Quizá en estas vacaciones, muchos habréis dado un paseo largo por los pueblos de la montaña; habréis ido, por ejemplo, a Santa Bárbara, a Yarumal o a Marinilla; habréis transitado por esos caminos bermejos, tortuosos y solitarios, que bordean la cordillera o la escalan francamente, que se hunden a ratos entre montes sombríos y a ratos siguen el curso de un río pequeño, que flanquean los páramos ingentes dando vueltas y revueltas, como una cinta caprichosa, atravesando bulliciosas quebradas frígidas, descendiendo a oscuras cañadas pobladas de ecos infinitos, subiendo cuestas enhiestas, serpenteando por filos inverosímiles donde el viento salvaje domina, prolongándose y perdiéndose a lo lejos, para reaparecer más allá, amarillos y estrechos, en el límite con el cielo distante, hasta llegar, al fin, a algún pueblecillo acurrucado y perdido, con su iglesia blanca y vigilante, con sus callejuelas sonoras, sembradas de anchas piedras.

¿No os ha conmovido, no os ha llenado de una inefable melancolía el paso por esos caminos mudos, selváticos, errabundos de la montaña? Ellos, en los medios días de verano, son terribles, son angustiosos e inexpresivos, porque el tedio se apodera de nuestras almas ciudadanas, y un cansancio dilatado nos invade. La esperanza de llegar muere en nosotros y nos parece que estamos adheridos para siempre a ese camino sin fin, que esa estela de tierra roja que se extiende en frente perdiéndose y apareciendo de nuevo en la distancia, sale de nosotros mismos, es un desenvolvimiento delgado e infinito de nuestra alma, de nuestra vida, un apéndice inacabable que nos ha nacido y que no podremos recortar ya jamás; algo así como aquellas tripas de trapo o de papel que algunos prestidigitadores se sacan de la boca, estúpidamente largas, inconmensurables, asfixiantes.

 

 

Sin embargo, hay momentos en que esos caminos solitarios se llenan de un misterio enorme y delicado. Es generalmente en los atardeceres frescos, cuando el crepúsculo de oro se filtra entre los ramajes aureolando extrañamente las hojas menudas, haciéndolas traslúcidas, ingrávidas, rutilantes unas como sutiles puñales, rojas otras como el fuego de las fraguas. Una paz inaudita y silenciosa desciende de los montes sobre el camino bermejo y sobre nosotros. Entonces es bueno dejar ir la cabalgadura a su paso natural y hundirse en la beatitud mística y maravillosa del momento; detenerse a veces para oír la música salvaje del monte, el traquear tremendo de la madera, el canto agorero de un pájaro, el chasquido misterioso de las hojas; detenerse también para admirar la belleza singular de un árbol que nos ha sorprendido entre todos o para aspirar el perfume acre de rastrojo que el viento nos trae en un momento determinado; detenerse para contemplar, con cierto contenido terror, esos trayectos de monte quemado que hay a los lados del camino, donde los árboles, truncos y tiznados, asumen actitudes prodigiosas, humanas y sobrehumanas: cristos crucificados que extienden los brazos negros en el aire, monjes brujos que rezan de rodillas sobre la tierra reseca, viejas paralíticas que se arrastran apoyándose en los codos, figuras descarnadas que huyen de un monstruos de diez manos… Todo esto, en el crepúsculo encantado, adquiere una vida loca y fantástica que nos hace estremecer un poco sobre nuestros galápagos.

De pronto, un campesino que arrea una yegua cargada de maíz, y su potranco peludo, nos alcanza. Con sencillez inenarrable, nos dice:

- Buenas tardes.

- Buena se la dé el señor –le contestamos, y seguimos en pos de él, hablándole de algo para espantar de nuestras almas la honda melancolía crepuscular. Y es que el camino, antes apacible y luminoso, se va haciendo trágico, a medida que anochece.

 

 

1921, Gotas de tinta