Una tarde que estaba practicando, Sonia vio algo de reojo, un aleteo en el teclado, y cuando volteó a mirar aquello ya no estaba allí.

Días después se topó en la Gran Enciclopedia de la Fauna, tomo XIII, Insectos del África, con la foto de una Pseudocreobotra wahlbergii. Cuatro patas traseras muy delgadas, terminadas en un gancho tan cruel como sutil, una pestaña de diamante; un abdomen cubierto de protuberancias parecidas a hojas; dos poderosas patas delanteras dobladas hacia adentro, los muslos cubiertos de dientes tan afilados que se le erizaba la piel de sólo verlos; y las alas. Las traseras, segmentos de arcoíris cortados con escalpelo de la parte donde el verde comienza a convertirse en amarillo, y las delanteras, dos óvalos de los mismos colores pero decorados por espirales, la de la izquierda verde, blanca y negra, la de la derecha azul, amarilla y negra. Y también la cabeza, difícil de ver porque la cubrían las mismas hojitas del abdomen; pero si uno se fijaba la distinguía, los ojos clavados en uno, la mandíbula. Y pensar que cuando le daba hambre esa mantis se plegaba sobre sí misma, se camuflaba en forma de flor, y la víctima se le acercaba para polinizarla y el mundo le explotaba alrededor, devorándola sin darle tiempo de percatarse de que tanta belleza imprevista no podía ser otra cosa que la muerte.

Llevaba ocho años, desde los cuatro, estudiando piano con doña Martinita, que también era profesora en el conservatorio. Sus alumnas privadas solían ser gente de plata; pero la madre de Sonia, que había estudiado violín y ahora enseñaba música en un colegio, la había convencido de que le concediera una audición a fuerza de llamadas, regalos y visitas. Desde el primer momento Sonia había odiado el tono apocado con que su madre decía “doña Martinita”, siempre así, nunca Martina, señora Martina ni doña Martina, siempre con el “doña” y con el diminutivo. Pero amaba a su madre y también a la música; así que se había sentado frente al piano de cola de doña Martinita, mucho más grande que el vertical de su madre, y había tocado la sonatina de Clementi que llevaba practicando desde siempre.

Luego doña Martinita y su madre se habían ido al segundo piso a hablar en privado. Había pasado casi una hora. Sonia había vagado por la sala, había hojeado partituras y libros sin dibujos, había tocado a los dos búhos embalsamados que doña Martinita tenía en la biblioteca, se había asomado a la ventana a contar carros, hombres, mujeres, niños, bicicletas, perros y pájaros, había tocado otra vez a los búhos, había vuelto a hojear partituras y libros sin dibujos, y al fin se había sentado otra vez al piano y se había puesto a improvisar.

Su madre la dejaba improvisar una vez terminaba las dos horas de práctica. Era la mejor parte del día. Y de pronto sintió que la mano huesuda de doña Martinita le aferraba el hombro, tuvo cerca el olor rancio y el peinado de ama de casa de los cincuenta, y escuchó la voz sin poderles dar crédito a las palabras. “Primero la práctica y después la música.” Miró a doña Martinita. “Los juegos son en el tiempo libre. A mi clase se viene es a trabajar.”

Le tomó años preparar su venganza. Después de la clase de doña Martinita iba a su casa a almorzar. Luego su madre la obligaba a practicar otras dos horas. Leía, jugaba, comía, se empiyamaba, le daba las buenas noches a su madre y esperaba un rato. Al fin sacaba el teclado de debajo de la cama y se sentaba en el suelo sin encender la luz. Comenzaba a tocar. No había sonido. El teclado no tenía pilas, pero eso no importaba. Importaban las formas, los colores, los movimientos que tomaban cuerpo en el aire al ritmo de la música que le danzaba en la cabeza.

Para las patas traseras compuso una melodía vertical como el trazo de un pájaro en caída libre. Esa caída tenía lugar hacia arriba, cuatro veces y en diagonal, y después comenzaba el cuerpo: acordes robustos, a veces disonantes y otras tan melódicos como el inicio, que poco a poco se condensaban en una estructura; una ascensión, un descenso, luego de nuevo hacia arriba, en forma de parábolas u óvalos que uno, sin saber por qué, imaginaba verdosos, exactamente como los del exoesqueleto de la Pseudocreobotra. Y esa estructura continuaba por un par de minutos, hasta desembocar en la amenaza de la cabeza.

Después había un silencio y se abrían las alas. La melodía era otra, más sencilla que la de las patas y apenas sugerida, como si proviniera de un sueño. Y cuando parecía que así iba a terminar la pieza, entraban las dos espirales, una casi igual a la otra, que retomaban la melodía inicial y, combinándola con la segunda, las resolvían en un movimiento circular cada vez más rápido. Un movimiento que de pronto, cuando ya no había remedio, se reducía a una nota. En esa nota estaban la disolución de la flor y el emerger de la mantis, el ataque de las patas delanteras, la boca abierta. Era la primera pieza que componía. Duraba siete minutos. Se llamaba Divertimento wahlbergii.

Todos los diciembres doña Martinita organizaba un concierto en la iglesia de un barrio de clase alta. Era el momento culminante del año, tanto para ella como para sus alumnas, que de esa manera justificaban el gasto en el que habían incurrido sus padres.

Había refrigerio y copa de champaña. El piano estaba frente al altar; sobre él se derramaba la luz de la lámpara del ábside. El de ese año sería el último concierto en el que Sonia participaría. El año entrante entraría al conservatorio y comenzaría a tocar en otros lugares. Auditorios de verdad, nacionales e internacionales. Doña Martinita le había asegurado que, siempre y cuando siguiera siendo su alumna, su futuro prometía. El programa decía que iba a tocar una sección del Klavier bien temperado, el Rondò alla turca de Mozart y la Pavana para una infanta difunta, pero entre el Rondò y la Pavana había escondido la partitura del Divertimento wahlbergii.

Como era la alumna estrella, Sonia iba a tocar de última. Las veces que había imaginado esa noche, aquella hora de estar sentada esperando le había parecido una tortura. No se veía a sí misma en su silla, erguida y fingiendo calma, prestándoles atención a las torpes interpretaciones de sus compañeras. Por eso siempre saltaba en su ensoñación al momento en que levantaría las manos sobre el teclado, miraría a doña Martinita y le guiñaría un ojo. Pero, ahora que esa espera era inevitable, la disfrutó. La música fluía entre la intérprete, el público, el piano, el altar, la lámpara, las paredes y las ventanas, como una capa adicional de luz y de sombra, más ligera que el mundo pero de alguna manera conteniéndolo. Las notas eran el aura recobrada de las cosas. No importaba que la ejecutante equivocara un arpegio, o incluso que tuviera que detenerse, los ojos húmedos de lágrimas, y volver a comenzar. Sonia oía cada pieza como había sido escrita desde siempre, y seguía sus movimientos con la mirada perdida, atenta, enamoradamente, pensando que su Divertimento pronto haría parte por derecho propio de esa magia inmaterial; que su mantis se uniría al enjambre invisible de abejas, mariposas, moscas, mosquitos, escarabajos, langostas, mariquitas, luciérnagas, que vuela sobre las personas, las ciudades, los mares y la historia, dando cuenta de todo aquello pero también superándolo, libre a pesar de su supeditación, inmortal a despecho de su fragilidad. Y sintiendo esas cosas se le pasó en un instante el concierto de sus compañeras, y de pronto su madre le había puesto una mano en la rodilla, le estaba mostrando el piano, y Sonia se paró y se dio cuenta de que ahora sí tenía un nudo en la garganta.

Estaba tan nerviosa que sólo supo que estaba siguiendo el programa cuando todos aplaudieron su Klavier bien temperado. Miró a doña Martinita. Estaba seria. La boca era una raya casi invisible de lo apretada. Sin duda había cometido varios errores, pero no se acordaba. Nunca había tocado así, automática, ciega, sorda. Reprimió el llanto, se acomodó la falda, respiró hondo y atacó la Pavana.

Ella podía, podía tocar la Pavana. Despacio, dócilmente, el tiempo se hizo arcilla en sus manos. Se abstuvo de sonreír, de exagerar sus movimientos, de entrecerrar los ojos. La mirada fija en la marca del piano, sin leerla, sin verla, embebida en la Pavana porque era lo único que quedaba del mundo, no hizo nada incorrecto porque ella no estaba haciendo nada. Era la Pavana la que, con su tristeza perfecta, se daba forma a sí misma haciendo uso de sus manos. Cuando llegó al final el aplauso fue inmediato. Miró a doña Martinita otra vez y le guiñó un ojo.

Ni siquiera ella sabía cómo sonaría el Divertimento wahlbergii. Llevaba dos años puliéndolo, tocándolo en el cuarto a oscuras en su teclado sin pilas, pero cuando su música ocupó el aire su sorpresa fue tan grande como la de los demás. Poco a poco la Pseudocreobotra reclamó su sitio en el mundo. Era amenazadora y bella sin que esas dos cosas se contradijeran. Sus colores eran alucinados pero apropiados, los que tenían que ser.

La buena música es. Como una flor, un río o la llanura, nos impone cada trazo, cada volumen de sí misma sin que sintamos la más mínima necesidad de oponer resistencia.

Después de la última nota Sonia contó los segundos. Fueron nueve. El aplauso fue furioso. Pero ella, que no podía aplaudirse a sí misma, se paró del piano rígida, incómoda; y el hecho de que doña Martinita también se hubiera parado y estuviera aplaudiendo, las manos entrechocando con precisión de metrónomo, el peinado de ama de casa de los cincuenta ligeramente descompuesto, las gafas empañadas, la sonrisa de oreja a oreja inverosímil en esa cara tan adepta a la rigidez, no la calmó ni mucho menos la satisfizo. Su venganza estaba completa pero doña Martinita se había rendido sin presentar batalla. ¿Qué gloria había en vencer a un enemigo que no sólo se rendía sin luchar, sino que celebraba la victoria de su oponente con más entusiasmo que él mismo? Aturdida por una extraña, incomprensible tristeza, Sonia recibió sin mirarlo el ramo de flores que alguien le dio, respondió con cortesía a los elogios, aceptó un par de abrazos y se fue del brazo de su madre, dejando tras de sí la impresión de pedantería que la acompañaría por el resto de su vida.

Una media hora después, en el carro, bajó la mirada y vio el ramo de flores. Había claveles, un puñado de margaritas, espigas y en el centro una orquídea. Del pistilo, erizado de hojitas, se desprendían cuatro pétalos verdeamarillos. Dos de ellos estaban decorados por espirales. Una era verde, blanca y negra, la otra azul, amarilla y negra.