Esta mañana llegó una carta de mi amigo Naphtali Kroj, desde Buenos Aires. Le gusta la vida en esa ciudad ajena, grande y seguramente muy extraña. Se ha encontrado con conocidos, gente de nuestro país. Comercian con tabaco u otras cosas y me mandan saludos. No me han olvidado, aunque yo sólo era un chico cuando me separé de ellos y partí al Oeste, a Viena, a donde la familia de mi padre. La gente de mi país tiene buena memoria porque recuerda con el corazón. Yo, en cambio, casi los olvido porque he vivido y vivo todavía en tierras de Europa occidental, donde el corazón no es nada, la cabeza, poco, y el puño, todo.

Quién sabe a dónde me habría dirigido si mi amigo Naphtali Kroj no hubiera tomado también su camino al Oeste. Yo ya estaba a punto de perder el corazón, la nostalgia, el amor y el dolor (que es tan fuerte como la nostalgia, el amor y la muerte juntos). Ya había olvidado a mi país, la pequeña ciudad en Rusia que ya no existe, que murió, cayó en la Gran Guerra como un soldado, como un hombre. ¡Oh, era más que un hombre! Era un vientre fértil desde donde se esparcieron muchos hombres como semillas sobre el ancho campo del mundo.

Esa ciudad no existe ya. Los cañones la acabaron a tiros, los incendios la destruyeron, las botas la pisotearon, y ahora florece el maíz dorado allí donde una vez hubo pequeñas y sucias calles y casas, y el viento libre pasa sobre las plazas y las esquinas de mi niñez. Otras ciudades crecen y se vuelven ricas o, cuando la muerte les es anunciada, mueren lentamente; la muerte las aqueja por cientos o miles de años, pero, a nuestra pequeña ciudad, la segó de golpe del suelo, con una guadaña grande y afilada.

Ahora, ya no nací en ningún lado y no estoy nunca en casa. Es curioso, extraño, y me imagino como un sueño que no tiene raíz ni destino, comienzo ni final, que viene y va y no sabe de dónde, ni hacia dónde. Así son todos mis compatriotas. Viven regados por el ancho, ancho mundo, se aferran a tierras lejanas con raíces débiles, yacen enterrados en tierra ajena, crían niños que no saben en dónde nacieron sus padres y cuyos abuelos son ya un cuento . A veces oigo de ellos. Sé que Surokin, el panadero, administra una pensión en Tokio, está casado con una japonesa y tiene seis hijos, de los cuales dos estudian en algún lugar de Europa. A este panadero, a Surokin, se lo encontró el rico señor Kobritz de una manera curiosa. El señor Kobritz hace negocios con medio mundo. Llegó una vez a Tokio y entró, para calmar su hambre, en una pensión, se sentó en la mesa y recibió el pescado que ordenó. El pescado fue de su total agrado, y pronto comenzó el señor Kobritz a filosofar y planteó su teoría de que el mundo entero era un pueblo, un pueblo grande, y todos los hombres, de la misma naturaleza. Porque, ¿cómo era posible que él recibiera, en Tokio, que está casi en el fin del mundo, un pescado tal y como se lo preparaba en casa su cocinero preferido? El señor Kobritz estaba muy satisfecho con su filosofía cuando el dueño, un japonés de gafas grandes, se acercó a él y le dijo: «¡Buenos días, señor Kobritz!» Así que el mundo no era más que un pueblo grande y todos los hombres conocían al rico señor Kobritz. «¿No me reconoce usted?», preguntó el japonés. «¡No!», dijo el señor Kobritz, «Es la primera vez en mi vida que vengo a Tokio». «Pues yo sí lo reconocí de inmediato», respondió el japonés. «Yo era el panadero Mendel Surokin y desde hace treinta años soy un japonés».

El señor Kobritz llegó a Viena y me contó la historia cual noticia de última hora, y yo se la conté a mi amigo Naphtali, quien ya la riega por Buenos Aires. Así sabemos casi todos lo que le pasa al panadero Mendel Surokin. A mí, sin embargo, me atormenta la curiosidad. Me gustaría saber qué pasó con los otros. Por ejemplo, con el ciego Turek, con Pantalejmon, el enterrador, con Peisach, el sastre, con el doctor Habrich, con Jonathan Brüh y con Mordechai, el escriba. De todos estos hombres me acuerdo perfectamente. Como si estuviera frente a mí veo a Jonathan Brüh, el suabo de la colonia alemana que era un cartero pensionado y solía llevar un morrión , un viejo sable y muchas medallas de lata sobre el pecho. Se creía un príncipe, un gran general emparentado con todos los emperadores y reyes del mundo, y a veces leía en voz alta una carta del emperador de China. «Querido primo», escribía el emperador de China, «me extraña no haber oído de ti desde hace ya mucho. En este mismo correo te envío la última medalla de mi casa. Escríbeme de inmediato si la recibiste. Tu fiel emperador». La carta estaba escrita en un viejo pergamino, en caracteres chinos, así que nadie la podía leer y debíamos confiar en el Amor a la Verdad de Jonathan Brüh.

Aún más importante me sería saber qué ha pasado con Peisach, el sastre, pues era uno de esos sastres sin igual, de los que no se puede encontrar en ninguna otra ciudad del mundo. Llevaba las medidas de todos sus clientes en la cabeza, pues no sabía escribir ni conocía los números. A menudo mirábamos por su ventana, Naphtali Kroj y yo, cuando volvíamos de asar papas en el campo, en las tardes de otoño. Veíamos el resplandor grueso y amarillento de la lámpara sobre la mesa del sastre y lo veíamos a él, pensando, sentado sobre el banco junto a la estufa. Seguro se ocupaba en imaginarse las medidas de sus clientes, en acordarse de sus abdómenes, sus pechos y sus muslos. Cuando tomaba las tijeras, las tallas se presentaban vivas ante él y no se le hacía difícil medir correctamente los abrigos, los pantalones o los chalecos. Pero, a veces, se equivocaba al cortar algo y entonces le quedaba suficiente tela para un traje propio, pues estaba bien (y era barato) si un sastre que tenía en la cabeza las medidas de todos sus clientes, guardaba un poco de tela para su pobre, flaco y frío cuerpo.

 

Grabado de Paula Sánchez

¿Qué hay del sastre? Su hijo -eso lo sé- vive hace muchos años en América y también es sastre. Siempre escribe que tiene un salón de modas. Puede ser que haya invitado a su padre a América y que el sastre Peisach esté sentado en un rincón del salón de modas, viejo y miope, y que todavía no sepa escribir.

Mordechai, el escriba, no tenía hijos. Creo que murió solo. Era viudo y profesor de escritura, y siempre llevaba consigo tintero y pluma cuando iba a donde sus estudiantes. Pero sus maletines siempre estaban rotos, y su mujer, muerta; nadie podía remendar sus maletines. Por eso siempre llevaba un sombrero de copa en la cabeza. Allí traía sus cosas para escribir. Pero como consecuencia de esto, no podía saludar. Le bastaba con posar un dedo sobre el ala del sombrero, ese era su saludo. Sólo a una persona no podía saludar así y esta persona era el alcalde, así que siempre lo evitaba y, cuando llegaba a una esquina, se quedaba allí un largo rato y esperaba disimuladamente hasta que se convencía de que el alcalde no venía por allí.

El doctor Habrich era un médico que tenía más interés por cualquier otra cosa en el mundo, menos por enfermos y enfermedades. Había estudiado medicina en Viena y habría sido fácilmente un médico reconocido en alguna gran ciudad. Pero inmediatamente después de terminar con sus estudios murió su padre. El doctor Habrich no tenía dinero y volvió a casa aunque su profesor le hubiera dicho que podrían necesitarse hombres talentosos en Europa occidental. En nuestra ciudad no había enfermedades particulares. Se tenía una hernia en la ingle o gripa o dolor de estómago, uno se rompía una pierna o algún campesino se cortaba con la guadaña. No eran enfermedades para un médico talentoso y con ambiciones. El doctor Habrich siempre esperó que cada nuevo paciente ofreciera algún difícil mal, pero entonces sólo se trataba de una hernia en la ingle o de una gripa o de un parto lento. Así que el doctor Habrich renunció a escribir fórmulas y cuando se le llamaba, no acudía y daba todas las órdenes sin haber visto al paciente. Luego llegó un nuevo médico, un joven que entendía su ocupación y que trataba de tal manera una gripa, que de ella podría resultar una neumonía. En ese entonces comenzaron a morir muchas personas y el joven doctor fue llamado aquí y allá, y al doctor Habrich no lo llamó nadie más.

A veces se sentaba en la taberna a la que nos gustaba ir a Naphtali y a mí. Allí estaban Pantalejmon, el enterrador, y el ciego Josef Turek; bebían y conversaban. Pantalejmon había bajado a un suicida de un árbol, se había quedado con la soga y buscaba un comprador. Las vacas de alguien que poseyera la soga de un colgado daban mucha leche, sus caballos ganaban, en sus campos crecía exuberante el trigo y ningún hechizo malvado podía afectarlo. Una soga así valía, entre amigos, dos gallinas o por lo menos dos cartones de huevos . Dinero no necesitaba Pantalejmon. Quien ha sido enterrador toda su vida, quien ve cómo incluso los ricos deben dejar atrás sus dos grandes habitaciones y su cocina y su bolsa de dinero bajo la almohada; quien ha visto eso por lo menos cien veces, no necesita dinero. Los gusanos, los gusanos, dice Pantalejmon cada vez que ve una rica procesión de bodas. Siempre piensa en los gusanos.

Pero ahora está bien la soga. ¿Quién podría conseguirnos un comprador? ¿Quién conoce las necesidades de todas las casas? ¿Quién va a todos lados? ¿Quién lo ve todo? El ciego Josef Turek, el Bürstenbinder que aprendió su oficio en la escuela para ciegos de la gran ciudad y siempre habla sobre la belleza de esa ciudad como si la hubiera visitado a la perfección. La conoció mejor que cualquiera que pudiera ver. Porque es ciego.

«¡Yo no le vendería la soga sólo a una persona!», dice Josef Turek.

«¡Estúpido!», responde Pantalejmon, «¡pero si es una sola soga!»

«¡Estúpido!», responde Pantalejmon, «¡pero si es una sola soga!»

«¡Pues el estúpido eres tú!», dice Turek. «De una soga se pueden hacer muchos pedazos. Y a cambio de cada pedazo consigues una gallina y vendes los pedazos durante toda tu vida».

«Creo», replicó Pantalejmon, «si no me equivoco mucho, que estoy entre los sesenta y los cincuenta y cinco. Y quiero vivir cien años. ¿Cuántos años me quedan?»

«¡Cuarenta o treinta y cinco!»

«¿¡Ves!? ¡Tan larga no es la soga como para poder venderla por cuarenta años!»

«¡Pero no tiene que ser la misma soga! Cortas una igual en pedazos cuando se te acabe la primera»

«¡Una cuerda con la que nadie se ha colgado no trae nada de suerte!», dijo Pantalejmon.

«¡Todas las sogas traen suerte!», responde Josef Turek. Y tiene razón.

Esa clase de conversaciones se podían oír de noche en la taberna. Yo tomaba aguardiente, aunque no tenía ni diez años, pero Naphtali Kroj (que era ocho años mayor) me había honrado con su amistad, así que tenía que hacerme el grande y tomar aguardiente. No sabía tan mal.

Sabía incluso bastante bien y me mantenía en vida cuando volvía cansado y congelado de asar papas. Salíamos de mañana. La niebla yacía todavía sobre la tierra y sobre la madrugada de otoño que parecía un anciano envuelto en abrigos, sordo y silencioso. Las cornejas se sentaban, calladas, por largos, largos minutos sobre las ramas temblorosas, de modo que uno creía que eran los grandes y tristes frutos del otoño que habían brotado del árbol. Volaban por el aire cuando prendíamos fuego y el humo subía. Éramos los enemigos de las cornejas. A veces les tirábamos piedras. A veces caía alguna ensordecida, la tomábamos en las manos y nos asustábamos siempre frente al filo redondo de su pico, que era como un pequeño sable. Los sauces despedían un olor mojado y aturdidor, olía a moho y a descomposición. Por entre las suelas de nuestras botas penetraba la humedad en nuestros cuerpos, movíamos los brazos hasta calentarnos, zapateábamos en la maleza de los campos y exhalábamos en nuestras manos ahuecadas. En el borde del bosque se mostraban los animales solitarios, rápidos y acechantes. Los escarabajos, cansados y atrasados, se deslizaban negros y brillantes por los surcos en la tierra, como vivos pedazos de carbón. Las nubes estaban en el cielo como una maldición cercana que aún no se cumplía. Ya en la tarde comenzó el horizonte en el oeste a enrojecerse por el sol que todavía no se veía. No lo habíamos visto en la mañana, cuando salió, ni al medio día, en la abundancia de su brillo; sólo veíamos ahora sus últimas estribaciones, sus rayos y su rojo y doloroso reflejo en las nubes de la tarde. El viento se puso en puntas de pie y comenzó su caminata nocturna. Al mismo tiempo destellaron un par de luces amarillas sobre las cabañas distantes, como si él las hubiera encendido. Naphtali silbó la canción del molinero cuya rueda gira, cuyos años pasan. En nuestra pequeña estela de humo reconocimos que el viento había cambiado de dirección: ayer todavía venía del norte, hoy ya lo hacía del noroeste y en pocos días deberían llegar las primeras nieves. Ya ansiaba yo sus pequeños, afilados, duros copos y el rigor con que golpea, reconfortante, en el rostro. El olor de nuestras papas asándose nos rodeaba como una patria. Las cornejas ya se habían acostumbrado al humo y volvían a las ramas y batían sus alas de vez en cuando, sin moverse, quizá sólo para asustarnos o quizá porque ellas mismas estaban asustadas. Y el alto, espigado, rollizo y flaco Naphtali Kroj se fue a casa con largos pasos. Y tras él corría yo y no podía alcanzarlo. Diez minutos después que él llegué a la ciudad. Él estaba parado frente a la taberna y esperaba.

Fue el otoño más triste de mi vida, aquél otoño en el que Naphtali Kroj llegó a Viena. La guerra y la revolución ya habían pasado, y los hombres temblaban todavía, aunque la tormenta que los había sacudido ya se había marchado. Yo era un pobre diablo, no poseía nada más que mi morral. En el morral estaba mi abrigo. A un desagradable favor le debo las botas que por entonces llevaba. Eran botas de charol. Mi bienhechor podría estar extrañando esas mismas botas. El charol se había despegado y a través de las delgadas suelas entraba la humedad de todo el mojado y otoñal mundo. Cuando las limpiaba del barro de la calle, brillaban como si estuvieran mojadas. Fueron un regalo tormentoso.

Entonces llegó Naphtali Kroj al Oeste, producto de la limpieza, con todos los hombres del Este. Llegó con los pobres, con los exiliados, con los prisioneros de guerra. Era pobre, yo también era pobre, juntos éramos más pobres que cada quien por separado. Pero éramos amigos y la amistad es una gran riqueza.

Si Naphtali hubiera tenido un oficio decente, todo habría sido sólo la mitad de difícil. Pero era sólo un cochero. Con veinte años se había casado con una viuda, una viuda con dos hijos a medio crecer. Cuarenta años tenía la viuda, y un coche con un caballo. Su marido, el cochero, era un vago y había muerto en la locura. El caballo se quedó relinchando en un establo pequeño y el coche esperaba en el patio, con los vidrios de las ventanas rotos, salpicado de barro gris y con el pértigo triste e inútil, inclinado melancólicamente al suelo. A Naphtali esta imagen le rompió el corazón. Cada día miraba hacia la granja y hacia el establo hasta que un día, resuelto, amarró al caballo al frente del coche, subió por la calle y trotó hacia la estación. Los clientes llegaron. Naphtali tuvo suerte. Se quedó en esa calle. Todos los días, cuando llegaban los trenes, conducía hasta la estación. Se casó con el coche, con la viuda y con sus dos hijos. Los austríacos ocuparon la ciudad durante la guerra. Se llevaron la carreta, el caballo y a Naphtali Kroj. El caballo murió en el campo, la viuda murió en casa. Los hijos fallecieron de tifus. El coche lo dejaron por ahí. Sólo Naphtali estaba a salvo. Vino a Viena.

Por el camino encontró la oportunidad de apuñalar a un húngaro que quería quitarle sus nuevas botas amarillas.



Traducción de Jose Castellanos