Cuidado, cadáveres en el suelo. 'Sumisión', la última novela de Michel Houellebecq

Por: Jose Castellanos

Arte por: Manuel Sebastián Montañez

Es ya un lugar  común pensar en el escándalo cuando la figura de Michel Houellebecq se pone sobre la mesa. Demandado, amenazado, exiliado (voluntariamente) y protegido por guardaespaldas que el Gobierno francés le asignó, el escritor no deja de sorprender con cada nuevo título desde el polémico Las partículas elementales (1999).

Esta vez el título es Sumisión (2015) y el escándalo radica en la coincidencia casi brutal del atentado a Charlie Hebdo, el pasado 7 de enero, con la presentación del libro, evento del cual Houellebecq se retiró al enterarse de que una de las víctimas mortales del ataque era Bernard Maris, su gran amigo. Esto es cuento viejo.

Como suele suceder, la polémica se acomoda en la superficie, (en el caso de la edición española, incluso en las portadas): la posibilidad de una Francia musulmana, la supuesta islamofobia del autor, la relación con polémicas anteriores. Desde entonces, la discusión ha girado sobre los mismos ejes; hasta la posterior presentación del libro, celebrada finalmente en Colonia el 19 del mismo mes, comenzó con una declaración del autor sobre el atentado a Charlie Hebdo, "para evitar repetir lo mismo en entrevistas posteriores".

Pero no se trata de la primera "predicción" que realiza Houellebecq, pues ya en sus obras anteriores había explorado el futuro como una técnica narrativa: Plataforma (2001) y El mapa y el territorio (2010) comienzan en el pasado, llegan al presente histórico y siguen avanzando en el tiempo como si nada, adelantándose al contexto en el que fueron escritas y publicadas; y Las partículas elementales (1998) y La posibilidad de una isla (2005) narran el origen ya lejanísimo de un presente ubicado decenas de años por delante del nuestro. No es Sumisión la excepción a la regla, ya múltiples han sido las imágenes de la Francia por venir que Houellebecq ha presentado al mundo, y esta vez el panorama es, por lo alto, el único prometedor.

La predicción es el escenario más común en sus libros, en los que juguetea con la historia de Francia y el mundo (la Historia, dirían algunos) para situar a sus personajes en contextos agudos, extremos, como lo haría un Von Trier en el cine. La predicción, como él mismo lo ha demostrado, es lo menos importante si obviamos todo lo demás, pero lo más atrayente en las librerías, y Sumisión es el ejemplo perfecto de este fenómeno.

Días antes de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales que se disputarán Marine Le Pen y Mohammed Ben Abbes, Francois, el protagonista, sale de París, buscando la protección que la campiña francesa pudiera ofrecerle frente a una posible guerra civil que se desataría casi con inminencia según sus intuiciones. De camino a Martel (llamado así en honor al mayordomo franco Carlos Martel, quien en 732 d.C. detuvo la avanzada musulmana de Al-Gafiqi, algo que reafirmaría el carácter defensivo del exilio de Francois) para en una estación de servicio:

El aparcamiento estaba desierto y me di cuenta enseguida de que ocurría algo extraño: aminoré la velocidad al máximo y circulé prudentemente hasta la gasolinera. El escaparate estaba hecho añicos y había miríadas de cristales sobre el asfalto. Salí del coche y me aproximé: en el interior de la tienda, el escaparate de las bebidas frescas también estaba roto y los expositores de la prensa estaban por el suelo. Descubrí a la cajera tendida en el suelo sobre un chardo de sangre, con los brazos alrededor de su pecho en un irrisorio gesto de protección. El silencio era total. Me dirigí hacia los surtidores de gasolina, pero estaban bloqueados. Tenía que haber una manera de ponerlos en marcha desde las cajas. Volví a la tienda, pasé por encima del cadáver a regañadientes, pero no descubrí ningún mecanismo que pareciera controlar la distribución de carburante. Después de un breve titubeo, tomé de las estanterías un bocadillo de atún y crudités, una cerveza sin alcohol y la guía Michelin.

Así suelen enfrentar los personajes de las novelas de Houellebecq esas "predicciones" que viven, y es esto lo más interesante de su propuesta literaria. Y es que, si bien los contextos propuestos en sus obras son lo suficientemente extraños como para atraer la atención de la gran mayoría de los lectores y erigirse como el centro de las críticas más leídas y el foco de atención del periodismo cultural, quedan relegados a un segundo plano, y decir esto parece una perogrullada, cuando aparecen protagonistas como este.

Francois es un personaje desilusionado, un personaje que podría afirmar, con Louis C. K. (aunque sin el mismo sentido del humor), que después de haber llegado a la cima se encontraba en un descenso constante, que había llegado ese momento de su vida en que las cosas solo pueden empeorar, en que ningún año tiene la remota posibilidad de ser mejor que el anterior, sino todo lo contrario.

Su vida perdió justificación hace ya mucho. Ahora, Myriam (su ex-estudiante y ex-novia veinteañera y judía) deja Francia y él es incapaz de "reemplazarla" con una nueva estudiante, tal y como acostumbraba a hacer cada año; se reencuentra con sus ex-novias de la universidad solo para comprobar que no corrieron mejor suerte que él, que sus cuerpos ya no son los que eran, que ellas también están entrando en la difícil soledad del humano disminuido, aunque estén "en la flor de la edad". Además, las nuevas autoridades islámicas prohibieron la contratación de profesores no musulmanes en las universidad, así que su carrera como catedrático está llegando a su fin; y tanto su padre como su madre mueren entre las páginas de la novela.

El deseo de vivir de Francois es "menguante", como él mismo lo describe al recibir un correo de Myriam, en el que ella le cuenta que "había conocido a alguien" en Israel, su nuevo hogar. "Para mí no hay ningún Israel", le dijo Francois cuando se despidieron. Es, sobre todo, un personaje desarraigado, que ni siquiera encuentra razones para el suicidio, aunque tampoco las suficientes para seguir viviendo.

Pero Francois se refugia, sí, en el placer corporal. Y esto es, en su decir, lo más individual: sus propias sensaciones, el último resquicio de placer que su cuerpo puede proporcionarle antes de comenzar a ser una "yuxtaposición de órganos en lenta descomposición", antes de que su vida se convierta en una "incesante tortura, monótona y sin alegría, mezquina". Visita YouPorn con regularidad para encontrar la tranquilidad que le proporciona el no estar entrando en una "especie de andropausia", el comprobarse "un hombre de absoluta normalidad", que disfruta respondiendo a las mismas fantasías que otros hombres "normales".

Todo parece indicar que solo el sexo puede de alguna manera satisfacerlo, aunque a veces le apetezca tanto follar como morir. Sexo, sin embargo, en el que solo busca el orgasmo, la cúspide, la bofetada; en el cual todo lo demás podría confundirse con el paisaje: “El pene pasaba de una boca a otra, las lenguas se entrecruzaban como se cruzan los vuelos de las golondrinas, ligeramente inquietas, en el cielo oscuro del sur de Sena y Marne, cuando se disponen a marcharse de Europa en su peregrinación de invierno”, dice cuando describe uno de los videos de YouPorn con los que se masturbaba.

Es por testimonio de este Francois que la nueva Francia se va dibujando. Su narración en primera persona descubre lentamente la transformación radical que la República experimenta bajo la égida musulmana de Mohammed Ben Abbes, transformación que él mismo no comprende, a la cual se sustrae y que intenta entender en conversación con otros más interesados en el porvenir de su nación. Tendrán que ponerse en el paredón cosas para él más cruciales para que tome cartas en el asunto, pues mientras tanto pasará por encima de los cadáveres como si nada hubiera sucedido, tal como han hecho quienes, atrincherados detrás del lugar común, lanzan hurras o esgrimen sablazos contra Houellebecq sin poner el ojo en nuestros propios cuerpos, que se extienden por el suelo en sus novelas.

¿Francia musulmana, turismo sexual controlado por multinacionales, modificación genética del ser humano? Los contextos, por más o menos logrados que puedan llegar a ser, no están nunca completos sin los personajes que los narran, los enfrentan, los soportan, y es aquí donde la maestría de Houellebecq reside. Son sus personajes, definitivamente, sus obras maestras, y Francois está a la altura (¿o a la decadencia?) de los anteriores. Sumisión vale la pena porque es él quien la narra, predicciones puede hacer cualquiera.