El muchacho, con una venda ensangrentada alrededor de la cabeza, descolgó el auricular. Sostuvo el teléfono entre su hombro y mejilla, mientras con los dedos de su única mano extrajo una moneda del pantalón y la introdujo en la ranura. Marcó siete números y esperó la voz al otro lado de la línea. La voz del padre atendió y no pudo contener la emoción de escuchar al hijo, vivo. El padre había seguido durante tres meses las noticias desalentadoras de la guerra. El parte de rendición. La derrota irrevocable.

El viejo le imploró a su hijo que fuera en ese mismo momento a casa. Sin colgar le gritó a la vieja que el chico volvía, que había que preparar un asado, comprar cervezas e invitar a los tíos. El muchacho lo interrumpió con una voz muy seria, diciéndole que iba a casa con un compañero al que le faltaban un brazo y uno de sus ojos, consecuencia nefasta de los combates en las Islas. El padre, sin vacilaciones, le declaró que ni él ni su madre podrían soportar la visión del chico mutilado. El soldado colgó el teléfono, se dirigió hasta su catre, tomó el fusil con la mano que le quedaba y se descerrajó un balazo en la cabeza.

El matrimonio acabó. La madre culpó al padre del suicidio del hijo y el resto de la familia también. El padre se aisló del mundo en un apartamentico del barrio de La Boca, rara vez se le volvió a ver por las calles, acaso tomando el sol en algún parque o bebiendo mate en algún cafetín. Lo único que lo alivió de los remordimientos solitarios fue su natural pasión por el fútbol, el ardor alucinante que compartía con su hijo muerto por el Club Atlético Boca Juniors y la Selección Argentina.

Pocos años después, el viejo se encuentra sentado frente al televisor. Sabe que existe un monstruo brillante que juega al fútbol y juega para su equipo. Sabe que el partido que está por empezar no es cualquier partido. Imagina que su hijo, fanático como ninguno, estará mordiéndose la camiseta, en algún lugar del cielo, sobornando a los ángeles para que la selección consiga la victoria.

Argentina enfrenta a Inglaterra. Son los cuartos de final del mundial de México 86 y el sol brilla con autoridad sobre el Estadio Azteca. El viejo salta del sillón cuando Víctor Hugo Morales narra el primer gol del encuentro. El propio narrador reconoce que fue con la mano. La mano de Dios, piensa el viejo, la justicia divina existe, de qué manera saltaste y le ganaste al grandote de Peter Shilton.

El viejo compara las tallas de los dos futbolistas con las del ejército argentino y británico, cuatro años atrás.  Solo que en esa guerra no hubo mano de Dios, piensa el viejo, en esa guerra Dios perdió todas las manos, brazos y piernas. En esa guerra los muchachos cayeron como moscas aplastadas por la artillería inglesa. Pobre mi muchacho, y el viejo siente una metralla de tristeza en el corazón. No termina de limpiarse las lágrimas de los ojos, cuando el monstruo brillante vuelve a robarse la atención mundial: “Enrique la engancha y la va a tocar para Diego, ahí la tiene Maradona, lo marcan dos, pisa la pelota Maradona, arranca por la derecha el genio del fútbol mundial, puede tocar para Burruchaga, siempre Maradona… genio, genio, genio tátátátátá  GOOOOOL, GOOOOOOOL…” 

El viejo siente un fogonazo abrasándole las costillas, imagina a su hijo colgándosele del cuello gritando: ¡Argentina, Argentina!, ¡esto es de locos, mi viejo, de locos! “Barrilete cósmico, ¿de qué planeta viniste?, para dejar en el camino a tanto inglés, para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina”.

Con el puño derecho, el viejo despedaza el vidrio de la mesa de centro.  Poco le importa la herida profunda que se hace en el dorso de la mano. Poco le importa la sangre chorreando como lava de su corazón envilecido. Toma la bandera de Argentina que luce en uno de los ventanales del apartamento y la envuelve en el puño llagado.  Con una media sonrisa toma el ómnibus hasta la clínica. Allí, mientras lo cosen, sostiene una discusión con la enfermera, que insiste en botar a la basura la bandera estropeada.

Un año después, dos años después, veinte años después, treinta años después, los veintidós de junios, una bandera albiceleste con manchas de sangre es amarrada a uno de los ventanales del barrio de La Boca. El viento la ondea con furia, casi con orgullo, como si Dios mismo prestara sus pulmones para ello, no faltaba más mi viejo, mi querido viejo, es el recuerdo vivo de la tarde soleada en que les ganamos la guerra a los ingleses.