De vez en cuando me suicido

Estoy tranquilo en mi habitación. Imperturbable.

Pero de golpe, sin más,
Tomo la decisión de cortarme las venas
Me cuelgo del techo con una bufanda
o meto a mi boca el frío cañón de un revolver
y cierro los ojos antes de disparar.

Luego, cuando el quemonazo ha pasado
me pongo de pie (o me descuelgo del techo),
voy por unos guantes
y un trapero
                                             para limpiar la escena del crímen.

Así aprendí que
Hace falta mucha agua y jabón de coco
para quitar la sangre del piso.

Por eso prefiero ahorcarme.

El único inconveniente es que deja
una tiesa erección durante
                                             tres días seguidos.


 

Última vuelta

Tres o cuatro días antes de morir
todos los viejos tienen derecho a un retorno.

Unos deciden volver al patio de primaria
donde por primera vez lloraron sus desamores,
donde se iniciaron en el arte de mentir y desviar la mirada.
Otros viajan a la granja familiar
donde las espigas chuzan el pecho del cielo
y los champiñones crecen en la chimenea.

Pasados los tres o cuatro días llega el cartero.
Trae un mensaje cifrado (que no puede leerse porque
en los sueños no sabemos leer porque
ya estamos leyendo en sueños). La solución
del acertijo toma toda la noche:

Deben dirigirse a la estación de tren
o al puerto más cercano, a un lugar
donde la niebla los llevará
al fondo de una maceta, enterrados.
O bajo la almohada de un niño
que allí dejó sus primeras muelas de leche,
aún teñidas de sangre.

Isidoro Galván