Por Mariana Serrano Zalamea

Eduardo Zalamea Borda nació en Bogotá en 1907 y murió en la misma ciudad en 1963. La poética sensorial y moderna de su novela 4 años a bordo de mí mismo. Diario de los 5 sentidos (1934) le dio un lugar indiscutido en la historia de la literatura colombiana. Además, fue el primero en publicar relatos de Gabriel García Márquez y poemas de Álvaro Mutis en la prensa, y era recordado por estos dos escritores como un incomparable maestro. Se desempeñó casi toda su vida como periodista. Fue subdirector de El Espectador y director del suplemento literario y columnista permanente de este periódico. Colaboró en revistas como Contra-Ataque, Vida y Revista de Indias, y en diarios como La Tarde y El Liberal. También fue representante de Colombia ante la Liga de las Naciones (Ginebra) en los años treinta y delegado ante la Unesco (París) a inicios de los sesenta. (Esta reseña biográfica la hice para la solapa de Ulises en un mar de tinta. Obra periodística de Eduardo Zalamea Borda. Prólogo y selección de Mariana Serrano Zalamea , Bogotá, Universidad de Los Andes, Colección Séneca, 2015).

Los textos de abajo son dos "Intermedios", apartado que se encontraba inserto en el medio de la columna "La ciudad y el mundo", publicada por Ulises, seudónimo adoptado por Eduardo Zalamea Borda para firmar como columnista del periódico El Espectador. Y dos columnas de Fin de semana, publicadas en el suplemento literario de este mismo diario. Los "Intermedios" eran textos en donde Zalamea daba rienda suelta a su mirada oblicua sobre muchos temas que poblaban su cotidianidad en un registro literario. En el espacio de Fin de semana el periodista escribió textos críticos y algunas crónicas de diversos tópicos.

 

Intermedio, Bogotá, El Espectador, 17 de octubre de 1953

 El sábado tiene el encanto de lo inesperado. A las doce del día se derrumban todas las Bastillas de los reglamentos y de los horarios. El hombre recupera su libertad, de la cual puede hacer el mejor o el peor uso. Es un pequeño continente de tiempo que se extiende hasta el lunes por la mañana o, más exactamente, un pequeño océano, repetido siempre pero siempre nuevo, cuyos abismos pueden guardar la nacarada sonrisa de la sirena o el múltiple abrazo tentacular del pulpo. Lo inesperado, que es lo que siempre esperamos, puede o no llegar el sábado, pero es esa la universal creencia. De ahí el prestigio del sábado, originalmente día dedicado a la oración y a los ritos religiosos y ahora a holgar, a gozar, simplemente a vivir como sea, como si, como si no se viviera, suba o baje la marea y del mar rojo la red saque al pez que coletea…

 

 

Intermedio, Bogotá, El Espectador, 19 de octubre de 1953

 En otras épocas, ya bien remotas, había un tren que salía a las 9 de la noche de Bogotá. Las 9 de la noche hace treinta años era un ahora avanzadísima, casi como ahora las doce. Los viajeros que tomaban ese tren eran los que se marchaban lejos, a Europa, ese lueñe continente del que nos separaban decenas y decenas de días de viaje. El pito del tren nocturno despertaba en los corazones aventureros ecos maravillosos. Yo lo oía entre las matas como una embrujadora llamada.

Ahora no se escucha el largo clamor de despedida del tren nocturno. En cambio, no es infrecuente que en la mitad de la noche nos despierte el fragor de un avión que llega o emprende el vuelo. Recuerda el ruido del tren, pero ya se diría que está vencida, domesticada la aventura, y que ese gran viento de acero que pasa por sobre nuestras cabezas y que salió de Europa hace menos de veinticuatro horas, carece del encanto romántico del tren nocturno que pasaba sembrando de fugaces estrellas los campos cubiertos por la tiniebla o por el dulce y helado sortilegio de la luna. ¡Como si la abolición de las distancias y del tiempo no fuera la mayor y mejor de todas las aventuras!

 

 

Fin de semana, Bogotá, Dominical de El Espectador, 5 de diciembre de 1954

Diciembre era antaño como un libro de frescas, luminosas estampas. Cada una de sus páginas era un pequeño cuadro de sencillas alegrías, sobre el que caía a raudales la lluvia de oro solar, recibida por una Dánae bucólica y casta, maternal y bondadosa, que no sabía de aventuras de clausura en torre o cofre, sino de los espacios abiertos y de la cocina en donde se aderezaba el pavo y se freían los buñuelos, mientras afuera, en la noche estrellada, se alzaba hacia los cielos el suspiro de las serenatas y el frenesí de los cohetes.

Era diciembre hasta hace algunos años el mes del veraneo. Y quedan de esa época en nuestra literatura algunos testimonios, por cierto inferiores a ella. Los cronistas no pasaron de la superficie, se ahogaron —como en una paila llena de almíbar— en la anécdota. Ahora lo único que de esos días nos resta es un recuerdo vago y melancólico, que rima con los versos de Silva y que tiene el color de ojera de las tardes de la Sabana. De esa Sabana ya sin caballos, sin enamorados que se dan las manos y los labios bajo los cerezos, sin crujientes carros tirados por bueyes tardos, perezosos, monótonos como la vida de entonces, pero como ella calmados, tranquilos y serenos…

El veraneo, que era sinónimo de diciembre, ha desaparecido. Desde luego, ahora las gentes viajan más, es decir se fatigan en mayor grado. No creo que se diviertan como se divertían nuestros mayores ni como alcanzamos a divertirnos nosotros, en la niñez y en la adolescencia, cuando en medio de una novena  —"ven a nuestras almas, ven no tardes tanto" descubríamos toda la belleza del mundo en unos ojos que nos daban una felicidad extraña, unas confusas mezclas de reír y de llorar, de gritar y de callar y de pasar la noche en vela, con ellos como únicas luminarias.

Podría decirse que el veraneo se ha atomizado. El automóvil es el responsable de que esto ocurra, porque cada fin de semana es un pequeño veraneo raudo, color de piscina, color de whisky, todo del mismo color, incluso ese sol que, sin embargo, parece distinto, como si también él tuviese afán de alumbrar más, de abarcar a mayor número de gentes con su luz y con su calor. El veraneo de diciembre no es lo mismo que las vacaciones que ahora caen para algunos empleados en marzo, para otros en julio o en noviembre. Diciembre era sinónimo de vacaciones en familia y no de vacaciones solitarias en el cuarto de uno o de muchos hoteles. El veraneo no era solamente el descanso, sino la diversión estudiada minuciosamente durante todo el año, pero dejando siempre un margen amplio a la improvisación, a lo inesperado. Veraneo era el paseo a caballo por los campos que entonces se poblaban de alegres grupos de gentes de todas las edades; veraneo era el piquete a la orilla del río y del baño en las aguas cantarinas, más cantarinas que nunca al recibir el regalo de los cuerpos tibios de las muchachas; veraneo era la serenata, veraneo era el baile, veraneo era la declaración amorosa, el sí apenas susurrado por los labios queridos, todo eso que ahora vemos otra vez en el libro de estampas de diciembre, pero como si sobre ello hubiera caído una fina capa de ceniza. Es la ceniza del pasado, de lo que no vuelve, de lo que, sin embargo, se guarda en el fondo del ser, para iluminar los días oscuros.

Diciembre, que ha dejado de ser de veraneo, es por ello ahora, más que todo para quienes lo perdimos, mes de añoranzas, de evocaciones y de suspiros.

 

 

Fin de semana, Bogotá, Dominical de El Espectador, 23 de enero de 1955

 En un ensayo, como todos los suyos interesante, que publicó El Tiempo el último domingo, afirma Ramón Sender que es Stendhal “el más grande novelista del siglo XIX”.

¡Qué difíciles y por ello cuán peligrosas son las afirmaciones absolutas, no importa el campo que su formulación abarque! Pero es natural que así suceda, porque, como bien lo observaba Cansinos Assens, el crítico tiende siempre a colocarse en una posición supraliteraria, distribuyendo olímpicamente los títulos de genialidad o haciendo las declaraciones de estupidez, de incapacidad, de mal gusto.

La afirmación de Sender es, por lo menos, discutible. Y habría que pedirle al insigne novelista que es él —acaso el primer novelista español de generación posterior a la del 98— más razones que las ofrecidas en ese ensayo para sustentar su afirmación absoluta. Que debe de haberlas, porque no puede Sender simplemente matriculado como “stendhaliano”, encapillarse, para ser más preciso, ignorando no solamente al genial Dostoievski, al formidable Balzac, al gran Dickens, sino a muchos otros novelistas que en el XIX trabajaron en la gran tapicería de la novela, acaso sin todas las condiciones que los mayores ostentaron, pero dejando de todos modos obra de extraordinaria significación.

No vaya a entenderse este comentario como una falta de respeto por el autor admirable y admiradísimo de Le rouge et le noir. Stendhal es, ha sido, seguirá siendo uno de los más extraordinarios novelistas de todos los tiempos. Oportunamente recuerda Sender que Beyle sabía que no era de su época y que sus lectores estaban en el futuro. En efecto, aunque considerado como valor excepcional por algunos de sus contemporáneos y por todas las gentes doctas de la pasada centuria, ha sido la actual la que ha visto la afirmación de su fama. Las sociedades “stendhalianas” que existen en Francia y en otros países se han encargado de contribuir al estudio de su obra, publicando no solamente sus diarios en ediciones integrales, sino su correspondencia, que es un acervo inagotable de referencias directas a la personalidad del grande escritor. Pero esas mismas sociedades, que resultan al fin y al cabo exclusivistas, han estimulado el sectarismo y el fanatismo, incompatibles con la crítica, tanto en la literatura como en cualquier otro campo.

No querría incurrir en el error que censuro al afirmar absolutamente, sin ninguno de los títulos que para hacerlo adornan al novelista maravilloso de Siete domingos rojos y de Proverbio de la muerte, que es aquel autor “el más grande novelista del siglo XIX”. Sin embargo, admirando como admiro a Stendhal, me parece que no se puede olvidar a Dostoievski, ese genio atormentado, angélico y diabólico, es decir humanísimo, que incorporó a la literatura mundial todo un mundo en cuyas miserias y dolores, en cuyas angustias y amarguras, en cuyas singularidades desconcertantes, se encuentran no pocas respuestas a los interrogantes que en los días presentes nos formulamos ante la conducta de los individuos y de los pueblos. ¿Son comparables Dostoievski y Stendhal? Habría que comenzar por establecer si son cantidades heterogéneas, si ha de aplicárseles la misma medida. Escritores ambos, novelistas los dos, creadores a quienes tanto debe el arte, acaso son tan diferentes en el fondo que no puedan ocupar el mismo plano. ¿Quién se atrevería a decir que Le rouge et le noir es superior a Crimen y castigo o que hay más sustancia humana y más pura calidad novelística en Julián Sorel que en Raskólnikov?