Desde que despertó en aquel glacial translúcidamente violeta, la vida de Casas se había ido en picada. Fue como si de forma literal, todos los aspectos de su vida tuvieran reuniones durante la siesta del mediodía, tan plácida luego de unos espaguetis con albóndigas, y en la tertulia de esa tarde hubieran decidido tirarse en colectivo por un barranco. Era aceptable que a veces, al llegar a casa, cayera en cuenta que había olvidado pasar por el Éxito a comprar una pizza de carnes congelada para la comida, o que en medio de una reunión de personal, su conciencia se sintiera invadida con la certeza de que masturbarse a diario se le había convertido en una adicción y que lo mejor era conseguirse una amiga, novia o... empleada. Pero algo que difería en la totalidad de sus circunstancias era despertarse en la Antártida, durmiendo boca abajo (cuando toda su vida había soñado boca arriba), con el ruido ensordecedor de una tormenta de nieve irrumpiéndole el pensamiento.

Igual no fue el ruido lo que lo sacudió del pesado sueño que embotaba su mente cada vez que se acostaba a reposar el almuerzo, sino la falta de calor en sus extremidades que, en lugar de estar empapadas de sudor bajo el bochornoso sol bumangués, se sentían frescas, como las de quien recién sale de la ducha en una madrugada de la capital. Esta ruptura de su rutina le molestaba, pues Casas no era un hombre de sorpresas ni alguien preparado para abrir los ojos con el cuerpo cubierto por una fina tela de nieve.
Desorientado ante la novedad sin dirección aparente y teniendo en cuenta que por el momento debía acostumbrarse a la nueva situación climática, su opinión acerca del frío todavía estaba siendo sopesada: por un lado, sería bueno estar bien arropado bajo cuatro paredes y un techo, con un café a la mano y un buen disquito de The Cure, pudiendo escuchar la borrasca chocar contra la casa tras las suaves armonías del Disintegration; en el otro extremo, pero con relación al primero, llevaba una hora caminando la blanca planicie y todavía no encontraba un lugar donde resguardarse para pensar de dónde podría sacar el café y la madera para construir una casa. Lo único a su favor fue que recordó haberse quedado dormido escuchando el Victorialand de los Cocteau Twins y por fortuna, pudo comprobar que el reproductor de música reposaba todavía en el bolsillo del pantalón del pijama. Por lo menos, aun despertando postrado en un glaciar, tenía música que lo acompañara en su abandono que, a partir de ese momento, se iniciaba en busca de un resguardo contra el frío o por lo menos una meseta elevada sobre el piso, donde pudiera entregarse al primer descanso en el polo sur y el último de su vida.

Sin noción del tiempo que llevaba caminando, con la cabeza gacha para proteger los ojos del viento, acelerado a velocidades ridículas para la percepción de un santandereano, se detuvo unos minutos y se plantó como un árbol contra la ventisca, tomándose unos segundos para mirar hacia el horizonte y crear un mapa mental que le sirviera como guía. Habiendo divisado a la distancia un paralelepípedo de hielo y roca, se propuso Casas concentrar todas sus fuerzas en el movimiento de los pies, dificultado por la capa de nieve en la que se hundía a cada paso, para resistir lo suficiente hasta llegar a la estructura en la cual esperaba poder encontrar cualquier hendidura donde pasar la noche. Cuando bajaba de nuevo la cabeza para ponerse en marcha pudo ver que, a unos 30 metros de donde estaba parado, algo lanzaba un destello de luz nocturna reflejada en una pequeña superficie de metal. Al acercarse lo suficiente para reconocer el objeto, no pudo contener reírse ante la curiosidad de encontrar allí, en medio de la nada, un silbato de plata.

El pito no servía. Casas sopló con todas sus fuerzas y el objeto no produjo sonido alguno pero, aun así, le pareció que su situación actual mejoraba considerablemente con una distracción inaudible, por inútil que pareciera, y se mantuvo silbando sin resultados aparentes el resto del camino. Con el pito en los labios y el solo de One deslizándose por su cabeza, Casas alcanzó la formación rocosa en hora y media. Además del descubrimiento del silbato, Casas también se había detenido en respuesta a una sensación que ahora le atribuía al agotamiento de su estado mental, pues, si bien lo estremeció la impresión de sentirse observado, como un disparo a la nuca, al revisar sus alrededores vio el mismo escenario desolado que le parecía haber dejado atrás: una ventisca cayendo en patrones de estática de televisión, aparente lluvia de dientes, firme piel de gallina.

Al encontrar una caverna que se abría paso desde una pared hacia las entrañas de la mega estructura natural, se adentró Casas lo suficiente para notar que la temperatura aumentaba a medida que descendía. Sin visibilidad alguna que lo ayudara a guiarse en el lugar donde se detuvo y estando a escasos metros de la entrada, ya sospechaba que las probabilidades de sobrevivir la noche en esas condiciones, estaban en su contra. Sin ganas para continuar una lucha ya salida de sus manos, Casas dejó crecer en su interior una tranquilidad que lo inspiró, mediante la oscuridad subterránea de la guarida y el cansancio de saberse perseguido, a tumbarse en el piso con las rodillas presionadas contra el pecho, aceptando una comodidad que lo transportaba a matices de recuerdos que alguna vez, fueron amparados en esa misma posición. Obligado a dormir en aquel lugar y ya deambulando en las inmediaciones del mundo onírico, fue en ese momento que, guardando la esperanza de poder despertar de nuevo en Bucaramanga, altiplanicie de vida y no de muerte, Casas alcanzó a escuchar allí, haciendo eco contra las paredes del túnel que formaba la cueva, el aullido estremecedor de un lobo -nueva erección de los pelos- y el trote del depredador, que en últimas, ha acorralado a su víctima.