el mundo de la filosofía. De esa manera, los Versos Dorados de Pitágoras son versos por ser versos, pero nada nos obliga a hablar del Poema de Parménides en lugar de El Ensayo de Parménides, porque el verso es una mera formalidad y por sí solo no hace poesía. El acto poético era a la vez el acto filosófico, y por tanto la poesía era una asomada a la Física. A ratos sofoco, por hereje, el pensamiento de que Lucrecio y su Naturaleza de las Cosas son el momento más alto de la poesía latina, no sea que de pronto vengan los críticos y los doctores y se encienda “el velador de tanto qué será de mí” que decía César Vallejo (bueno: pero ¿ven cómo las palabras de los poetas son lámparas? Sin darse uno cuenta, va apoyando en ellas, apuntalando con ellas, el pensamiento).

O sea que hay otra utilidad: la del conocimiento. Ciertas metáforas, ciertas asociaciones de ideas, nos revelan aspectos inesperados de las cosas. De esta manera, la poesía quita velos, deja ver, comienza a mostrar, inaugura.

Ahora: ¿que no sirve para nada? Yo sé que a quien no esté dispuesto a reconocer un mérito no le valdrá ningún argumento. Pero hay dos cositas. Una: de varias culturas no nos quedan edificios ni otras obras pero sí una epopeya o un poema o unos cuantos versos. No olvidar la frase de Chateaubriand, transponiéndola discretamente: “Han desaparecido tribus enteras del Amazonas, y no ha quedado de su dialecto más que una docena de palabras pronunciadas en las cimas de los árboles por papagayos que han recobrado su libertad”. Como en el soneto de Quevedo, “huyó lo que era firme y solamente / lo fugitivo permanece y dura”: las palabras “que se lleva el viento” se vuelven monumentos, murallas, torres, ciudades y sobreviven a civilizaciones de piedra o concreto. Por otro lado, y por lo mismo: si ha habido soberanos utilitarios y elementales, esos eran los germánicos. Pues bien: Wídsid, el poeta que tiene nombre de novela de aventuras (como si se llamara Éxodo), le ofrece al rey su canto a cambio de unas pocas monedas o anillos o brazaletes; el rey (como hizo Eirik Hacha Sangrienta al perdonarle la cabeza a Égil Skalagrimsson a cambio de su poema laudatorio) por fin lo acepta, y en vez de que el tiempo lo arrastre, su nombre viene arrastrado en las ondas de un poema. Su nombre se salvó por la poesía, que, por tanto, sirve siquiera para salvar nombres de reyes bárbaros. Nombres de soberbios y presuntuosos como estos, pero también nombres de héroes y de mendigos (como ese Iro de la Odisea).

Remotamente sabemos de la Guerra de Troya. Gracias a Schliemann supimos que hubo una Troya material. O siete. Y no más: en sus arenas no hay un nombre. Pero los que vienen en La Ilíada, ¿se atreverá alguien a decir que no pisaron lo que hoy son esas ruinas y que la poesía no arrastra sus nombres desde esa realidad muerta hasta nuestros ojos vivos? De las cosas antiguas, muchas no tienen vestigio material y solo existen en las palabras de los poetas. Como instrumento de persistencia, parece ser que sirve. Es bueno que siglos después de nuestra muerte suene nuestro nombre. Y mejor si es después de las palabras “Dime, Musa”.

La palabra exacta. ¿Qué es eso? En el caso de la poesía, a diferencia de los lenguajes técnicos, la exactitud no se mide por la capacidad de describir la realidad, de trasladar al receptor la imagen incuestionable de una cosa. Esas no son ni su función ni su misión. Curiosamente, en la poesía es común que la exactitud de la palabra contribuya a lo contrario: la sugerencia, la polisemia, la disolución del sentido único, de la univocidad. En cambio, se puede asociar con la capacidad de producir un efecto definido: una imagen nítida, un gesto palpitante que golpeen, ahí sí, por su carácter único, por la visión nueva, que se queden grabados en la memoria del lector. Que lo acompañen desde dentro: ¿cosa inútil?

Aquí también hay un pequeño rasgo. El mundo espiritual del poeta es el de cualquier hombre –no hay otra posibilidad–, pero la palabra poética transmuta, y las realidades “vulgares” o comunes a todos se trasladan a un plano diferente, digamos que idealizado u optimizado, donde el lector se ve a sí mismo como en un espejo. Sólo que lo que ve no es él y la imagen no es especular: se ve en dimensión abstracta, perfecta, idealizada, elevada; en el deber ser o el poder ser y no en su ser, como una especie de monumento de sí mismo. Allí el poeta es intérprete involuntario y por eso la poesía tiene tanto de “filosofía”. Calificativos y asociaciones nuevas de ideas producen un efecto que sorprende. El lector había entrevisto esas cosas, pero no así, no desde ese ángulo o bajo esa consideración.

No nos hagamos ilusiones, eso sí, a menos que estemos dispuestos a aceptar que la poesía se mueve en un territorio común. ¿El del consuelo, digamos? Es el mismo de los refranes, que le ahorran camino a la conversación y constituyen un arsenal de argumentos y, si no, de razones, de justificaciones. O en el de las canciones: ¿por qué en ciertos momentos cualquier persona recuerda un pasaje de una canción y se aferra a él como encontrando la clave de su sentir del momento? ¿Por qué alguien dice “esa es mi canción”? Mi canción: ese conjunto de palabras que me describe nuclearmente. A su modo, “mi poema” (que también los hay).

Somos lenguaje. La poesía, entonces, existe en nuestro núcleo. Y no solo eso: la forma de la poesía es siempre un optimización de la forma y las posibilidades del lenguaje de la gente. El poeta no hace otra cosa que refinar el habla. Refinar, no en el sentido de alambicarla, sino en el de idealizarla o, más bien, hacerla ideal, hacerla óptima sin negar su condición. Afirmándola, mejor: exponiéndola en su esencia.

Gracias a las propiedades transmisoras del lenguaje, dos bípedos implumes que para un animal de otra especie están intercambiando ruidos en realidad se dedican a llenar de hechos reales su ambiente común. Parecen quietos, pero se encuentran en plena actividad; incluso, en una de sus actividades más dinámicas y exhaustivas, si no la más.

En la poesía, entonces, hay realidad. Realidad humana, y no en un sentido sentimental sino en el material de “nosotros”, los que estamos aquí, los que hemos existido y existirán. El alma se hace manifiesta, tangible. (Alma: esa cosa olvidada, ese dispositivo que, en medio de “necesidades sentidas” y reivindicaciones de los instintos –lo que conservamos de bestias–, ya casi ni suena).

La poesía optimiza por lo menos dos de las capacidades ordinarias del habla por un procedimiento de concentración y amplificación: su ritmo natural y su capacidad significativa. La segunda se traduce no solo en la mayor precisión de los términos sino en su opuesto: la capacidad de despertar resonancias a partir de ella. La palabra concentrada se vuelve sugestiva: un poema es mucho más que la suma de sus palabras. La primera es elemental pero, curiosamente, menos afecta a los conceptos comunes: la poesía, por lo menos en sus formas originarias, es la optimización de las formas normales del lenguaje. Esa mezcla de ritmo y significación compone una bebida embriagante que a veces salva y a veces mata, pero siempre en medio del sentido.

¿Y a quién sirve la poesía? (la poesía servidora) O ¿a quién le sirve la poesía? (la poesía útil). La poesía le sirve a la gente. Nos sirve a todos. Siempre, claro, que tengamos oídos –interiores– para oír. El que oye es capaz de escuchar. La relación entre los dos verbos no es necesaria. Hoy decimos torpemente: “se escuchó un ruido”, “yo escuché que Fulano hizo esto y lo otro”. No. Escuchar es oír con atención, en forma deliberada, intencional; es atender, como en los versos de Villaurrutia: “Pongo el oído atento al pecho, / como, en la orilla, el caracol al mar. / Oigo mi corazón latir sangrando / y siempre y nunca igual”. No: el que no más oye se puede quedar en las mismas, percibiendo ruidos por el conducto auditivo, si acaso sintiendo ecos. “Todos”, “la gente”. “El pueblo”, pero no en el sentido de esa entelequia amorfa que también llaman “masas” los mismos que las han amasado y masacrado después de negarles la condición humana aunque las utilizaron para hacerse al poder. “Pueblo” somos todos y no una selección malintencionada del conjunto.

La poesía “nos” sirve. A Rafael Alberti lo traicionó en buena hora el populismo leninista. Lo traicionó hasta en la forma de la estrofa que voy a citar. Lo traicionó porque, pretendiendo el populismo, el mensaje para imbéciles, la visión elemental y manipuladora de la vida humana, se le juntaron en un terceto dos principios que para él eran opuestos y que ahora vemos que pueden unirse. Bendita sea la mala suerte de Alberti, que lo libró de irse al albañal de la literatura comprometida a pesar de su intención. A los hombres se nos salen de las manos todas las cosas que inventamos. A Alberti se le salió de las manos el terceto blanco que pretendía enviar a la hoguera a los Luises de Góngora y a los Gustavos Adolfos Bécquer y levantar a sus expensas sendos monumentos a los Migueles Hernández y a los Césares Vallejo como si no fueran poetas, con todas las letras, los unos y los otros. Termina la “Balada para los poetas andaluces de ahora”:

No es más hondo el poeta en su oscuro subsuelo
encerrado. Su canto asciende a más profundo
cuando, abierto en el aire, ya es de todos los hombres.

Quiere él decir que el poeta subjetivo, intimista, personal, ajeno a la política y sobre todo a la adhesión a Stalin, “o a quien haga sus veces”, como dicen los abogados en sus demandas, no tiene la hondura del que opta por la poesía como otra de las “formas de lucha” útiles para alcanzar el poder. Pero la estrofa lo traiciona y “nos sirve” en el sentido de que el poeta personal puede extraviarse en su biografía y ser un mero versificador o puede, “encerrado”, sin dimensión política, encontrar “en su oscuro subsuelo” cosas que son comunes a todos, que son el Hombre, que les hablan con la misma fuerza a él y a los demás y que al ser nombradas se abren en el aire y son de todos los hombres (“y de todas las mujeres”, según la infame corrección política y solecismo de hoy). Por esta razón Nezahualcóyotl y Li tai Po, y Homero y Horacio nos hablan todavía aunque ignoraran la religión de criminales de Alberti.

Tal vez valga la pena “descender” un nivel. La hembra de otra especie que consiente y protege a sus crías incluso arriesgando su vida no cumple solamente el “instinto maternal”: las ama. Y lo evidencia para el que no sea ciego, para el que sepa “escuchar” lo que ve. Entre ella y las nuestras no hay más que una diferencia de grado, no de esencia (como enseñó Max Scheller): le falta el lenguaje articulado, derivado de ese amplificador de potencias que es la neocorteza cerebral. Las pasiones, el drama y el sentimiento de responsabilidad son muy anteriores al hombre. La inteligencia, más todavía. El poeta subjetivo que llega más abajo de su biografía se encuentra con “todos los hombres” y con buena parte de los animales. Cuando expresa su experiencia, “se abre en el aire” y “es de todos”, o, mejor, es todos, y “cualquiera” lo entiende por más que haya estado encerrado “en su oscuro subsuelo”, o gracias a eso. Es que el subsuelo es común, en tanto que la biografía es accidental. Como lo es la política. Por eso la “poesía” política es insulsa: habla desde coyunturas y tiene un valor instrumental, o sea que humanamente no tiene ningún valor. Por tanto, tampoco lo tiene literariamente.

La poesía no recoge la voz de “todos”: recoge la voz de “cualquiera”, y no recoge “la voz del pueblo”, sino la de la humanidad. Con esto la libramos de la simplificación política o, más concretamente, ideológica. La poesía no es un servicio público, y menos “una forma de lucha”, sino un acto humano, es decir, un acto natural, una declaración directa, humilde y desinteresada de lo que somos. Por eso es útil, por eso sirve, por eso nos sirve.

La poesía sirve, la poesía sirve a -la literatura nos sirve-, cuando dejamos de ser funciones y somos hombres.

He aquí algunas palabras de un poema náhuatl sobre “el sabio” (para ellos, el poeta) recogido por Fray Bernardino de Sahagún:

 

Hace sabios los rostros ajenos,
hace a los otros tomar una cara

(...)

Aplica su luz sobre el mundo.

(...)

Conforta el corazón,
conforta a la gente,
ayuda, remedia,
a todos cura.

“A todos cura”. Es decir, a todos los que la quieran, porque ahí está a disposición de todos por la virtud del lenguaje. Por supuesto, el que quiera seguir enfermo, puede hacerlo.