Ella fuma
no por los cigarrillos
sino por la maravilla de
poder llevar consigo
fuego en los bolsillos
y encenderlo
con un chasquido de los dedos.
Él le dice
que apague el cigarrillo
que para qué quiere un fuego
en las manos
que lleva desde siempre en la mirada.
Que no sea ingenua
que tire el cigarrillo
que no parezca una estrella
de cine en blanco y negro
porque son trágicas y mueren.
Que abra los ojos y mire
el mundo
y aspire el mundo
que también es suyo.
Ella abre los ojos
y le dice que le cree
nada.
Que es un mentiroso.
Aspira el cigarrillo y
responde que el único fuego
es el que consume
el que quema
el que destruye.
Lo mira con los ojos
abiertos
y lo quema.
Él se quema pero insiste
en que hay fuegos que forjan
los metales y construyen
cosas bellas.
No le dice pero piensa
que tire el cigarrillo
y no sea ingenua.
Que no deje de mirarlo.
Que entienda.
Que no sea en blanco y negro
y entienda
que hay fuegos que funden
a las cosas y construyen
cosas bellas.
Que no todos extinguen.
Que no todos se extinguen
al final entre los dedos.
Que no dé más bocanadas.
Que no apague los ojos
y que no encienda más fuegos
con las manos
y que entienda
que son fugaces los fuegos
que lleva en los bolsillos.
No lo dice pero piensa
que no deje de mirarlo.
Que no cierre los ojos.
Ella entiende o lo sospecha.
Da otra bocanada y suelta
el humo con los ojos bien abiertos.
Lo mira con la cara iluminada
pero no renuncia porque es bello
poder llevar fuego en los bolsillos.