Algunos apuntes sobre la nueva literatura colombiana

Por: Sebastián Pineda Buitrago

Arte por: Archivo Sombralarga

*Especial para Sombralarga.

Pedro Henríquez Ureña le aconsejaba a Alfonso Reyes, en una carta de juventud, comprar ensayos en lugar de novelas. El consejo lo apliqué en la pasada Feria del Libro de Bogotá, y mi bolsillo de estudiante me lo agradeció (por lo general, las nuevas novelas son más caras que los nuevos ensayos). En lugar de pasearme por el pabellón de las editoriales más comerciales, subí al segundo piso, al pabellón de editoriales universitarias, y conseguí un interesante libro de ensayos: Satura, la colección de artículos que para El Malpensante escribió Jaime Alberto Vélez (1950-2003). 

La novedad de los libros de ensayos no constituye en sí un rasgo de éxito comercial ni mucho menos intelectual. A fuerza tienen que leerse y subrayarse para percibir su calidad intrínseca. Y ello requiere de tiempo. Estos artículos de Jaime Alberto Vélez fueron escritos entre 1998 y 2003, y no han perdido nada de vigencia. De Satura he subrayado todo un párrafo del artículo titulado “El fuego lector”. A partir de un aforismo de Oscar Wilde, Vélez planteó que la labor de los expertos en literatura, antes que recomendar libros, debería consistir en señalar lo que no se debe leer. Genial. Me pregunto entonces si no deberíamos escoger, en favor de las generaciones futuras y de nuestro bolsillo, las peores novelas colombianas publicadas en los últimos años. Pero esta actividad crítica que con tanta saña y profesionalismo se practica en privado, al decir del ensayo de Vélez, “no suele aparecer en público por la sencilla razón de que muchos escritores temen desencadenar sobre su obra una actitud semejante por parte de sus colegas”.

Tampoco Vélez compiló una lista por el estilo. No aterrizó en títulos o nombres concretos sus vuelos críticos. No mencionó a qué novelistas colombianos se refería cuando reprochaba los vicios literarios de nuestra novelística nacional: la mala prosa de muchos por un desconocimiento de la poesía; la impudicia del “yo” por falta de ideas; el malabarismo verbal; la “histeria erudita” para no ser tomados por incultos, etcétera, etcétera. A lo máximo que se atrevió fue a preguntarse, en su artículo “El escalafón de escritores nacionales” (1999), quién sería, después de García Márquez, el gran escritor colombiano. Nunca nos dijo quién.

II

Novela viene, en esencia, de novedad. Las editoriales más comerciales apuestan siempre por esté genero, prescindiendo aun del cuento o del relato breve y, desde luego, del ensayo y del poemario. Cada Feria del Libro vemos varios best-sellers, y un buen ejercicio sería preguntarnos cuáles, de las últimas novelas colombianas de los últimos cinco años, ha sido exitosa tanto en ventas y reediciones como en acertados comentarios críticos. A quienes se quejan de que no haya crítica, conviene recordarles que primero debería haber buena literatura que la suscite.

El último gran best-seller colombiano, exitoso en ventas y comentarios de alto nivel, fue El olvido que seremos (2006), de Héctor Abad Faciolince. Se vendió como novela, pero se trata más bien de una autobiografía narrativa, es decir, de narrativa non-fiction. Yo, en su momento, comenté el libro elogiosamente. Pero, presto a la relectura, ahora se me cae de las manos: veo manchas en su redacción (mal uso de pronombres, prosa a ratos desmañada) y cierta superficialidad. Acaso un ejercicio parecido debería hacerse con Los ejércitos de Evelio Rosero (2007), o La luz difícil (2012) de Tomás González –aclarando que este último ya tiene una novela clásica y con varias reediciones: Primero estaba el mar (1983).

Juan Gabriel Vásquez ganó en 2011, con El ruido de las cosas al caer, el Premio Alfaguara de novela. He sorbido algunas páginas, y me he quedado siempre sorprendido de mi incapacidad para que me seduzcan sus largos párrafos, su redacción a ratos notarial. Acaso se deba a su poca rigurosidad para referenciar la realidad, es decir, para que sus descripciones nos remitan a algún recuerdo, nos sean vívidas. Su novela ganadora arranca hablando del hipopótamo muerto en el zoológico de Pablo Escobar, y de que él (el narrador) estaba —cito— “[…] en mi apartamento de Bogotá, unos doscientos cincuenta kilómetros al sur, cuando vi la imagen por primera vez, impresa a media página en una revista importante.” No: Bogotá no queda al sur sino al sur-oriente de la Hacienda Nápoles, como se llamaba el “zoológico” de Pablo Escobar. ¿Cuál es la revista importante en donde vio la imagen del hipopótamo? ¿Semana? La vaguedad de estas referencias, por miedo a parecer demasiado localista, hacen que su novela parezca narrada por un cronista inglés o francés, o como si escribiera en traducido. Estos detalles bastaron para que dejara caer de mis manos, valga la redundancia, El ruido de las cosas al caer.

III

Las grandes editoriales, al lanzar una nueva novela, recurren a mecanismos comerciales ajenos a la crítica literaria, no sólo saturando de publicidad nuestra escasa prensa cultural, sino exigiendo —a veces no tan sutilmente— que las entrevistas y reseñas sean elogiosas, especialmente si se publican en medios de alta circulación. Lo vi reflejado en la entrevista que el buen periodista Carlos Restrepo, de El Tiempo, le realizó el 5 de mayo de 2014 a Juan Esteban Constaín a propósito de su última novela El hombre que no fue jueves. Carlos Restrepo le preguntó a Constaín, entre otras cosas, por su “extraña y deliciosa manía de catar los libros a través de su aroma”. Genial. De esta última novela de Constaín nada aún puedo decir, pues no la he leído.

Aceptémoslo: ¿tenemos suficiente tiempo para leer las 528 páginas de El libro de la envidia, la nueva novela de Ricardo Silva Romero? Las elogiosas reseñas, como la de Felipe Martínez Pinzón en el periódico Razón Pública, nos hablan de una novela sobre el poeta José Asunción Silva en torno a la hipótesis de su asesinato en lugar de su suicidio. Yo no puedo decir nada concreto, sin haberlo leído, de la técnica histórico-novelística de Ricardo Silva Romero, autor de otras cuatro novelas que tampoco he leído. Y, a juzgar por sus columna de opinión en El Tiempo, preferiría postergar la lectura de El libro de la envidia a pesar de la elogiosa reseña de Felipe Martínez, a pesar de que se me acuse de guardar envidia; prefería leerla en dos o cinco años; no comprarla; pedírsela prestada a algún amigo; sacarla de alguna biblioteca.

Tenía razón Nicolás Gómez Dávila cuando, en uno de sus escolios, denunciaba que el bombardeo publicitario en torno a las novedades literarias resulta, en cualquier época, el peor enemigo de la cultura: “El tiempo limitado del lector se gasta en leer mil libros mediocres que emboban su sentido crítico y lesionan su sensibilidad literaria.” En lugar de leer la novela de Constaín (y acaso ha de ser ese su íntimo propósito, porque lo sé afín a Gómez Dávila), deberíamos releer la novela ya clásica a la que me remite su título: The Man who was Thursday (que sí fue jueves), de G. K. Chesterton. Esta novela se publicó originalmente en 1909 y fue traducida por primera vez a nuestro idioma, en 1921, por el gran Alfonso Reyes. La novela de Chesterton se mete en los bajos fondos del puerto de Londres y, a través de espías y contraespías, nos va presentando todo un jugueteo de conceptos en torno a la inutilidad del anarquismo.

IV

En la pasada Feria del Libro, ya para terminar, adquirí por recomendaciones de amigos una novela breve titulada Cuaderno de la noche (Memorias de un soldado). Su autor, León Sierra Uribe, es psicólogo clínico de profesión, con lo cual se mete en la mente dañada del soldado raso y lo pone a escribir un diario y a relatar escenas que todos, en la Colombia de guerrilleros, militares y paramilitares, hemos experimentado de alguna manera o alguien, alguna vez, nos ha contado. La novelita, que consta de 150 páginas, la publicó la Editorial Universidad de Antioquia en 2012.

Sin el respaldo publicitario de las editoriales más comerciales, supe de ella por el joven novelista mexicano Federico Guzmán Rubio, quien a su vez ya se la había recomendado al novelista colombiano Juan Cárdenas, en cuyo blog de El Tiempo (Contragolpe) éste le hizo una reseña. Lo sé: Juan Cárdenas es el autor, según la revista Arcadia, de la mejor novela colombiana del 2013: Los estratos. Pero yo no la he leído y nada puedo decir. ¿Qué que me ha gustado de Cuaderno de la noche para considerarla la mejor novela colombiana de los últimos años? Mi opinión es muy personal y limitada, pero contestaría con dos razones: 1) por la sucesión ininterrumpida de aventuras, sin largas digresiones ni acotaciones; y 2) por la desnudez de la acción y lo vivaz del lenguaje, sin que suene a traducido, a impostura.

Acaso también por lo leíble, por el placer que me concedió su lectura: comencé Memorias de un soldado al mediodía y, al caer la tarde, ya me la había devorado. ¡Qué intensas escenas! A diferencia de las descripciones de Juan Gabriel Vásquez, León Sierra Uribe nos ametralla en Cuaderno de la Noche con frases poéticas que de inmediato nos remiten a un recuerdo o a una imagen. Ya en la redacción de la frase hay una aventura verbal y un gran conocimiento de la poesía.

Cuaderno de la noche está narrada con una técnica fragmentaria, es decir, no con largos párrafos sino con fragmentos a la manera de un libro de aforismos (¿a la manera de los escolios de Gómez Dávila?). El soldado habla en su tono bajo, sencillo y directo: “Limpio las telarañas con mi fusil. Solo un dios magnífico pudo haber inventado un objeto tan útil como este”. O se deja llevar en sus caminatas por las montañas de Colombia: “En un tramo del camino me detengo y miro atrás. Veo un paisaje de montañas, que es la suma de diez mil verdes diferentes, sin contar el verde nuestro, algo oxidado ya. Escuchamos un ruido. ¡Todos al piso! No era nada. Falsa alarma. A lo mejor solo era el viento rodando. A lo mejor otra broma de la muerte. Cae la tarde.”

Hasta aquí mis apuntes sobre novedades colombiana. Por último, deberías calificar una novela —juzgarla— por la capacidad de observación de su autor o autora, esto es, por la capacidad de mirar con nitidez el mundo en torno.