Al ritmo del campo: merodeos en la plaza de mercado Santa Rosa de Cabal

Por: Ángela Morales Chica

Arte por: Suaty Torres

El sudor, siempre presente, perfuma las macetas y los productos que cuelgan de los diferentes locales en la plaza de mercado de Santa Rosa de Cabal. A cada paso florecen las conversaciones y las ofertas. Aparecen los señuelos en forma de queso o panela y se venden insólitas antigüedades junto a una extraña colección de artesanías típicas colombianas. Mis sentidos reciben una avalancha de sensaciones, percepciones y estímulos mientras camino. El olfato percibe centenares de aromas y mezclas absurdas de papaya con cebolla o de tierra con hierbas medicinales. Los oídos miden el volumen, incapaces de asimilar el estruendo. Mi piel siente el calor que emanan las personas con las que me cruzo y la brisa que dejan al pasar. Las papilas gustativas se alborotan tratando de desear lo impensable: probarlo todo.

Es una plazoleta de frutas y verduras, de carnes y licores, de vida y movimiento. Allí, en un paradójico reguero ordenado, se acumula todo el trópico. ¿Alcanzan mis ojos a contar los colores? Es todo el arcoiris hecho piel, cáscara y pulpa, extendido en decenas de puestos, convertido en aguacate, tomate o maracuyá. El rosado en las mejillas de los caminantes, el naranja de las granadillas, el verde de los plátanos, el violeta de las espejeantes berenjenas y el rojo vivo de los tomates ansiosos por ser salsa o ensalada.

Este mercado, como muchos del país, funciona al ritmo del campo: le madruga al sol para empezar el día y se le adelanta a la luna para terminarlo. Ubicado a dos cuadras del parque principal del pueblo, cuenta con una construcción de estilo republicano y paredes que alguna vez estuvieron recién pintadas de verde esmeralda en su parte inferior. Lo que hace años fue una cancha de fútbol, ahora es uno de los sitios más diversos del pueblo; por ella pasan trabajadores de finca, adultos mayores y ejecutivos e, inclusive, policías y familias con niños.

Uno se puede imaginar el mundo interior del lugar desde que llega a una de las esquinas de la plaza. Los campesinos se reúnen en los andenes para intercambiar cachivaches, ropa, abarrotes y comercializar los productos que traen desde sus fincas. Viajan largos caminos en jeeps que, parqueados en los costados de la edificación, conforman una bella postal. Danger, Predator y El corcel son algunos de los nombres que decoran los vidrios frontales de vehículos amarillos, negros, rojos, verdes, naranjas y rosados. Para completar la imagen, un señor aparece con un atado de cebollas al hombro y las carretillas arrastradas por caballos llegan para quedarse.

Las motos están parqueadas y la gente se sube a los jeeps que ocupan ambas márgenes de la calle. Un joven con gorra verde y un viejito con costales se agarran fuertemente de la carpa negra de un carro amarillo mostaza, justo en la esquina que da paso a la cuadra de la estación de policía. En el otro lado, Isla de Capri abre sus puertas. Este es un negocio con sillas rojas y tres mesas de billar que entretienen a varios hombres de sombrero, quienes alzan su mirada hacia el mural de océano que decora la pared del fondo. Mientras observo esta escena, el olor a melaza mezclado con los gases que expulsan los exhostos de los carros grandes llega hasta mis pulmones.

Desde afuera se escuchan canciones de cantina con toda la potencia de los bafles: “mujeres como tú/merecen el desprecio”. Un niño recibe feliz una manzana por parte de uno de los hombres que vende frutas en un pequeño quiosco. Tres personas miran por los espacios de las rejas de un local cerrado, husmeando lo que hay dentro. Pancartas de política desentonan con las peluquerías y panaderías donde solo se habla de chismes de farándula. La plaza de mercado, en pie desde los años treinta, es una pequeña muestra de la vida del pueblo.

 

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No sé si es el olor a hierbas, la sonrisa que se asoma, la bienvenida de Libardo, o todas las anteriores, lo que me anima a ingresar en el local de este yerbatero. Huele a ruda, citronela, albahaca y manzanilla en esta pequeña bodega cuyas paredes empapeladas con matas, hierbas y cajas de productos me envuelven en un juego confuso donde no estoy segura a qué debo poner cuidado. Está ubicado en el centro de la plaza y es uno de los pocos que tiene un espacio amplio al frente para sentarse a conversar con los amigos.

La hierbabuena, el perejil, el apio y la caléndula, una flor amarilla que resalta entre los diferentes verdes, son los primeros productos que puedo tocar al acercarme al local de Libardo. Él tiene cincuenta años, su color de piel es ocre amarilloso, no tiene nada de pelo en su cabeza y una mancha oscura en el cachete derecho se arruga cada vez que habla. Trabaja hace más de veinticuatro años con las plantas y la medicina alternativa. El cliente que está en este momento le pide quinientos pesos de perejil y, después de agachar su cabeza en señal de agradecimiento, se retira para continuar con sus labores. Lleva más de veinte años aquí, pero antes trabajó con su madre en la galería de Pereira. Creció rodeado de plantas y siempre ha creído que lo importante no es vender el producto, sino saber para qué sirve cada uno y así ofrecer lo mejor a los clientes. Dice que trabajar con su madre desde niño fue la mejor enseñanza, porque así pudo conocer las propiedades y nombres de cada hierba mientras aprendía a leer y escribir en los primeros años de la escuela.

Trato de identificar más olores y me asombro con todas las formas que tienen las hierbas. El hinojo, por ejemplo, es alargado, con muchas ramificaciones y su tonalidad de verde es una mezcla entre pera y helecho. Me cuenta que este sirve para personas que alimentan bebés porque ayuda a producir leche. La hierbabuena le ayuda a las personas estresadas o que sufren de fuertes gripes y el perejil a mejorar la circulación. La alfalfa, la más costosa y la más difícil de conseguir, tiene calcio y sirve para las personas que sufren de anemia.

Este hombre reinventa a diario la retahíla de sus ofertas y se encarga de dejar bien claro a todos los visitantes que también vende esencias, jabones y menjurjes para la suerte, el amor y la fortuna. Diabetizan, Uña de gato, Pasuchaca, Rompequistes y Raizan son los nombres de las pequeñas cajas de colores perfectamente organizadas en una vitrina. Habla con propiedad y voz firme excepto cuando le pregunto la cantidad de plantas que tiene. “No estoy seguro. Más o menos 290 clases pero eso varía mucho”, dice.

Le llevan los productos cada lunes y miércoles. Cuando su hijo sale de la escuela y ha hecho las tareas, es la mejor compañía que Libardo puede pedir. “Nos gusta trabajar aquí porque sabemos que le ayudamos, con los productos que ofrecemos, a las personas que creen en la medicina alternativa”. Mientras me echa en una bolsa negra quinientos de hierbabuena, se despide y me recomienda seguir recorriendo los laberínticos callejones de este lugar.

No es solo su despedida la que me empuja a continuar caminando. La música de navidad en pleno octubre me alegra la mañana junto a la mezcla de ritmos en otra esquina que me pone a bailar al son de lo que toquen. Las palabras de la gente van quedando grabadas en mi cabeza: “una pichurria la semana pasada. Eh ave maría, ¡es que ese hombre!”, “casi se desnuca por voltear a ver”. Hasta los sonidos distantes logran su protagonismo. Recorro uno de los pasillos largos buscando el sonido de un martillo en la lejanía pero solo encuentro negocios que venden ropa, tecnología, licor, queso, panela, antigüedades y hasta una peluquería.

Huele a campo cuando me acerco a uno de los negocios que exhiben verduras. Todo lo que ofrecen los supermercados se consigue aquí y a precios que llegan hasta la mitad: a mil el kilo de lulo, a quinientos la libra de curuba y a ochocientos la libra de papa. Los cientos de vendedores, distribuidores, cargueros y cocineros, son un alma viva que deambula por la maraña que forman estos metros cuadrados; que cantan y gritan sus ofertas y que regalan un pepino de agua o un bocadillo. Don Rodrigo es uno de ellos. Sentado en una silla de aluminio, hace grata la compra porque está en su casa. Allí ha conocido a sus amigos, vio crecer a sus hijos y progresó bajo el signo del trabajo.

Se ve muy cómodo a pocos centímetros de los estantes verdes que sostienen cebollas de huevo, guanábanas, limones pajarito y mallas con diez naranjas cada una. Su delantal verde cubre la camisa de cuadros azules desabotonada hasta la mitad. El color gris de su cabello es el mismo del bigote que delimita sus labios gruesos y sus uñas largas son testigo de las horas que pasa trabajando con los productos que ofrece la tierra. Tiene tantas arrugas en su cara como verduras en su puesto y, concentrado en su labor, dice que a la plaza hay que traer de todo porque “lo que se expone se vende”.

Los pepinos de agua, que me cautivan por primera vez, son escasos y difíciles de cultivar. Tienen el grosor de un pepino de ensalada pero su color es verde transparentoso, con líneas verticales de un violeta oscuro. No tiene semilla, solo hay que lavarlo y morderlo. Me parece muy extraño pero don Rodrigo, entre risas, me anima a probarlo. Mientras desgrana mazorcas con una cuchara, recuerda que es una de las personas que lleva más tiempo en esta plaza: “hace cincuenta años empecé vendiendo plátanos en la puerta y ahora ya tengo mi negocio”.

Nos despedimos de un abrazo. Si alguien nos viera, creería que nos conocemos de toda la vida. Sigo el recorrido por este laberinto cubierto por techos de lámina y dividido por rejas. A mi lado pasa un señor que cojea, quien se agarra el bolsillo derecho del pantalón. Dos señores de pelo gris y caminado lento me miran a los ojos y asienten saludando, mientras comentan las nuevas reformas arquitectónicas de la edificación. Los sigue una señora vestida con falda de jean y camisa rosada que usa un bastón para no caer. Este sitio parece un museo andante.

Llego al local que me recomiendan para almorzar: “Donde La Mona”. Es uno de los pocos que invitan al caminante con un letrero en el pasillo. Pero, si somos sinceros, también es el único que no lo necesita. Todos conocen cómo llegar a donde Martha Lucia Londoño, más conocida como ‘La Mona’. “Hola mamita, bienvenida”, me dice. Se acerca, me da un beso en la mejilla y pregunta por toda mi familia, aunque no los conozca. Detrás de ella hay toda una obra alrededor de la comida. Los meseros gritan los pedidos, un ayudante sumerge los cucharones en las ollas hondas del sancocho y los frijoles, otra se encarga de asar la carne, otro de lavar los platos y uno último de preguntarle a cada uno de los comensales qué desea tomar. Es la hora pico y hay diez personas trabajando en la cocina.

Aunque está prohibido fumar al interior de la plaza, el olor de los cigarrillos ingresa por las rejas blancas que decoran las ventanas. A La Mona parece no importarle. Mueve sus caderas con sincronía y sonríe. Su pelo rubio y piel clara combinan con su delantal blanco. Al igual que los trabajadores que la acompañan, ella espera a sus visitantes, pero es la única que los recibe con los brazos abiertos. Yo saboreo el caldo cuando veo que lo sirven y disfruto el vaso de limonada hecha en aguapanela. Está fría, apenas para este calor. Sin dejar de consentir a los que comen, La Mona habla de plata con su hijo y sirve porciones de arroz. Cuando estoy almorzando pasa el señor que vende la lotería ofreciéndome comprar el número de la suerte. Lo siguen dos perros, ninguno de una raza en concreto. El primero es negro y el de atrás de un café desteñido. Miran a la gente comer esperando cualquier sobra de comida y, si tienen suerte, un pedazo de carne.

Una pared angosta divide la cocina del comedor. Una mesa grande en el rincón, cubierta por un mantel plástico, reúne a personas que no se conocen pero que comparten el espacio con un objetivo en común: degustar la sazón tradicional del eje cafetero preparada por las manos de La Mona. Todo está limpio y ella se asegura de pasar sonriente por las mesas preguntando cómo les parece su comida y qué tal están todos en la casa. Confía plenamente en las personas que le ayudan y les tiene paciencia, pues se los aguanta gritando pedidos durante las dos horas que sirven almuerzos.

El menú varía cada día. A la hora del desayuno venden hígado encebollado, caldo de pajarilla, calentado de frijoles, tamales y morcilla. Uno de los platos más solicitados es el cacheo, como le dicen a los órganos de vaca fritos, picados finamente y servidos con arepa de maíz. Disfruto un sancocho y la conversación con La Mona. Para ella, “la clave del sabor no es tanto el adobo, sino la forma de atender. A la gente le encanta lo que uno le sirve”. Ofelia Londoño, su madre, fue quien inició con el restaurante hace más de cincuenta años. Cuando dejó de trabajar le heredó este negocio a quien se lleva hoy el crédito de la comida más rica de la plaza.

El restaurante ocupa el tamaño de cuatro locales normales, de los cuales dos son cocina y los otros son comedor. Un arco de madera los separa y las sillas rojas decoran las paredes blancas donde se para una que otra mosca mientras la gente almuerza. No es el único comedero de la plaza, pero sí el que tiene más movimiento. La diferencia es que donde La Mona no está permitido llenarse, ella siempre quiere que uno coma más.

Por eso la aromática que me tomo al salir cumple su cometido. Es perfecta para bajar la pesadez de tanta comida. Combina los sabores de la plaza, desde hierbas innombrables a la sencillez del campo que viene todos los días a encontrarse con la ciudad. Sabe a la combinación de muchos ingredientes, siguiendo la filosofía popular de agregar a la olla todo lo que está a la mano, porque nadie sabe qué pueda pasar mañana. Así funciona con el sancocho y con otros platos de la cocina colombiana. Me dan ganas de perderme en los callejones de esta plaza y ser una más de este pequeño mundo gigante.