Aburrimiento, sustancias químicas y black metal

Por: John F. Galindo

Arte por: Madelena Escondida

“Gestos de autómata: levantarte, lavarte,

 afeitarte, vestirte. Corcho en el agua: ir a la deriva,

seguir el tumulto, deambular”.

George Perec/ Un hombre que duerme

 

Un mármol que creeríamos fluido y desprendiéndose por capas, que creeríamos flexible ante la presión de todo el universo a su alrededor, ha adquirido para siempre la forma de un cuerpo humano intacto en posición de equilibrio que la gravedad no altera y donde todo movimiento es igualmente posible. Me miro al espejo y floto, calculo la extensión de mis ojeras como un agrimensor que sueña las dimensiones de un viejo castillo medieval. Miro al techo, doy vueltas, voy a la cocina, me regodeo en mi propia abstinencia. El último viaje que hice fue al mar. Siempre voy al mar cuando las cosas se ponen duras. Cuando ya no sirve mirar por la ventana lleno mi vida de arena y listo. Como cloriquina para mi alma esa inmensidad calma mi temblor, arruga mis manos y alivia un poco el tiempo. Ahora estoy quieto, como si al estar quieto poseyera más capacidad de juicio, como K. tratando de advertir de qué se trata todo. Pero no pasa nada. Una pequeña superficie encierra dentro de límites bien marcados un espacio infinitamente vasto en donde nos unimos con las cosas, con los recuerdos, con las voces de otros que vinieron antes y donde nos separamos de ellas mismas por un efecto recíproco. Cosas fijas en la apariencia de un instante, como si no fueran vistas por nadie. Una casa entonces que se erige como un universo desprovisto de aventuras pero en donde suceden laberintos microscópicos escondidos en las grietas de sus paredes, en las infinitas avenidas que atraviesan los tapetes empolvados, en los hongos de los platos sucios que insisten en darle color a este otro paisaje.

Todas son imágenes que hieren y afectan el alma en su centro. Todo tuvo su origen en el aburrimiento, escribe Dostoievski al inicio de Memorias del subsuelo[1]. Doy vueltas en círculos, viajo a través del presente al presente. Me duelen las rodillas de no hacer nada y ya no hay Apronax 550 mg. que alivie este interminable suplicio. Escucho una canción que no entiendo, una canción oscura que hace que las articulaciones duelan más. La ansiosa batalla que se libra en mi cabeza es el indicio de su imperiosa labor. “La prensa del régimen de Corea del Norte ha admitido que Kim Jong-un no puede viajar por el espacio-tiempo”, leo y por primera vez en medio del encierro algo muy cercano a la tristeza se apodera de mí. La urgencia por alcanzar la insensibilidad frente al paso del tiempo: síntomas demasiado extendidos de una civilización que ha llegado a la cúspide de su ansiedad, que sitúa el trabajo por encima del ocio, el entretenimiento por encima de la contemplación, el estruendo por encima del silencio. Y todo porque cada vez somos más inútiles para el noble arte de soportarnos a nosotros mismos. Entonces luchamos contra el aburrimiento como enfrentados a nuestra propia sombra. Tomo pastillas, alucino, persevero en el rechazo de entender el arte como entretenimiento, imagino un live en el que me desnudo y canto en noruego una canción sobre un demonio que graba sus primeras notas al caer la noche. Me miro al espejo nuevamente y descubro un rostro y un cuerpo humano que viaja en círculos, un rostro que inspira al mismo tiempo que el deseo, el temor a acercarse a otro cuerpo por miedo a dañarlo y cuya extrema fragilidad siento intensamente, que casi transporta el ser a un lugar y a un instante particular en donde está cavada una tumba que espera por él. El universo ajeno al hombre, el universo escondido bajo la cama también proporciona imágenes así.

La abstinencia es una fiebre. La exploración de una vida de cifras, trámites y repeticiones también lo es. La fascinación por descifrar los arcanos que se esconden en el lenguaje del no-movimiento, el poderoso estruendo de una vida sin protagonismos revisten de cierto heroísmo el silencio. Quizá no haya nada que entender. Quizá no haya viaje aquí. Quizá el tema más aburrido de este mundo seamos nosotros mismos o el hecho de querer rescatar la riqueza de una vida atrapada en la monotonía; sin advertir que detrás de esa imagen los fantasmas de las emociones pasadas son ahora hermosos hombres y mujeres de negocios ataviados con sus mejores trajes en busca de sueños por aplastar, de hogares por desalojar, de vidas por aniquilar, mientras algunos pocos disfrutamos de esas paradisíacas playas en donde a diario se ahoga nuestra esperanza como especie. La desigual batalla contra el aburrimiento no se parece en nada al gesto de cubrir todos los espejos de la casa para no percatarnos de que nos volvemos viejos, se parece más bien a ese feroz viaje que emprende aquel que ha descubierto en su silencio el aterrador alarido de la soledad, la hermosa sentencia de que esta casa es ese viejo castillo inaccesible del que escribió Kafka, una casa como esa sensación de perderse o de estar tan lejos en alguna tierra extraña como ningún otro hombre antes que uno mismo, una tierra en la que el aire no tiene nada del aire natal, el castillo en el que uno puede asfixiarse de nostalgia y ante cuyas disparatadas tentaciones no se puede hacer otra cosa que continuar, seguir perdiéndose. Hay aquí un hecho aterrador: una sábana extendida, por así decirlo, sobre la cara de la soledad, que nos impide mirar a los ojos nuestra podredumbre íntima, el aburrimiento inaguantable de yacer en la tumba, para siempre en un solo lugar. He ahí el viaje, el camino, otra forma de saltar la barda y emprender el rumbo.

¿Cómo? ¿Qué te gusta pasear por montañas hermosas y por mares de muchos colores? A la mayoría nos gusta hacerlo por la red de alcantarillado esquivando ratas. Admito que yo tampoco puedo viajar por el espacio-tiempo sin ayuda de sustancias recreativas. Que entre más vueltas le doy al apartamento más me hago sombra, pared, moho, plato sucio. Hay otro viaje aquí, y no ese innecesario al interior de uno mismo, hay un viaje esquivo, un viaje lejano más allá del horizonte plano que observo a través de la ventana. Este es un ejercicio de consciencia, de esquivar a toda costa a mis amigos que aparecen en tantos canales y de tantas formas, hablando de cosas hermosas que no me interesan. La avalancha de entretenimientos, espectáculos y tantas cosas para ver en vivo me satura, la temporada de estrenos, y sustancias que consumimos para derrotar el aburrimiento me hacen mal. Ese telón que dejamos caer sobre el vacío como un tapabocas de colores divertidos me atemoriza. Escribo mientras mi piel y la canción de fondo cambian. Una mordaza de terciopelo para acallar la enormidad del bostezo. Pascal decía que toda la desgracia del hombre viene de no saber permanecer en reposo en un cuarto. La imagen de la torre de Montaigne, del espacio privilegiado en el que el escritor puede alejarse del mundanal ruido es una imposibilidad. Reviso mi teléfono cada diez palabras, me monto en la película, pienso en bañarme para aclarar mi mente, pienso en romper el espejo implacable que me devuelve tanto las ideas como las cosas, nuestra propia incapacidad. Nada es tan insoportable para algunos hombres como estar en pleno reposo, sin pasiones, sin quehacer, sin diversión, sin cuidado. Siento entonces su nada, su abandono, su insuficiencia, su dependencia, su impotencia, su vacío y me alimento de ese combustible para emprender mi camino. No mezclar la cloroquina con sulfato de sodio, no comer a deshoras, no drogarse en ayunas. Como me aburro en mi casa porque no me soporto, actúo como si no pasara nada ya y salgo a la calle a gritar que están coartando mi derecho a ser imbécil. Ojalá me gustara tanto hacer cosas como me gusta no hacerlas. ¿Cuándo podrán los niños salir a robar carteras como en Oliver Twist? En la nueva normalidad prometo terminar lo que nunca empecé. Y así, la gente va negando eso que en esencia son, somos.

A menudo el universo proporciona imágenes por el favor divino concedido al hombre de aplicar de una manera determinada el número, intermediario, como dijo Platón entre el uno y el infinito. No has aprendido nada de todo este asunto, solo que una voz gutural te dice desde el fondo de la habitación que la indiferencia no enseña nada. No desear ya nada. Esperar, hasta que ya no haya nada que esperar. Deambular por la sala. Dejarte llevar por las multitudes de ácaros que se esconden en tus cobijas. Seguir las brechas de los baldosines, el agua a lo largo de las ropas que se escurren en el tendedero, drogarse hasta no sentir dolor, hasta ser un número, caminar por los pasillos, rozar las paredes. Perder el tiempo. Aislar cualquier virus de humanidad. Salir de todo proyecto, de toda impaciencia. Permanecer descalzo, sin deseo, sin despecho, sin ambición.

Lo terrible siempre suele ser verdad.

 

 

[1] En donde también dice que vivir más de cuarenta años es una inconveniencia, algo inmoral y vil. ö