Ambos presos huían descalzos bajo la noche nublada. Eslabones de oxidado hierro unían los grilletes que ahorcaban el tobillo derecho de Rafael y el izquierdo de Juancho. Los fugitivos volteaban una y otra vez hacia la prisión, pero la niebla había evaporado el paisaje. Las sombras que veían eran tan difusas que podían ser arbustos, los guardias de la cárcel o sus perros. Rafael se detuvo a tomar aire y Juancho le jaló el brazo para acelerar la marcha. El cansancio de los prófugos les pesaba más que sus cuerpos colgados por los testículos en vísperas de año nuevo. Sus pies estaban tan rasgados como sus espaldas luego de las jornadas de latigazos. Pero sabían que descansar en aquella selva gris representaba morir descuartizados por dientes de perros. Los ladridos empezaban a escucharse.

Había pasado una hora desde que estrangularan a cuatro manos al carcelero y robaran su machete. Creyeron, en vano, que el desgraciado que los obligaba a comer frijoles con gorgojos portaba la llave para zafarlos de las cadenas. Sólo encontraron aquella que los liberaba de la esfera de plomo que contenía las toneladas de un toro. Aun sin poder arrancarse la conexión maldita de la serpiente anillada, se fugaron por el estrecho hueco en el sector oeste de la prisión.

Corrían sincronizados como si fueran dos mitades de una sola persona. Tras cuatro años juntos, el hierro que soldaba sus tobillos se transformó en cordón umbilical. Aquel miserable destino que los unió como hermanos, sin embargo, tuvo distintos orígenes: Rafael era un escritor que había publicado decenas de artículos clandestinos en contra de la dictadura gomecista, mientras que el bandido Juancho había robado y asesinado al dueño de una hacienda. Pero en la huida poco les importaban sus pecados y frustraciones. En cambio, los corazones casi les explotan al oír, junto a los ladridos, el trote de caballos acercándose.

Llegaron a un río y bebieron como si quisieran reventarse el estómago. Jamás en cuatro años habían saciado la sed. Las historias que se contaban sobre sus familias, novias, sueños y fracasos eran lo único que les hacía olvidar la sequedad de sus gargantas y la pestilencia a orín en la celda. Durante las interminables noches en las cuales creían que hasta el sol los había olvidado, Rafael le hablaba a su compañero sobre su anhelo de vivir en un país donde la gente no sintiese terror por decir lo que pensaba. Juancho se burlaba de sus frases politiqueras y siempre le respondía que lo único que él deseaba era no morir de hambre como su mamá. Rafa le prometía que al salir de prisión, luego de que las fuerzas democráticas derrotaran a las tropas del bagre hijoeputa, le daría trabajo en su hacienda como capataz y velaría porque nunca le faltase comida. El hambre esclavizó de nuevo las entrañas de Juancho y aquella promesa retornó a sus pensamientos, después de calmar la sed en el río que debían atravesar para no convertirse en cena de perros.

Al cruzar por las piedras babosas, Rafael se resbaló y los dos cayeron al agua helada. Juancho soltó el machete por reflejo, pero se levantó rápido y lo volvió a agarrar mientras su cuerpo temblaba. Al pisar la tierra seca, Rafa gritó como si le hubiesen apretado el grillete hasta romperle los huesos y cayó al suelo. Una pelota de ligamentos hinchados crecía arriba de su tobillo derecho. Juancho cogió la mano de su amigo y lo ayudó a levantarse. Murmullos de personas se unían al concierto de ladridos y relinchos.

Rafael trató de avanzar pero se derrumbó adolorido encima del monte. Juancho veía, sin parpadear, el tobillo encadenado de su compañero, como si fuera cabeza de cascabel que debía degollar. Los murmullos se convirtieron en voces de los carceleros. Todos los recuerdos, promesas y secretos compartidos con su amigo desaparecieron de la mente de Juancho. Sólo pensaba en la orgásmica libertad. Entonces alzó el machete, pero Rafael agarró veloz con ambas manos la muñeca de su compañero. Así permanecieron por escasos segundos sin mermar sus fuerzas. Rafael quiso por un instante convencerlo de que no lo matara, pero al ver sus ojos de tigre comprendió que ese no era su amigo, sino un animal asesino, carente de piedad como el tirano bagre. Por eso mordió cual lobo hambriento los dedos de Juancho hasta que la cuchilla de acero cayó en la maleza. Ambos se lanzaron sobre ella, sin embargo Rafael la alcanzó primero y la  enterró  hasta  el  fondo de la barriga del antiguo bandolero.

Sombras de perros, caballos y hombres se reflejaban en la escena del crimen. Rafael, inmóvil, veía el cadáver de su otra mitad.