En el fondo puse luz. Entrevista a Melba Rippe

Por: Camila Restrepo y Jonathan Beltrán

Arte por: Melba Rippe

La artista Melba Rippe nos acerca a su obra contándonos la historia de sus intereses, los acontecimientos significativos que han marcado sus cuadros y sus estrictas posturas frente al comercio del arte.

 

 

Como te decía, empezó estando en Perú. De pronto, volteé a mirar un cuadro que había con unos arabescos, sin nada atrás y dije ¿esto qué es? Me propuse experimentar, conseguí un pedazo de tela y empecé a hacer eso… y he se seguido. Lo he trabajado con los niños también. Con niñas del colegio Marymount, donde hicimos tapices. También, cuando estuve en el colegio Duque de Windsor, con los niños hicimos cuadros y tapices. Fue una experiencia bellísima porque había un chico que tenía síndrome de down y el cuadro más hermoso lo hizo él. Fue una belleza, hizo un sembrado de lechugas y era otro punto de vista para las cosas, para el arte, muy lindo. Ahora trabajo en el Helvetia con los chiquitos en pintura al óleo. Es una experiencia linda porque los pequeños siempre están dispuestos a explorar, todo les maravilla, todo lo están preguntando. Es más laborioso, pero a mí me gusta más.

Tú hacías los materiales, ahora los compras, pero ¿tienes la idea siempre antes de ir a comprarlos, ya tienes el cuadro montado en la cabeza?— Ah sí, siempre hago un boceto pequeño y lo coloreo. Luego, ese boceto lo amplío, después lo paso a la tela y sobre ella empiezo a trabajar la combinación de colores. —Porque a mí me llamaba la atención tu dominio del color a pesar de las limitaciones que da el material, que tiene que teñirse—. El manejo del color es experiencia. Es algo que tu descubres a medida que vas trabajando, es algo claro. Es el momento en que ya lo manejas: sabes que esto combina con esto, sabes cuándo una cosa resulta pesada, cuándo hay armonía, cuándo hay ritmo—. ¿Y qué relación encuentras entre estos tejidos y la pintura? En relación al color pero también a la técnica, al hacer.

 

 

 

Si tú te acercas a un cuadro, de cerca, ves un montón de lanas, pero cuando te alejas ves. Todo se arma, como en un cuadro impresionista. Si te acercas a un cuadro impresionista solo ves un montón de manchas, pero cuando te alejas inmediatamente todo cobra armonía. —Es que otra cosa muy interesante es el volumen de los cuadros, que están como por fuera del marco. Como además son casi siempre de tema paisajístico, eso se mezcla muy bien, el hecho de que sean manchas o grandes extensiones de color y el que se estén como saliendo del cuadro—. Si tú ves lo primero que yo te mostré, ves que es absolutamente plano. Lo único que tiene de volumen es que las trenzas de la muñeca salen, y eso ha sido todo un proceso. Los últimos tienen más espontaneidad y conocimiento de lo que la lana te puede aportar, de lo que se puede hacer.

Y los temas: ¿son ideas recurrentes tuyas o son ciertas figuras que se llevan muy bien con la técnica? Porque hay muchos paisajes y un interés muy vivo por lo andino y ciertos elementos criollos e indígenas—. A ver, yo todos los días salgo a caminar a la montaña y todos los días hay un paisaje diferente: el amanecer es diferente, el clima es diferente. Es muy lindo porque yo veo algo e inmediatamente llego y anoto “Cielo oscuro…” hago un boceto y digo: “las montañas van en negro, las siguientes en azul oscuro” y hago un boceto rápido. También miro otras cosas, otras ideas, los libros impresionistas, a ver qué me pueden aportar. Sobre eso, elaboro un cuadro. Me fascinan los paisajes, las flores, y he hecho unos árboles en los que el resultado ha sido sorprendente; es decir, lo que yo esperaba producir no esperaba que fuera tan intenso y hermoso. Una vez, por ejemplo, unas personas me encargaron un cuadro. Ellos me dijeron que querían un otoño y yo hice un cuadro lleno de árboles en otoño, con naranjas, con ocres y amarillos, muy lindo, y en la parte del fondo puse luz. Cuando estas personas vinieron a recoger su cuadro la luz acá estaba apagada, ellos vinieron como a las seis de la tarde, y el cuadro estaba recostado en la parte de atrás. Cuando llegaron y vieron el cuadro, con la luz apagada, la señora se puso a llorar: se emocionó muchísimo y se puso a llorar. ¡Y no lo había visto con la luz prendida! Con la luz apagada parecía como que tú te podías meter dentro del bosque, dentro de los árboles. Cuando yo prendí la luz, salieron todos los árboles y lo demás. Fue una belleza. Además, me emocionó muchísimo ver a la señora, que se le salieron las lágrimas y me dijo: yo no pensé que iba a ser tan hermoso. En este momento, ellos tienen el cuadro en su casa en un sitio muy especial, y además me han comprado como cinco más. Les hice uno que era como si yo estuviera parada en una montaña llena de árboles mirando al fondo un arco iris: se ve el arco iris saliendo sobre el infinito.

Las cosas se van dando solas. Llevo mucho tiempo en esto, más o menos treinta años. Andrés, mi hijo, estaba pequeño y yo ya estaba trabajando. Nosotros fuimos a Perú cuando él tenía tres años y yo vi esto y empecé a trabajar. Así ha sido más o menos el proceso. Es disciplina. Por ejemplo, trato todos los días de subir a la montaña y camino una hora. A mis vecinos les da risa porque saben que a las seis y media yo paso. Ellos me ven pasar. Yo pienso que todas estas cosas son disciplina y estar trabajando en eso. —Entonces, tanto los temas como la técnica tienen un componente muy fuerte de experiencia. Has mencionado varias veces el viaje a Perú, parece que ese viaje fue muy importante, qué te despertó—. Yo te cuento una historia. Yo me casé con un médico que siempre estuvo pensado en prestar un servicio a la comunidad. Antes de casarnos Jose me dijo a mí: yo quiero que tú sepas que te vas a casar con un médico pobre. Nosotros no vamos a hacer plata porque yo quiero prestar un servicio a la comunidad y voy a trabajar siempre con la gente que necesite más mi servicio. Jose jamás cobró una consulta, nunca. Siempre trabajó con el gobierno y todo eso. Recién casados nos fuimos a vivir a la Sierra Nevada de Santa Marta, donde estuvimos viviendo tres años con los indígenas arhuacos, los arzarios y los koguis. Vivimos en San Francisco de la Sierra, Jose trabajaba con el Instituto Colombiano de Antropología y con Colcultura, ellos financiaban el proyecto. Éramos varias personas, como cuatro médicos, dos sociólogos. Yo, que era la esposa del doctor Acosta, iba contratada como enfermera, pero realmente a mí me pagaban mis pasajes, me daban todo menos un salario. Esa fue una de las condiciones que puso Jose, que iba conmigo… La experiencia en la Sierra fue impresionante, me marcó muchísimo. Compartí con las indígenas su trabajo manual, pues ellas todo el tiempo están tejiendo. Los hombres hacen las mantas y los vestidos. Las mujeres hacen las mochilas y los chumbes, esas cositas. Nunca fui capaz de hacer una mochila… solamente hay una que intenté hacer pero nunca la terminé. La intenté hacer con ellas, que me iban orientando. Se llamaba El camino del caballo.

Tú la vez que tiene como un camino... No terminé porque después nos vinimos y no continué con eso. Es difícil, no creas que fue fácil hacer esto. Fue la experiencia con ellos, la vivencia con ellos. Su filosofía, su manera de ver la vida. Para ellos la montaña es el dios y allá hacen todos sus rituales y sus cosas. Fueron tres años, recién casados. Nosotros nos fuimos a territorios nacionales a hacer el rural, nos vinimos a los tres meses porque fue terrible. De ahí nos fuimos para la loma de Gonzáles en el sur del Cesar, haciendo el año rural de Jose. Cuando llegamos a Bogotá, le hicieron la oferta de irse a la Sierra y a los ocho días ya estábamos montados. Fue la época más feliz de mi vida. Además de trabajar en docencia, que ya llevo muchos años.

—Melba, ¿cómo es tu relación con las galerías de arte o las personas que eventualmente compran lo que tú haces porque lo admiran y lo quieren tener en sus casas?— A mí todo eso de ir a las galerías no me motiva mucho. Primero, porque siempre la galería quiere obtener sobre tu cuadro un porcentaje mucho mayor que el que te va a dar a ti, es un medio muy comercial. Hay gente que ha despreciado mis cosas porque no son cuadros pintados al óleo, aunque yo les digo ¡Son cuadros pintados, pero con lanas! Hay galerías donde no los han recibido porque dicen que tiene que ser todo pintura. Entonces, en general, mis conexiones han sido directamente con gente que ve mi trabajo, que le gusta, que lo respeta y me ofrece: oye, vamos a hacer una exposición, me encantaría que tus cosas estuvieran ahí, entonces yo me apunto. Las cosas que yo he vendido han sido a gente que realmente le gusta y lo aprecia. Porque ha habido gente que es comerciante de cosas y quiere aprovecharse de ti, darte un precio irrisorio sin respetar que es un trabajo laborioso, que es una obra única: porque si yo quiero repetir este cuadro nunca voy a encontrar las lanas iguales o la disposición no va a ser igual; y hay mucha gente que no respeta eso, es irreverente y quiere todo regalado. Las galerías tienen ese problema.

Las galerías de los pueblos no, porque tú te mezclas con el artesano, con el tipo que hace los saquitos o la señora que teje sus vaquitas y sus cosas, eso es muy lindo y da otro punto de vista. Generalmente, cuando yo voy a las galerías de los pueblos es mucho más enriquecedor y mucho más espontáneo, más natural. Tú pones tus cuadros sin que nadie te diga aquí va esto, todo puede estar revuelto con todo: o a veces me ha tocado exponer con gente que trabaja también cosas de lana.

—¿Más o menos cuánto tiempo te demoras haciendo uno de tus cuadros?— No te puedo decir. Hay cuadros en los que me demoro dos semanas, hay cuadros en los que me demoro un mes. A mí no me gusta sentirme obligada a que “hoy tengo que hacer”, no. Me siento a trabajar y cuando todo está ahí con esas ganas de producir y de hacer cosas entonces es rapidísimo y produzco muchas cosas, pero no tengo un tiempo. Yo puedo demorarme en un cuadro dos meses, como me puedo demorar un mes. Eso depende de mi estado de ánimo, de las cosas que tenga que hacer. —¿Es ese tiempo y esa experiencia lo que le da al cuadro un valor espiritual muy particular? ¿Por eso es que tú no admites que sea una galería la que comercie con eso de cualquier manera o trace las líneas entre lo que es arte y lo que es artesanía?— Sí, siempre trato de ser honesta en mi trabajo. Cuando hago un cuadro trato de dar lo mejor de mí, y lo disfruto cantidades, me encanta. El resultado, la mayoría de las veces me gusta. Hay veces que no, que no me gusta. —¿Y qué haces con esos que no te gustan, los desechas y vuelves a empezar?— No, yo siempre pido opinión a mi familia y hay cuadros que a mí no me gustan pero a ellos les encantan. Además, ¡los cuadros que menos me han gustado, son los que mejor me han pagado!