Es mediodía. Caminas por Eight Avenue y los rascacielos te ahogan. Siempre que recuerdas a Stevie, un calor insoportable te posee: necesitas buscarlo una vez más. (Lo miras con un ramo de rosas blancas; le hablas, pero nunca te responde). Llegas a Green Ville, sobre la esquina de Baskin’s, y bajas por Ninth Street hacia los suburbios. Te detiene un semáforo. Miras más arriba y ahí: un cuerpo, enorme como una franja, atraviesa la calle por el cielo, trazando en el suelo su sombra de cemento. Intentas entender, mas, el día ha sido lo suficientemente arduo como para pensar en esas cosas.

El semáforo cambia. Un río de gente se desata. Cruzas el puente empedrado como puedes y, entonces, te encuentras con tu barrio. Triste, viejo. Antes de entrar en el edificio, haces sonar las llaves, demasiado grandes para tus deditos de mesera. En el ascensor, presionas el botón que te lleva al noveno piso; luego, abres tu puerta, la 9009. Dentro suena Desert Rose de Sting, y Stevie, que desde hace meses no tiene trabajo, te cocina los últimos raviolis. Vas a su encuentro. Te saluda con un beso cariñoso. Hace lo que puede. El amor cada vez hace lo que puede.

—Cariño, ¿has notado que en verano Leeveland se llena de gente? —le dices, con la cara brillante y la mirada perdida.

—Por qué dices eso -te responde Stevie, como buscándote con su voz.

(¡Al fin te habla, qué indescriptible alegría!)

—Pensé que lo sabías… —afirmas, y te diriges al cuarto, aún con las llaves en la mano.

Para ti, el amor es como este encantamiento: una frágil pompa de jabón.

—¿Qué te sucede, cariño? —continúa Stevie—. Debes comer, para que llegues con tiempo al café.

—No me siento bien, Stevie —respondes, volviéndote hacia él—. Tener que caminar todos los días... tanta gente que lidiar… Y tú no estás...

—Lo sé, cariño…

—No lo sabes —interrumpes—. Te fuiste y no volviste… Yo te busco, cada minuto…

Cierras los ojos. Sientes que un viento frío se filtra por los resquicios de las ventanas, por debajo de la puerta; repta sobre el piso de mármol, sube por las paredes, congela la gota de agua que cuelga de la llave del lavaplatos y alarga la tarde en tu pequeño apartamento.

Abres los ojos. Stevie no está. Corres tras el rastro de pétalos blancos hasta que te ves caer por el puente. Para el gentío eres un jirón de cabello, un pedazo de algo que aletea entre resplandores.