La tonta vida y este hombre arrebatado

Por: Nicolás Peña

Arte por: María Chucena

poesía, so puta, te vas con cualquier hombre y luego le dejas…

 

Charles Bukowski

 

I

De nuevo aquí, junto a las cosas, las palabras, esto que llaman vida
y la mesa de noche con sus migajas y su lámpara de cerámica;
de nuevo aquí sacudiendo las piernas peludas, los parpados caídos,
el rumor de los sueños arrebatados, húmedos.
De nuevo mirar alrededor, revisar colores, rutinas, paredes, sombras:
-telarañas que rápidamente se esconden en los cuchicheos del techo,
caballos que afuera relinchan en la suavidad del pasto enmohecido,
gallinas que bailan al ritmo de los diminutos susurros de los bosques de pino.
Poco a poco ir levantando el dislocado-esqueleto-púbico que abraza las cobijas
y asomarse lentamente al tonto sol o a la lluvia de los días
(esos días repetidos que se van acumulando como una vieja maña),
o a ese vago recuerdo de los árboles y del pasto tieso
donde juegan los perros de la memoria,
o los renacuajos que mueren en manos de los niños con caucheras
que toman agua del río y se atragantan con queso tibio del bolsillo
y luego, alrededor del fuego que mancha el cielo
de viscosidades amarillas, rojas, negras y naranjas,
cuentan las estrellas y se masturban mutuamente.
De nuevo bajar como un caracol las escaleras,
arrastrando el cuerpo, estúpido, insignificante.
Ah, y otra vez la mañana de siempre con su vaho diluido
y su ruido de gotas en el lavamanos,
y la radio-despertador del abuelo cansado de la vida
y la vida cansada del abuelo con sus quejas y sus historias inservibles.
Otra vez la mañana con su madre y su padre y las ruinas de lo que somos
alistando nudos, supersticiones, sonrisas desgastadas,
y el insoportable destino del baño con las manchas en el espejo,
y el vapor que difumina la imagen somnolienta, atiborrada.
¡Maldito destino establecido por Dios y las marcas de jabón, champú y crema de dientes!
Y cantar desafinadamente y masturbarse con los ojos cerrados
mientras la madre prepara el desayuno y la hermana se depila las axilas
y afuera trotan y recogen flores dos pensionados militares.
¡Qué vida, qué vida!
Qué tantos objetos necesitamos para nuestro paraíso de chatarra.
Ah, los huevos, malditos huevos desabridos,
el insoportable buche de café, el repasar los ojos, las orejas,
las manos silenciosas, el último beso todavía marcada en el cachete
y maldecir desde los testículos a todos los hombres del mundo.

Poesía, repetir, poesía de mierda mientras caminamos hasta al bus.
Y ver la vacas cansadas de mugir, cansadas del pasto y de dar leche;
caminar entre las piedras y patear las más pequeñas con los brazos extendidos
y soñar, poder soñar en la mañana inútil, poder olvidar eso que se es,
que se dice que se es: acaso y solamente.
Poder tirarse al suelo y revolcarse con las bolsas de basura
y ser un perro, un torpe perro que acaricia la mañana con sus dientes de porcelana.

Poesía, repetir, poesía, soy sólo poesía:
estos veinte dedos de papel, estos vellos de nylon desechable,
esta voz de locutor de partidos de fútbol o peleas de boxeo;
estas manchas en el cielo de los aviones irritados
estos postes que alumbran los caminos de la vereda,
estos títeres, ventrílocuos que saltan y ríen y tienen sexo.

Soy poesía viejo cielo cansado de matar hombres y estrellas.

Y llegar finalmente al bus y ver a la gente en fila que se sacude de los sueños
y admiten esta tonta y triste y larga realidad de películas, periódicos, buses,
mañanas, sexos, religiones, camisas a rayas y a cuadros.
Llegar de nuevo a ser ese alguien que paga y espera su turno, y cede el puesto,
y no se tira pedos, ni escupe en la calle, ni putea, ni pelea, ni coge las nalgas de la jovencita.

¡La maldita vida civilizada!

Allá voy prostíbulos, hombres dionisiacos, putas, enfermedades. Para qué este querer vivir si dejamos siempre los pasos amarrados. Allá voy alcohol del cielo, alcohol maligno, alucinógenos, desenfreno, esquizofrenia. Ah, soy imparable como una bomba nuclear destruyendo todas las ciudades, todas las vidas. Allá voy, insaciable, arrebatado, tóxico, indeseado.

 

II

De nuevo aquí, dejando atrás la vereda,
recostado en la ventana, mirando los hombres que caminan
y se rascan el culo y huelen la mañana con sus flores desabridas.
De nuevo este puesto que tantos hombres han ocupado
y yo soy cualquiera y ninguno y me río y estornudo
y me imagino esos senos desnudos saltando como grillos.
Tantas mujeres hombres y yo, tantos yo en mí y yo en ellos,
y los perros que corren y persiguen al bus desarticulado:
y yo qué persigo, a dónde voy,
qué bus es mi destino
qué sombra-fantasma me persigue;
siempre una pregunta martillando esta bala-cohete-insoportable, insoportable:
siempre una vida para tener que vivirla
o ese esperar mes tras mes, año tras año
a que nunca llegue nada.

 

III

Y ver los puentes por donde pasan sudando los carros
─aceite humo radio y gafas─
y ver las estaciones de Transmilenio
donde se descansa de la lluvia, se habla por celular,
se piensa en otra vida.
Ver los hombres tirados como perros,
los perros tirados como hombres
y las palomas cagando sobre todos nuestros sueños.
Ver los puestos de minutos, chocorramos, cigarrillos,
ver las prostitutas con sus tetas de silicona
y sus extensiones en el pelo calvo.
Oler la vareta el bazuco las surtidoras de pollo bróster.
Toda la vida, toda la vida bailando, culeando, rompiendo botellas;
toda la vida, la vida de todos, comprando pantalones, estrenando chaquetas,
matando ladrones y policías, atracando viejitas pensionadas.
¡La vida, toda la vida de todos, toda la vida de nadie!

Allá voy mundos subterráneos de drogas sintéticas y orgías atiborradas. Allá voy calles repletas de orines y suicidios con cordones o tijeras. Allá voy soledad de los parques donde se tocan dos enfermos mentales. Allá voy mundo genocida, parricida. Y voy con todo este cuerpo desenfrenado de gases, neuronas, mierda y poesía. Y voy como un caballo suelto de sus riendas, lleno de dolor, ese dolor, difícil dolor que llena los días. Allá voy, voy sin escrúpulos, desnudo, con un hambre interminable. Allá voy edificios eyaculados, grandes centros comerciales aburridos, oficinas repletas de llanto y tristeza. Allá voy gran ciudad perdida en el azar del universo.