Sombralarga entrevistó a Tomás González, escritor nacido en Medellín en el año de 1950 y considerado, por muchos críticos, como uno de los escritores contemporáneos más importantes. Algunas de sus obras son Primero estaba el mar (1983), Para antes del olvido (1987), La Historia de Horacio (2000), Los caballitos del diablo (2003), Manglares (poemario publicado en 1997 y 2006), Abraham entre bandidos (2010) y La luz difícil (2011). Recientemente, publicó la novelaTemporal (2013).


S: Usted es reconocido como poeta, cuentista y novelista. En una entrevista expresó su intención de probar con el ensayo. ¿A qué se debe este propósito? ¿Por qué optaría por mostrar sus reflexiones de esta manera y no a través de la narrativa (o la poesía)?

T.G: Publiqué algunos ensayos pequeños en revistas, y me quedaron bien, pero no tanto. No son lo mío, los ensayos, no todavía. Me aburro un poco escribiéndolos, y si uno se aburre escribiendo, el lector con toda seguridad se va a aburrir leyendo. Tal vez algún día encuentre el tono y el enfoque apropiados y empiece a disfrutar con el asunto.

• En sus obras narrativas encontramos dos tipos de personaje masculino: el hombre de negocios dedicado a actividades prácticas; y otro que podríamos llamar "intelectual", interesado en sus lecturas más que en los logros materiales. ¿Estas distinciones son intencionales? ¿A qué se deben?

Medellín ha sido conocida desde siempre por el empuje comercial de sus pobladores. Expresado en palabras más sencillas eso quiere decir que son capaces de vender a la mamá si el negocio les cuadra. Y es justo en esa región metalizada donde aparece en su versión más pura el antinegociante. A veces son intelectuales de gran cultura, cuyo refinamiento contrasta notablemente con el medio ambiente. No creo que León de Greiff, para dar un ejemplo, haya hecho muchos negocios en su vida, y, si los hizo, seguramente salió mal parado. Eso lo tendríamos que investigar, claro. A veces los antinegociantes son solamente alcohólicos, o vagos profesionales, sin nada de intelectuales, pero hay muchos que son las tres cosas. En todo caso es un hecho comprobable que cada cierto tiempo, en cada familia, aparece alguno de esos individuos que consideran que los negocios son una soberana m.

• Los matices locales de su obra, que se ha dedicado a explorar la tradición antioqueña, no han sido un inconveniente para la divulgación exitosa de sus libros en otros países. ¿Por qué cree que logra esa universalidad desde lo particular?

“All politics is local” dicen en Estados Unidos, lo cual quiere decir que la política se hace siempre a escala local. Lo mismo pasa con la literatura. La literatura que llamamos Universal es siempre local. Para ser universal tiene que ser local. Piénsese en Tolstoi. O en Los Miserables, de Víctor Hugo. Y esto es así aunque se trate de localidades inventadas por el autor, por ejemplo las poblaciones marcianas de Bradbury. Lo que pasa es que la vida, la manifestación de la vida, es siempre local.

• Sabemos que no comenzó a escribir planeando que su obra constituyera una unidad: la historia de una familia antioqueña durante ciento cinco años (lo que, dicho sea de paso, nos recuerda un poco las obras de Faulkner y de García Márquez). Ahora que es consciente de ella, quisiéramos saber si ¿considera que la unidad está completa o cómo planea continuarla?

Nunca se sabe. Si las novelas que van a aparecer se prestan para ser integradas, las haré parte de ese tejido, y ser consciente del asunto me va a ayudar a hacerlo. Pero la unidad nunca va a estar completa, por más novelas que le agregue, pues la familia sigue siempre, la familia nunca se extingue. Se extingue el apellido paterno, tal vez, pero los genes y sus características genéticas siguen rodando por ahí. Lo del apellido es sólo ruido, una convención vacía.

• Su nueva novela Temporal (2013), ¿hace parte de este rompecabezas?

La novela sucede en Tolú-Coveñas, que fue el territorio de mi infancia, tanto como lo fueron Envigado y Medellín. En ella aparece, como personaje secundario, David, que está en varias de mis otras novelas. Hasta ahí logré integrarla.

• ¿Piensa salirse de esta unidad en algún momento?

Ya lo he hecho. En Abraham entre bandidos, por ejemplo. Y en muchos de mis cuentos.

• La voz de sus personajes es coloquial, verosímil, mientras que la del narrador usa un lenguaje más neutral, sin caer en excesos retóricos. ¿Busca ese equilibrio o se ha dado en medio de la tensión entre las distintas voces?

La voz del narrador debe, en lo posible, ser redactada de forma impecable. En cambio la voz de los personajes no puede ser para nada impecable, pues nadie habla así, sino todo lo contrario. Esa distinción me pareció siempre evidente. Era algo que se caía de su peso, como dicen.

• Usted ha asegurado que entre la publicación de Para antes del olvido (1987) y La historia de Horacio (2000) escribió Los caballitos del diablo, publicada varios años después, en el 2003. ¿A qué se debe este desfase editorial?

Los caballitos del diablo se transformó mucho entre su primera versión y la versión definitiva. La primera estaba llena de rencor y por eso no quise publicarla. Me tomó muchos años librarme de ese rencor y reescribir la novela ya de manera más desapegada e imparcial. Se puede decir que no se trató tanto de una reescritura como de una transformación en mi manera de ver el mundo.

• Parece que últimamente se han difuminado las fronteras entre comedia y tragedia en la literatura. Algunas obras, entre ellas la suya, no pueden encasillarse en ninguno de los dos géneros al punto de parecer una suma de ambos en ocasiones. ¿A qué considera que se debe este fenómeno?

No estoy de acuerdo en que eso está ocurriendo solo recientemente. Lo cómico y lo trágico han aparecido siempre muy cerca lo uno de lo otro y hasta se podría decir que son caras de la misma moneda. La ensartada de Polonio detrás de la cortina, en Hamlet, es un buen ejemplo. Lo trágico tiene siempre un filo cómico, me parece, mientras que aquello que busca ser solamente cómico aburre.

• ¿Cree que todo buen prosista debe ser fundamentalmente un poeta, o viceversa?

Yo prefiero leer narraciones que tengan carga poética, e incluso dejo de darle importancia a la redacción torpe o rústica si la poesía se mantiene. En cambio cosas muy bien escritas me aburren si no tienen poesía. Y fíjate que se pone uno a buscar algún buen escritor que no tenga esa carga poética y cuesta trabajo encontrarlo. Hasta Dashiell Hammett la tiene, y no poca. Pero no sé si el asunto funciona de igual manera en viceversa. Los buenos poetas son un tanto pesados cuando ensayan a escribir narrativa, me parece.