Al bigote de don Manuel

 

Deberías proporcionarte el placer de ausentarte de la oficina, aunque sea en una mañana trabajosa en la que entras al baño a desahogar la inmundicia de tu ser y llevas contigo un voluminoso libro de Solzhenitsyn. ¡Este es el grado de tu desesperación y de tu estreñimiento! Pero eso sí, no olvides ser responsable con todas tus cosas: llama a tu jefe a informarle sobre las novedades del frente o, en este caso, de la retaguardia. Él, poseedor de un espíritu magnánimo y sensible —además de un bigote cano de brocha gorda que bien conoces—, se compadecerá de ti y dirá: el pobre muchacho está a punto de tener una epifanía. ¿Y por qué no? Si hay millones de preguntas por responder en este mundo. Y así no las hubiera, ¿por qué no darte la licencia de mandar todo a la mierda y quedarte el día entero en la tasa del baño? Al carajo con el capitalismo.

El propio Shújov, bajo los horrores del estalinismo —en el colmo de la vida palaciega—, se despertaba con el toque de diana en el campo de trabajo para tener alrededor de hora y media de tiempo suyo, no del Estado. Así se ejerce la libertad, he ahí la simiente de la rebeldía y de la realización del ideal ilustrado. Por eso, amigo mío, tú sigue en el inodoro. Quizá tengas tiempo para imaginar un mundo feliz y concibas la utopía en la que no hay cuentas por pagar y las personas no saturan sus endebles carnes con laxantes. Marx con su inspirado alcoholismo no habría ideado nada mejor.

Aunque también podrías medirte con un dilema más modesto. Podrías, por ejemplo, tratar de desentrañar el porqué de ese extraño catecismo en el que se ha convertido para ti la literatura rusa. Años atrás te habrías contentado con decir que la devoción hacia Dostoyevsky y Gógol responde a la misma razón por la que un perro se lame las bolas: porque puede. ¿Haría falta una razón más poderosa? Podrías resolver este y otros asuntos intestinales, así, sentado como El Pensador de Rodin. Pero la vida es corta y el engranaje social apremia.

A lo mejor debas renunciar a ti mismo y a cualquier pretensión filosófica. Cierra el libro en el inicio de la página 322, en donde la vida te tiene reservada la epifanía que no ocurrirá hoy a menos de que tengas la valentía que el arte te exige: refugiarte en la estrechez de tu baño y salvar tu alma.