La rebelión

Nunca se escribió lo suficiente ni se ahondó el pensamiento sobre esa tendencia a la humanización que se revela en las cosas. Las nueves, una mancha en el cielo raso, la disposición de un hueco en la espesura, qué sé yo, son nuncios de las apariciones más espectaculares, vehículos de las más asombrosas llamadas de gentes desconocidas que nos paralizan con su presencia. Y en el mundo de estos fantasmas, ninguno tan singular como el de las sombras. Las hay de todo tamaño y forma, como flores de la piedra y el árbol o repeticiones en papel carbón de los pobres mortales. Yo, que las he vigilado de cerca, en los caminos y en las encrucijadas, bajo los rosales o en las avenidas, bailando su ballet al compás de la danza del cielo, apenas si llegué a comprender algunas de sus extraordinarias manifestaciones. Por mucho tiempo fueron ellas mis más cercanos familiares y estoy seguro de que, en el fondo, nos unía un mutuo cariño.

Pero aquella ocasión, un raro miedo me sobrecogió desde que las vi. Algo inexplicable pasaba en ellas. El caso fue que las sombras de las ropas, pegadas a la pared, producían un temor secreto, como entes estrafalarios que iban cambiando de expresión, alargándose o achicándose y recortando sus perfiles en forma de caras monstruosas, de largas narices u ojos sorpresivos que me miraban con aterradora fijeza. Y este fue sólo el principio de una zarabanda fenomenal. Las sombras de los asientos andaban a cuatro patas por el cuarto. La que hacía mi abrigo colgante tenía la facha de un ahorcado. Y bajo la cómoda, su sombra, como un molusco, como un animal gelatinoso, se hamacaba colgada de sus cuatro tentáculos.

Notábase en ellas el deliberado propósito de infundirme terror, y a poco consiguieron lo que querían, porque yo hube de salir atropelladamente, como el sonámbulo perseguido por una muchedumbre de gentes de sueño.

Pero yo no soñaba. En la atmósfera flotaba algo inusitado, sutil como el sereno o el hidrógeno. A mi lado pasaban gentes. Y grupos de sombras igual a gentes vistas en un espejo turbio.

Me interné por una calle en penumbra. Mi sombra marchaba resbalándose por el muro, de pie, tan alta como yo. Era la confabulación de la hora. De improviso se detuvo, o para ser más verídico, me detuvo. Una tribu de minutos atravesó la noche con los punteros al hombro. Sobresaltado volví la vista, exclamando:

—¡Eh!, ¿qué hace usted?

La sombra, la sombra en persona, había metido las manos en mis bolsillos. Agarrándose de ellos, como de un trapecio, se puso a ejecutar un pausado ejercicio de flexiones. Oí un lejano traquido de huesos.

—¿Qué hace usted? —torné a gritarle. Y mi voz, en contraste con el misterio, me infundió un tremendo pavor. La sombra seguía su gimnasia macabra, hasta que con visible esfuerzo y estirándose mucho se me arrancó de los pies, causándome un pequeño dolor al arrancarse.

—¡Por fin! —exclamó. Y emitió un hondo suspiro—. ¡Por fin he logrado mi liberación! ¡Ah, los hombres! No vieron que las sombras somos esclavas suyas, dóciles, amarradas a sus pies. No lo vieron los que se emborrachan, trastabillan y caen, zarandeándolas, maltratándolas, aporreándolas contra los muros. No lo vio nadie, y ahora… ¡ah!, ahora las sombras están derechas y corren por el mundo. ¡Es la invasión de los antípodas!—. Y mientras me espetaba este discurso, cambiaba de colores, del rojo al verde al amarillo al azul, como un camaleón iracundo. Gesticulaba como un borracho. Parecía de papel, temblorosa y débil, y estoy seguro de que un leve viento se la habría llevado por los espacios ilímites. Me volvió olímpicamente la espalda. Pero luego giró hacia mí, y cambiando de expresión, me dijo con toda claridad estas palabras:

—Tú amas un pequeño recuerdo. Era de noche. En una fragua del camino, roja, un pequeño herrero trabajaba acompañado de su gran sombra. Los dos observamos desde la puerta. Y porque tú amas ese recuerdo, y porque lo tienes como una pura emoción de aquel tiempo, yo ahora te perdono.

Sonrió amablemente la sombra, mostrándome una bella dentadura. Luego, sin decir una sílaba más, se fue, untada a la pared, moviendo los brazos y las piernas, como un exótico polichinela.

 

 

Los dos gatos

El gato y su sombra. Son dos gatos —pero en la realidad no es más que uno. Esto me explica la divinidad. La sombra es un gato más enigmático. Es más gato. Así debieran ser todos los gatos. Untados a la pared. Sería bello verlos andar. Entonces tampoco podría dejar un gato arqueado de señal hasta donde he leído. Pero podría detenerlo en la pared y fijarle debajo un pequeño tomito de almanaque. Un almanaque es un pequeño tratado de filosofía. He intentado hacer una definición. ¡Es tan peligroso! Pero —afortunadamente para mí— el gato ha desbaratado mis ideas —de un salto— y se ha echado en la poltrona —sobre su sombra.

De un envoltorio de piel —que parece como si una mujer lo hubiera dejado sobre la poltrona— sube una musiquilla constipada.

Ahora ha quedado en silencio. He visto la musiquilla desteñirse en el aire como un color.

 

 

Teoría de los objetos

Plática en el café 

Como veis esto es un taco y esto una bola de billar. Dos cosas distintas —¿verdad? Pues bien. Os digo que son iguales. La bola de billar es un taco estancado y el taco es una bola que ha hallado continuidad. Si por hipótesis dáis ductilidad a la bola de billar y la estiráis, la estiráis, notaréis sorprendidos que la bola era un taco. Y si hacéis lo mismo con el taco —en sentido contrario— veréis como el taco era una bola de billar. Todos los objetos están en potencia a su forma contraria.

Cuando yo voy por la calle vigilo siempre mi bastón porque me da miedo que de golpe pierda su continuidad y se vuelva una bola.

Pero sobre todo tened presente esto – de donde se deriva lo que habéis oído. La línea es una circunferencia desinflada. Y la circunferencia es una recta que ha hecho panza.

 

 

Tomado de: Luis Vidales, "Suenan timbres", Biblioteca Colombiana de Cultura, Bogotá, 1976.