Caminaba lentamente arrastrando su carrito de balineras lleno de objetos reciclables. El tráfico la obligaba a mantenerse lo más cerca posible del andén, pero igual ocupaba medio carril, sin dejar que ningún carro transitara detrás de ella. Su cabello era blanco, enmarañado y largo. Su espalda estaba encorvada. Vestía un suéter gris, falda café, medias de lana y zapatos negros perfectos para aliviar el cansancio de la vejez. Hacía frío, pero su lento andar no le permitía notarlo.

Al rato la alcanzó un camión blanco. Los hombres que recogían la basura corrían delante del camión y tomaban las bolsas para lanzarlas dentro del mismo. Debían cumplir un horario e iban atrasados. Para el consuelo de todos, el desvío que debían tomar estaba cerca, lo cual hizo que el conductor bajara la velocidad para esperar a que la vieja cruzara el semáforo y así poder recuperar su ritmo habitual; mientras tanto, sus compañeros aprovecharon el breve descanso para charlar.

Cuando el semáforo por fin cambió, la anciana dobló a la derecha, tomando la misma vía que el camión debía seguir. La calle era angosta y no había posibilidad de sobrepasarla sin subirse al andén. El conductor sintió una punzada de desespero y frustración. Cada minuto más en su trabajo era un minuto menos con su familia. A los pocos metros la anciana se detuvo y comenzó a hurgar entre un montón de bolsas apiladas junto a un poste. Debía seleccionar muy bien los artículos que se iba a llevar, pues el objeto equivocado podría significarle menos dinero. Los hombres del camión la esperaron sin atreverse a ayudarla. Entendían su trabajo, y con cansancio y paciencia la miraron. Para el conductor la historia era diferente. A causa de su horario se estaba perdiendo de la compañía de su hija. Llevaba meses sin escuchar sus historias y sin ayudarla a hacer la tarea. Trabajar de noche le estaba quitando todo lentamente; así como a cada inhalación perdemos un segundo de vida y nos acercamos a la muerte.

Los carros comenzaron a amontonarse detrás del camión, algunos ya habían empezado a pitar. Las personas que iban dentro no podían comprender cómo podían llevar tanto tiempo sin moverse y les parecía inaudito que los trabajadores estuvieran parados en la calle sin hacer nada. En la fila de carros había un furgón blanco. El hombre que lo conducía llevaba un sombrero de pescador, gafas de marco redondo, una chaqueta verde militar y una camisa polo azul rey. Tenía el mismo bigote desde que conoció a su esposa, solo que ahora sin su color original. Dentro de su furgón cargaba con suficiente material como para envolver todo el Palacio de Justicia con su peor máscara. Por fuera llevaba dos pendones del tamaño de las paredes del furgón, mientras que en el techo había construido un par de estructuras metálicas rectangulares que le permitían agregar un poco más de información. De estas estructuras se sostenía un maniquí que descansaba sobre la cabina. El hombre miraba hacia el horizonte, atento al camino que se le presentaba.

Algunos curiosos tomaban fotos del furgón y llenos de indignación las subían a sus redes sociales con el propósito de promover la denuncia al viejo. Él, acostumbrado a dichos gestos, continuó escuchando su emisora favorita sin percatarse de la llegada de un par de policías que lo miraban a una distancia prudente, tratando de determinar qué tan peligrosa era su presencia en aquella cuadra. Curiosamente ninguno de los dos policías se preguntó por los motivos del trancón, ni por el camión de basura que parecía detener el paso, ni por la anciana, ni por la presencia de ninguno de los otros carros allí presentes.

Cerca de los policías se encontraba el hijo de un coronel del ejército en su Porsche 911 Carrera. Acababa de salir de tomarse unos tragos con sus amigos provincianos y se dirigía a casa. Escuchaba música electrónica a todo volumen y fumaba marihuana. Desesperado pitaba insistentemente y sacaba la cabeza por la ventana para ver qué lo detenía. Cuando vio a los policías les exigió hacer su trabajo, pues no podía creer que estuvieran parados allí sin mayor quehacer. Los policías notaron que estaba alterado debido al consumo y combinación de diferentes sustancias, así que le pidieron sus papeles. Al ver el apellido del joven decidieron dejar pasar de largo su estado y se encaminaron a revisar qué era aquello que estaba deteniendo el tráfico.

Mientras los policías se acercaban al camión, éste comenzó a moverse. Con la satisfacción de un trabajo que se había hecho solo volvieron a prestar atención a su misión inicial. En la espera el joven se había quedado dormido, los efectos de las sustancias en su cuerpo lo habían aniquilado. Detrás de él iba un bus viejo y destartalado, de aquellos que tienen sillas de tela sintética con patrones escoceses, palanca de cambios adaptada al gusto y satisfacción del conductor y una división entre el conductor y los pasajeros con calcomanías del divino niño, el sagrado corazón de Jesús y algunos tigres protegiendo la fe de todo mal. Quedaban muy pocos buses como éste en la ciudad, pues las políticas del sistema integrado de transporte nunca terminaron de implementarse. El conductor, emocionado al ver el movimiento, aceleró sin fijarse en el carro frente a él. Como era de esperarse, el bus chochó con el carro, el joven se despertó y un nuevo motivo para mantener la quietud surgió.

Alterado, el joven comenzó a amenazar al conductor del bus con quitarle su licencia y destrozar su vida laboral por siempre. Tomó fotos de la placa del bus para asegurarse de su caída. El conductor, molesto y cansado, se bajó con cruceta en mano. Acostumbrado a este tipo de peleas no usó mucho de su energía para mostrarle al joven toda su fuerza, pero éste, aún más alterado, comenzó a hacer un live video en sus redes sociales, pues este era el tipo de problemas que su preciada ciudad tenía, y que debían ser erradicados completamente para poder ser un poco más parecidos a las ciudades europeas que a él tanto le gustaban. Los pasajeros se bajaron del bus a grabar el alboroto. Las opiniones acerca de lo ocurrido estaban divididas, algunos estaban de acuerdo con el joven, mientras que los otros apoyaban al busetero. Uno que otro ser diplomático intentaba ver con buenos ojos ambos lados, pues no podían soportar la polarización.

Mientras tanto, la anciana se detuvo de nuevo en un poste donde había una caja llena de cajas y otros objetos de cartón en buen estado. Ignoraba el alboroto y el trancón. Ignoraba esas necesidades humanas de probar la hombría y la valía por medio de demostraciones físicas. Comenzó a sacar lentamente cada pieza de la caja para revisarla y compararla con los objetos que ya tenía en su carrito. Encontró algunos cartones gastados por el tiempo y el uso excesivo que les habían dado; otros estaban como nuevos, pero la calidad no era la mejor; algunos pocos eran perfectos para la venta así que los tomó y los acomodó lo mejor que pudo. Continuó revisando la caja y se encontró con varías piezas de plástico en buen estado, no sabía muy bien qué podría hacer con ellas, pero igual las tomó esperando ganar unos pesos extra.

Atrás, la pelea ya había menguado. Los policías se vieron obligados a intervenir, dándole la razón al joven pues no querían terminar en aprietos con la persona equivocada. Ya conocían muchas historias de jóvenes policías y militares que aparecían muertos por no seguir las órdenes o por denunciar a aquellos que estaban actuando de forma incorrecta. El conductor del bus se vio obligado a darle parte de sus ganancias del día al joven para que reparara su carro; los pasajeros volvieron a sus asientos y olvidaron el asunto al sentir el motor prenderse. Detrás del bus iba un Renault 4 color rojo. El dueño lo utilizaba como tienda ambulante de dulces típicos. Algunas personas detrás de él se le habían acercado para comprarle algo, pues el trancón se había juntado con la hora de la comida. Aprovechando la situación, el hombre apagó el carro, abrió el baúl y se dispuso a vender.

Unos cuantos vehículos detrás del Renault, venía una chiva adaptada para fiestas. Por fuera habían dejado intacta su estructura original y sus pinturas de paisajes, animales y elementos típicos de la región. Por dentro, le quitaron las sillas, dejando sólo las necesarias en los laterales para que las personas se pudieran sentar, haciendo posible que en el medio sólo quedaran un par de tubos que ayudaban a los pasajeros a sostenerse mientras bailaban. Para agregar un poco de iluminación, instalaron luces que cambian de color en su techo, haciéndola lo más parecido a una discoteca. Algunos estudiantes de los últimos años de colegio la alquilaron para celebrar que no perdieron el año escolar. Entre tragos y bailes uno de ellos se dio cuenta de la falta de movimiento. Cuando miró por una de las ventanas notó que todas las personas delante de ellos se habían bajado de sus carros y estaban conversando. Así que les propuso a sus compañeros llevar la fiesta a la calle. Uno a uno se bajaron y entre copas y risas se tomaron el anden y comenzaron a bailar.

Sorprendidos por el agite de la noche, los dos policías se acercaron a la chiva para reactivar la movilidad de la calle. Justo en ese momento estaba sonando una canción de moda que ya había sido considerada una afrenta contra las autoridades en otra ciudad del país. Entre alcohol, baile y risas los policías se vieron obligados a llamar refuerzos, pues solos no podrían lidiar con el grupo de colegiales. Para suerte de los uniformados había una estación de policía cerca en donde sus compañeros se encontraban descansando. A los pocos minutos del llamado aparecieron tres motos con dos agentes en cada una andando por la acera a toda velocidad. El número de policías asustó a los jóvenes, pues había algunos menores de edad entre ellos, obligándolos a seguir la fiesta dentro de la chiva y evitar posibles altercados. Al ver lo que estaba sucediendo con la chiva, el conductor del Renault 4 cerró su negocio y se dispuso a continuar su camino, pues no hace mucho habían multado, con una suma irrisoria, a un grupo de personas que se encontraba comprando unas empanadas en la calle. Lo bueno es que estas ventas extraordinarias le permitieron ganar la suma necesaria para hacerle mantenimiento a la caja de cambios de su carro que hace un par de meses funcionaba mal.

Después de una larga espera, la fila de carros recobró movimiento. Como parecía una eternidad la cantidad de tiempo en pausa, el alivio entró en los corazones de muchos. Doblando la esquina se encontraba un bus biarticulado rojo marca Volvo lleno de personas provenientes de diferentes partes del país. En sus ventanas se veían calcomanías que decían "soy nuevo", mientras que los neumáticos se veían gastados y lisos por el uso que se les habían dado después de tantos años de servicio. La dificultad de la curva, más el tamaño del bus y el peso que llevaba, multiplicado por el cansancio de sus pasajeros, hacía que la maniobra fuera imposible. Dada la dificultad del giro, la maestría del conductor y  la presencia del bus en una calle ajena a la vía que le correspondía, algunos peatones decidieron grabar la situación y otros investigar los motivos del cambio de ruta.

En ese momento una mujer joven, feminista, activista, ambientalista, vegana y protectora de los derechos humanos y de los animales, se encontraba caminando hacia la estación más concurrida del Transmilenio, donde sus compañeros se encontraban protestando por el mal servicio del sistema. Ella aprovechó ese momento, se tapó la cara con una pañoleta verde y grafiteó las ventanas del bus con estadísticas sobre los costos económicos y ambientales que el sistema le estaba costando al país y a la humanidad. El conductor no podía detenerla de ninguna manera, así que siguió conduciendo sabiendo que esa noche a algún compañero le tomaría horas limpiar el bus hasta volver a dejarlo como nuevo. Para cuando el biarticulado terminó de hacer el giro, la joven ya había acabado y continuó su camino a la protesta con una sensación de realización en el pecho; la noche había valido la pena.

Terminado el giro, el biarticulado rojo no pudo avanzar demasiado pues algo detenía de nuevo la fila de carros. Más adelante, un grupo de habitantes de calle aprovecharon el desorden y comenzaron a cobrar peaje a los carros particulares que se encontraban en la vía. La dinámica era simple, a cada lado de la calle se paraba uno de ellos agarrando un extremo de una cuerda improvisada, que bajaban para dejar el carro pasar apenas el particular les entregaba algo de dinero. Otros dos habitantes estaban pendientes de la posible llegada de la policía, así podrían salir corriendo en caso de ser necesario. El último de ellos estaba encargado de generar miedo, tenía un pedazo de madera en la mano y se acercaba a los carros con mirada misteriosa con el fin de sacarles el mayor dinero posible.

Adelante, la anciana se había encontrado con una bolsa llena de ropa. Comenzó a probarse las prendas que más le gustaban, pues era muy raro conseguir ese tipo de tesoros en la calle. En medio del bulto encontró un vestido perfecto para la primera comunión de su nieta, sólo debía lavarlo y hacerle un par de remiendos para que quedara como nuevo. La situación exasperó al conductor del camión blanco, pues ya era suficientemente estresante no poder sobrepasarla como para que comenzara a medirse ropa en la mitad de la calle. Sus compañeros sintieron la misma necesidad de pedirle el favor de que avanzara, ya iban retrasados más de una hora y el cansancio comenzaba a asentarse sobre sus cuerpos. Uno de ellos decidió acercarse a ella y pedirle el favor de continuar, pero justo cuando lo hizo vio que la anciana sacó de la bolsa un bléiser para hombre en muy buen estado, así que se dio la vuelta y llamó a su compañero con la mano para que se acercara a ver.

Uno de los habitantes de calle se había aburrido del peaje y se puso a caminar hacia donde estaba la anciana. Vio que ella y los dos hombres estaban revisando la bolsa con ropa y decidió esperar a que terminaran para mirarla también. Emocionado la agarró y se devolvió a donde estaban sus compañeros, quienes perdieron completo interés en el peaje y el trafico volvió a fluir. Mientras ellos revisaban la bolsa y contaban el botín, una volqueta vieja pasaba junto a ellos. El peso de los ladrillos acomodados a sólo un lado del platón generaba la impresión de que en cualquier momento iba a volcarse. Las personas que iban a pie, en moto y en bicicleta evitaban pasar a su lado, pues les daba miedo que esa mole les cayera encima tal como había sucedido algunos años atrás cuando un camión que cargaba una excavadora cayó sobre un bus escolar matando a la mayoría de sus pasajeros. La tragedia había quedado profundamente grabada en el inconsciente colectivo de los ciudadanos, haciendo que hasta los vecinos curiosos que vivían en aquella cuadra se asomaran con preocupación.

Un viejito amargado que había presenciado cada instante del trancón se percató de un carro que tenía los vidrios completamente empañados. La situación le pareció extraña pues no estaba lloviendo y no encontraba ningún otro motivo lógico para que fuera el único carro de la cuadra con esta característica. Indignado y lleno de repugnancia decidió salir de su casa para hablar con los pasajeros del carro. En el trayecto de bajar las escaleras, abrir la puerta y volverla a cerrar, los peores pensamientos pasaron por su mente. No podía creer el nivel de decadencia y pecado al que había llegado la sociedad. Al llegar a la puerta del conductor tocó con insistencia la ventana hasta que finalmente logró que la abrieran. Para su sorpresa una mujer con ojos somnolientos apareció al otro lado del cristal. Ella y sus dos hijos se habían quedado dormidos mientras esperaban a que la fila de carros se moviera. Arrepentido y tratando de esconder su error le dijo a la señora que ya era posible continuar y que disculpara las molestias.

La mujer aún medio dormida y un poco sorprendida por la amabilidad del viejito le agradeció y le ofreció una sonrisa. A los pocos minutos recibió una llamada de su esposo, preocupado por su familia, ya que debían haber llegado antes que él a casa. Justo en el momento en que ella se disponía a colgar pasó una moto y le arrebató el celular de las manos. Como era de esperarse, los ladrones motorizados aprovecharon el trancón ya que la policía estaba ocupada en otros menesteres. Ya habían robado un par de carros y transeúntes curiosos que llevaban el celular en las manos. El viejito observó la situación con desaprobación y se devolvió a su apartamento mientras se persignaba pidiéndole a Dios que salvara a la sociedad del infierno.

La pareja que iba detrás de ella venía en un Jeep Willys de los cincuenta, y parecía llevar una casa entera. Aunque era común encontrarse con vehículos cargados de diferentes artículos del hogar, este llegaba a niveles extravagantes, pues en él se había logrado acomodar una nevera, una cama matrimonial, una lavadora, más todas las maletas y objetos pequeños que se acomodaron de la mejor manera posible dentro y fuera del mismo vehículo. Como llevaban mucho tiempo sin moverse, el Jeep debía realizar un gran esfuerzo para arrancar. Dado el peso que llevaba y su aceleración, el carro se paró en sus ruedas traseras y avanzó algunos metros de esta manera. El hombre ya estaba acostumbrado a esto pues cada año picaba su Willys en diferentes ferias de pueblo de la zona cafetera, pero para la sociedad capitalina esto era toda una novedad digna de aparecer en las redes sociales.

Algunas personas le pidieron al hombre volver a realizar la proeza con el fin de tener la oportunidad de subirla a sus historias de Instagram. Sin embargo, el hombre sólo saludó a los curiosos y siguió su camino. Poco tiempo después comenzó a sonar la sirena de una ambulancia, que había tomado esa calle porque normalmente era un buen atajo para llegar más rápido a las embajadas que quedaban en la “zona rosa” de la ciudad. El conductor llevaba en la parte de atrás a un par de hombres de la inteligencia del país, quienes cargaban consigo documentos con información sensible enviados por el presidente de la república para ser entregados de inmediato al embajador de Estados Unidos. Debido a las dificultades que el tráfico de la ciudad representaba, las ambulancias se habían convertido en uno de los medios más rápidos de envío de documentos oficiales provenientes de la presidencia. El problema era que el presidente dejaba a la ciudad sin ambulancias para atender las urgencias médicas.

Al percatarse de la dificultad del tráfico en esa calle, el conductor intentó retroceder para tomar otra vía, pero detrás de él ya se acumulaban varios carros dejándole muy pocas opciones de movilidad. Los hombres de inteligencia comenzaron a presionarlo pues no había tiempo para detenerse y era precisamente por eso que lo habían llamado a él. Agobiado, el conductor de la ambulancia comenzó a hablar por el parlante; algunos carros lograron orillarse un poco, pero el espacio no era suficiente para pasar. Afanado y estresado el conductor decidió manejar por el anden, haciendo caso omiso de todas las normas que debía cumplir y consciente de la posibilidad de perder su trabajo, pues la tarea de envíos puerta a puerta era clasificada y el gobierno nacional no podía protegerlo.

El conductor de la ambulancia comenzó a adelantar los vehículos estancados con la mayor destreza posible. Él pensaba que el fin del trancón iba a estar cerca y que el estancamiento tenía relación con algún choque irrelevante entre dos carros; situación que evitaría una posible multa de tránsito. Sin embargo, para su sorpresa, la fila de carros era más larga de lo que se imaginaba. En el camino se encontró con la pareja del Jeep, la cual parecía estar discutiendo por algún motivo hogareño y de absoluta irrelevancia para el conductor de la ambulancia, pues para él estaba muy claro que cuando se lleva el hogar a cuestas, los problemas no se quedan en el último puerto, sino que viajan con uno como hilos del destino imposibles de cortar. Frente a ellos iba la mujer con sus dos hijos que lloraban descontroladamente, mientras ella trataba de resolver algún problema desconocido para él.

El viejito amargado, viendo como la ambulancia violaba las normas de tránsito, decidió alejarse de la ventana e irse dormir. Total, ya era tarde y no valía la pena ver tanto pecado acumulado en una sola calle que le quitaba su paz interior. Además, su hora de dormir se había pasado, alterando sus hábitos diarios perfectamente cronometrados después de tantos años de repetición. Cuando la ambulancia pasó por encima de la cuerda del peaje, hizo que los hombres de inteligencia se sacudieran violentamente en la parte de atrás. Molestos le exigieron mayor cuidado al conductor, quien sólo pudo ignorarlos, pues estaba tratando de determinar cómo iba a pasar junto al biarticulado rojo sin dañar su propio vehículo. Afortunadamente, el chofer del bus escuchó la sirena de la ambulancia y, asumiendo que era algo serio, se montó al otro anden para abrirle paso. El espacio seguía siendo muy pequeño para pasar de forma tan acelerada como a la que iba, pero era más que suficiente para continuar un poco más despacio sin perder el ritmo.

Algo similar sucedió con la chiva. Mientras su conductor maniobraba para darle paso a la ambulancia, los colegiales continuaban bailando y bebiendo sin percatarse de lo que estaba sucediendo a su alrededor. Sobrepasado este obstáculo, pasó rápidamente junto al Renault 4, el bus viejo (quien afortunadamente estaba acostumbrado a este tipo de percances en la vía) y el Porsche 911 Carrera. Cuando se encontró con el furgón no pudo evitar el deseo de verlo detenidamente. Su presencia y estructura era tan extraña como particular, incluso le hizo cuestionarse sobre el contenido de los papeles que estaba transportando y si tendría algún tipo de relación con el asesinato de tantos jóvenes dentro y fuera de las fuerzas armadas con el fin de demostrarle resultados a un país tan cansado de la guerra y la violencia. La reducción de velocidad alertó a la inteligencia presente en el vehículo y le llamaron la atención, obligándolo a concentrarse de nuevo en su misión.

Para cuando logró alcanzar al camión blanco se dio cuenta de lo cerca que estaba del final del trancón, pues no se veía ningún otro carro en frente. El conductor del camión miró por el retrovisor a la ambulancia y le hizo una seña indicándole que esperara un momento. En ese instante apareció la anciana doblando hacia la izquierda. Ya había conseguido todo lo que necesitaba y se dirigía hacia su punto de recolección de materiales reciclados habitual. Esa noche había logrado hacerse de un botín particularmente bueno que le permitiría comprarle a su nieta una cadena con un dije de Jesús en la cruz en alguna de las tiendas de compraventa de la zona. Contenta, la anciana despejó la vía y, por primera vez en toda la noche, el tráfico fluyó con normalidad.