Mi nombre es Lucía Vargas Caparroz y empecé a viajar como mochilera por Latinoamérica en noviembre de 2015. Salí de Buenos Aires y llegué a Colombia en junio de 2016. Ese primer paso fuera de la zona de confort me llevó a entender que la curiosidad siempre debe ser mayor que el miedo y que aventurarse a ver el mundo implica percibir la búsqueda literaria no solo como un viaje espiritual sino también corporal.

El movimiento constante y mi presencia como testigo provocaron una nueva actitud de escucha. No soy periodista y nunca arribé al otro con la intención de entrevistarlo, pero las preguntas espontáneas despertaron esos testimonios que incitaron una fascinación extraordinaria: no solo estaba descubriendo las historias de los demás, sino que también me descubría y construía desde ellos.

La generosidad de los extraños anidó en lo que decidieron contar y en el acto de iluminar aquellos lugares oscuros dentro de mí, que ni siquiera sabía que existían. Escribir un diario de viajes no es más que eso: atravesar caminos y enfrentarse al encuentro incesante de lugares y personas que te revelan lo que olvidás o ignorás.

Algunas veces me costó superar la torpeza de abordar a alguien para descubrir lo que tenía para decirme. Creo que el ejercicio más honesto fue permitirnos sondear a la par en ese encuentro espiritual que implica la conversación. Construir un texto desde el aporte de voces ajenas es un gran desafío: elegir el tono para que la historia sea contada como merece ser contada, respetar la atmósfera que se tejió a lo largo del encuentro y la charla, es arriesgarte a exponer esa complicidad invisible gestada en comunión.

El ejercicio de llevar un diario de viajes está sujeto a lo que uno trata de hacer desde su compromiso con la escritura, con uno mismo y con el otro; sabiendo que no podremos decir siempre todo y entendiendo lo incompleto como parte de lo que aún no podemos captar del mundo. Escribiendo y viajando, me di cuenta de que mi búsqueda pasa por establecer lazos, por el contacto, porque son los que me ayudan a entender las cosas de una manera distinta. La voz del otro otorga perspectiva e incluso (si tenés suerte) te hace dudar de aquellas nociones que considerabas evidentes. A fin de cuentas, el motor siempre es el privilegio de acercarse con la inocencia de lo incierto.

Tantas veces me he preguntado qué aporto desde lo que escribo y creo que la lectura me lo viene respondiendo: contar desde la necesidad y el deseo de escribir, desde lo que nos mantiene en movimiento y nos lleva hasta el límite de sacar todo lo que tenemos adentro, contar desde lo inagotable e inacabado que hay en nosotros, en los demás, en el mundo. Un diario de viajes es tu visión más íntima sobre la naturaleza de las cosas, es un intento de entender lo que presenciaste y percibiste mientras el mundo te abordaba o vos abordabas el mundo.

La verdadera ambición (tal vez demasiado utópica) de este ejercicio es conjeturar a través de la escritura, intentando tantear aquella verdad que siempre se nos escapa, inasible. El maestro Alberto Salcedo Ramos dijo una vez que contar historias es una forma de pelear contra el olvido. Nos debemos esa lucha. Nos merecemos el compromiso con la identidad forjada a través de la historia, reconstruida desde la pluralidad de voces. Nos merecemos confiar en aquello que rescatamos como acto de memoria.

Recordar y contar no es recapitular hechos de manera objetiva, es nombrarlos desde lo que crees que pasó o desde lo que reconstruís que pasó: en el mismo ejercicio de recordar se esconde la subjetividad, la ficcionalización desde la omisión y la recreación. Me entusiasma pensar que todo testimonio es una pequeña conquista del recuerdo, manifiesta sobre ese territorio oscuro y recóndito que es el pasado. Mi compromiso en el acto de escribir y publicar un diario de viajes está en indagar sobre aquello que ignoro, apropiándome de lo único que puedo hablar ahora. Hay que aceptar cuando la palabra te convoca.

 

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Fragmento de diario de viajes por Latinoamérica. La Paz, Bolivia, 31 de enero de 2016

 

Junto al hostel, esa misma tarde, conversé con Álvaro, sentados en la puerta de su galería. Estaba contándole sobre esos fetos de llama que vi disecados en el mercado de las brujas. Le pregunté para qué servían y fue la puerta para una de las historias más fuertes que escuché hasta ahora.

Acá en Bolivia, La Pachamama es muy respetada y honrada. Cada primer viernes del mes se colocan ofrendas en una mesa que oficia de altar en cada casa creyente. Hay desde estatuillas de animales, hasta confites y réplicas de billetes. Lo que se ofrece se ha comprado por el dueño de casa y debe ser sahumado y bendecido. Sino, tiene que ser regalado por alguien que te desee el bien, la buena fortuna, el dinero, el trabajo, la salud, el amor, y lo represente en una alasita (reproducción miniatura del símbolo, entiéndase: billetes, animales de porcelana, botellitas, confites). Es importante saber que cada gran paso en la vida de uno o de todos los miembros de una familia, debe ser acompañado de un rezo y una ofrenda para la protección. Se busca la aprobación de la madre tierra, su consentimiento es la clave de un buen porvenir. Por eso, la construcción de una casa debe ser respetada desde los cimientos.

—Se hace un hueco en la tierra y se crema el feto— Álvaro lo dice en un tono neutro, casi como si fuera algo natural. El tono de su voz cambia cuando continúa su relato, —Eso en las casa de familia, pero dicen que aquí, en la ciudad, al tener los cimientos listos para un edificio, se entierran personas vivas—.

Se me puso la piel de gallina. Insistí.
— ¿Cómo personas vivas?— Necesitaba saber más. — Aquí en La Paz existe mucha pobreza, mucho indigente. Y existe un lugar que ellos conocen en donde pueden recibir comida y agua mezclada con alcohol. Todo se ofrece a través de un hueco en la pared. Ellos saben que van a morir. Es un lugar para eso. Cuando se construye un edificio, se reúnen indigentes que acepten comer y beber en los cimientos hasta que la borrachera los duerme y son enterrados vivos… Claro que es un mito urbano, no se sabe si es verdad— dice Álvaro, como intentando volver al siglo XXI desde un salto en su discurso. Pero algo en sus ojos me dice que, en el fondo, no duda de estas cosas. Tardé un rato en poder decir algo. Pensé en todo lo que había escuchado en el museo. La tradición de los sacrificios humanos siempre ha sido así: personas que eran elegidas, que eran sometidas a beber y a inhalar rapé hasta quedar en un estado de sueño o coma alcohólico, para ser enterradas y sacrificadas. Todo era visto como algo necesario, como parte de un ciclo fundamental que daba sentido a las cosechas y así, a la vida de toda la comunidad.

Entonces, ¿cuál es la diferencia entre aquellas momias que vi en el museo y estas personas indigentes fallecidas en construcciones? ¿Cuánto puede modificarse o no una cultura desde sus primeras tradiciones? ¿Cuál es el límite entre el derecho y el deber?

 

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Fragmento de crónica de viajes a Santa Marta, Colombia, publicada el 4 de octubre de 2018 en El Espectador

 

Bahía Concha es una de las primeras playas del Tayrona, parque nacional natural compuesto por 15.000 hectáreas, de las cuales 3.000 son marinas. Está ubicado en la Costa Caribe, al norte de Santa Marta, a 34 kilómetros de la ciudad. Dentro de esas hectáreas, conviven varios ecosistemas: matorral espinoso, bosque seco tropical, bosque húmedo y bosque nublado. Es fácil sentir los cambios de un tipo de bosque a otro mientras avanzás caminando.

Ese día que subimos desde la entrada de El Zaino hasta Cabo San Juan, supimos que nuestros cuerpos podían resistir varias temperaturas y ecosistemas en trayectos de dos horas y media (uno para ir y otro para volver). El sendero tiene la belleza de las cosas que van por dentro: atravesar el verde escuchando el mar de fondo fue adentrarme lentamente en un estado de paz que no recordaba.

Nunca voy a olvidar nuestra peregrinación: la imagen de la espalda de mamá, cargando el sol del caribe en el rojo ardiente que hierve la piel blanquísima; sus pasos lentos, siempre en silencio, y esa ampolla en el tobillo derecho que no podré dejar de ver y que me hablará de una marca ancestral que existe desde que la cultura nos enseñó a soportar y que durará más de lo que lastima ahora.

Llegar hasta el mar, cerrar los ojos y sumergirse bajo el agua, sentarse en la arena, sentir el olor a sal en la piel y ver cómo las olas llegan y se van es encontrarme con una parte del hogar en un lugar nuevo. Tal vez volver a casa sea eso: encontrarla en los lugares que se nos revelan como tesoros inéditos y ocultos. Sentir que aún no descubriste el lugar en donde querés estar y pensar que puede ser el que viene, ese que está un par de kilómetros más arriba, a un viaje de distancia, es entender que la búsqueda es eterna e infinita y que, a la vez, es siempre aquí dentro, en tu presente. Y encontrar en los lugares nuevos un pedacito de los lugares que perdimos, es reconocer que nunca nos fuimos: que están presentes en la memoria de lo que somos.

Ver a mi mamá caminar junto a mí, verla sumergirse y reaparecer en ese mar sanador, fue hacer de mis recuerdos nuestro presente, fue resignificar el espacio nuevo para amarlo como si fuese el de siempre: la playa del sur, donde me crié. Entender que nunca nos fuimos es parte de sentirnos siempre en casa, estemos donde estemos.

 

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Fragmento de diarios inéditos. Trelew (Chubut, Argentina), enero de 2019. Parada de emergencia, antes de regresar a Buenos Aires.

 

Subirse a un avión no tiene mayor complejidad que la de avanzar por una rampa, atravesar la puerta, ubicarse en el asiento, abrocharse el cinturón. Los actos se suceden mecánicos porque la memoria del cuerpo reconoce el protocolo. Viajo en avión desde chica y seguro hubo algo de esos recuerdos en los movimientos tranquilos que me hicieron avanzar con total seguridad aquella tarde. Trato de pensar en todos los aviones a los que me subí en estos 31 años y no puedo sacar la cuenta. Creo que nunca me detuve a pensar en ese número que hoy podría significar una probabilidad o una estadística: por cada tantos vuelos, existe la posibilidad de que el motor falle.

La voz del piloto nos dio la bienvenida, anunciando que Aerolíneas Argentinas supuestamente nos llevaría desde la ciudad de Comodoro Rivadavia hasta Capital Federal. Sería un vuelo de cabotaje como cualquier otro, 2 horas de duración aproximadamente. Pero a este servicio lo cubrirían con un avión de Austral. Un avión viejo, desde los asientos hasta el cartel que ostentaba el nombre pintado por fuera. Me puse a pensar luego en estos detalles, más o menos a la media hora de vuelo, justo después de escuchar al capitán anunciando la falla del motor.

Quise desdoblarlo enseguida: el que hablaba no podía ser el mismo hombre que nos saludó al subir al avión, tenía que ser otro. El miedo hizo que mi percepción de su voz fuera tan desconocida que, por un momento, dudé. Quise dudar de él, quise dudar de lo que acababa de decir.

El olor escéptico de la cabina se convirtió en olor a clausura y encierro. Mi cuerpo en tensión, atrapado por el cinturón de seguridad, respondía con la inercia de lo que actúa frente a movimientos ajenos. Miré al resto de los pasajeros y pensé en nuestras sacudidas como el reflejo de los espasmos del avión. Apreté los dientes después de escuchar que intentarían un aterrizaje de emergencia en el aeropuerto de Trelew, que conserváramos la calma, que todo iba a salir bien y que nos quedáramos sentados con los cinturones de seguridad abrochados. Tuve ganas de creer, pero en ese momento yo no era alguien que confiaba, era otra cosa.

Miré por la ventanilla y vi el cielo sin nubes, azul neto, imperturbable. A pesar de haberlo visto antes de subirme al avión, su presencia me sorprendía como un milagro. Era un azul de puro silencio, igual a la cara de alguien que entendió todo. Azul entero, liviano, luminoso. Lo miré como queriéndole hablar desde la desesperación, pero no pude gesticular palabra. Estaba quieta, contraída. Creía que eso que supuestamente me quedaba de vida era tan frágil que cualquier movimiento brusco podría quebrantarlo.

No volví a mirar a los otros pasajeros, necesitaba seguir suspendida en lo ambiguo del firmamento. Esa ambigüedad era la duda que necesitaba para refugiarme. La duda es menos dolorosa que la expectativa. Cerré los ojos y tuve la repentina sensación de que todo se transformaba en certezas: mi respiración era cierta, la temperatura de mis manos, el peso y la dimensión de mi cuerpo, la vida que había llevado hasta ese entonces era cierta, la presión que sentía en el pecho era cierta. Abrí los ojos. El cielo otra vez y ese horizonte que se nublaba de a poco por lo que me invadía como la profundidad de lo que no alcanzaba a distinguir. Todo en mí se contrajo, todo se replegó hacia dentro. Volví a cerrar los ojos, algo me decía que no era necesario pensar en nada más.