“…es la historia de Caín

que sigue matando a Abel”

J. L. Borges, Milonga de dos hermanos.

 

Íbamos de camino a la casa de Gabriela cuando lo encontramos sentado frente a la bahía. Tenía puestos los audífonos y se mecía infatigable, adelante-atrás-adelante-atrás, mirando lejos. Sus gafas enormes, sumadas a ese modo suyo de estirar el cuello como una tortuga que se asfixia en su caparazón, sugerían el agotador esfuerzo de comprender lo incomprensible. Al acercarnos vi que movía los labios, como cantando.

Todavía hoy, cuando pienso en él, lo imagino sentado en aquella banca solitaria. A Samuel también lo veo como era entonces, moreno y de mirada arrogante, preguntándome quién era aquel “tronco de gordo”

―Llegó el mes pasado ―dije―. Vive en el Maguncia. Se llama Tyler y es gringo.

Samuel acababa de volver de Cali, después de pasar allá las vacaciones de mitad de año con la familia de Fernando. También a mí me había invitado, pero preferí quedarme en Cartagena. En esos días el barrio se llena de turistas y uno termina cansado con el ajetreo de tanto pendejo dando vueltas por ahí, pero prefería eso a tener que verle la cara a la mujer del muy cabronazo.

Hasta mamá había insistido en que acompañara a Samuel, y yo pensé entonces que, a ella, como a mi hermano, le seguía pareciendo un mal sueño lo que pasó hace cuatro años.

Pero Dios sabe que Samuel es un buen tipo (con todo y que el diablo lo tienta a veces). A pesar de que volvía con una semana de retraso para iniciar las clases en la universidad, apenas tuvo tiempo de subir las maletas antes de pedirme que lo acompañara a la casa de Gabriela. Mamá seguía en el trabajo y a él se le hizo fácil despachar mis amonestaciones con la promesa de que esa misma noche pensaba ponerse al día.

De modo que salimos y en el camino de ida encontramos a Tyler desparramado sobre aquella banca de hierros salitrosos, mostrando el mismo aire de desolación que yo le había visto las veces que me lo topé en Mall Plaza y en Juan Valdés y en McDonald's. Siempre metido en su empecinado aislamiento; siempre la banca solitaria y el pendular constante; siempre puliendo el bronce de su "fuck you" perfecto.

De este último hecho me había dado cuenta la semana anterior. Venía de dar una vuelta por la playa cuando lo vi postrado en una banca del parque Flanagan, frente al Hotel Caribe. Ya en ese momento tuve la impresión de que, por mucho que torciera los caminos de aquellos días de ocio, no me faltarían ocasiones para encontrarlo sentado por ahí, tarareando alguna triste canción.

Incluso en las conversaciones que se oían en el campito de fútbol salía siempre a relucir, por una razón o por otra, la presencia en el barrio de aquel muchacho corpulento de pelambre amarilla. Uno de mis amigos había averiguado cómo se llamaba por medio del vigilante del Maguncia y a otro se le ocurrió que el nombre parecía muy apropiado para ponérselo a un oso polar. Tyler era, a ojos de todos, una criatura dejada de la mano de Dios. Parecía muy poco probable que alguna vez él entendiera lo que para nosotros representa la palabra felicidad. Su forma de caminar como-tratando-de-salir-adelante hacía pensar en cosas realmente desoladoras: la soledad de los sábados por la noche, la incapacidad absoluta de levantarse un polvo gratis, el agrio olor de los fondillos, el llanto que arrulla a quien fue abandonado para siempre sobre un colchón deforme y maloliente.

Creo que fue este pensamiento el que me movió a sentarme a su lado, haciendo como que miraba no sé qué detalle en la fachada del hotel. Un gesto que, pese a la buena intención que lo guiaba, se vio desinflado enseguida por la angustia de no saber qué decirle. Quise hacer como que me amarraba los zapatos y seguía de largo, pero ese impulso de darme a la huida me hizo sentir cobarde: uno más entre los que simplemente pasan de largo sin tomarse el tiempo de darle los buenos días o preguntarle cómo se siente vivir dentro de su particular burbuja de silencios impenetrables.

Tampoco tardé en darme cuenta de que a Tyler mi desconcierto le importaba un carajo. Ni siquiera se había tomado la molestia de mirarme y, totalmente ajeno a mi presencia, siguió viendo pasar carros y buses de turismo mientras movía los labios como si estuviera entregado a la interminable tarea de contarlos.

Aliviado por el hecho de que él se tomara tan a la ligera ese torpe acercamiento de un desconocido, aproveché para inspeccionarlo mejor. Lo único que pude agregar a la imagen que me había formado de él fue una cierta pureza en los ojos y unos pelos largos, de un rubio transparente, que le brotaban encerados desde lo más profundo del oído. En algún momento, acaso por descuido, Tyler subió la voz y pude entender con claridad lo que decía: "Fuck you oh woo woo Fuck you, baby. Fuuuck you". Después volvió a bajarla, pero desde entonces a mí no me costó entender que aquel estribillo descarado, obsceno, era la letra infinitamente repetida de la única canción que Tyler se sabía.

 

 

De pronto parezca raro, pero se necesitaba una cierta imaginación musical para hacer aquello. Era básico, era reduccionista, pero había en Tyler una facilidad impresionante para adaptar el estribillo infame a todas las notas de la canción que estuviera escuchando en ese momento. La otra genialidad de Tyler estaba en poner el volumen de los audífonos tan alto que pudieras oír la música a varios metros, como para que no tuvieras problemas en identificar la canción original. De esa forma, no habría que acercarse mucho para darse cuenta de que no cantaba la canción que uno creía sino que lo estaba mandando todo a la mierda. Supuse que para él era un juego de niños del que nunca se cansaba. Sin dejar de sonreír, y ya puesto de su lado para siempre, me solté y volví a atarme los zapatos para no perder la sentada, y seguí mi camino.

Poco después me lo encontré en McDonald's y fue entonces cuando tuve mi otra revelación acerca de Tyler. Ya antes me había pasado algo así, pero era muy niño y no viene a cuento detenerme para explicar lo que aprendí entonces. En cuanto a lo de Tyler, sé que sonará descabellado, pero lo explicaré lo mejor que pueda. Al verlo ahí sentado, comiéndose mansamente una de esas hamburguesitas de juguete, descubrí que Tyler no era un muchacho de verdad, como mis amigos o mi hermano, sino la encarnación de un reproche. Según eso, su masa monumental estaba formada en realidad por el sedimento que habían dejado en su cuerpo los pecados y remordimientos de sus contemporáneos (o, para ser más prosaicos, de sus vecinos). Supe en ese instante que la obesidad no es cuestión de grasa sino de conciencia: ya no lo dudo, los gordos son la válvula de escape de nuestra mala conciencia colectiva. Todavía no alcanzo a dilucidar las vías por las que se da la conexión, pero estoy seguro de que ellos son los elegidos, los verdaderos corderos de Dios que arrastran el pecado del mundo. No hay que buscar a Cristo, concluí, los gordos son nuestros chivos expiatorios, en ellos se está purgando o acumulando ahora mismo nuestro exceso de culpas. Digan, si no, ¿por qué nuestra época —profetizada desde la antigüedad como escenario de las más terribles perversiones— ha dado más gente obesa que cualquier otra conocida?

Mientras nos alejábamos de Tyler quise hablarle a Samuel de aquel descubrimiento, pero él no me dio chance porque enseguida reanudó su interrogatorio acerca de Gabriela. Un mes atrás, mientras arreglaba sus maletas de ida, me encerró en su cuarto para pedirme que la vigilara.

—No sé si te has fijado —me dijo—, pero Gabriela tiene la risa fácil y eso no me gusta. ¿Me entiendes?... Como que es muy fácil hacer que se ría... Tiene esa maldita costumbre de mostrar el diente por cualquier pendejada y a mí me parece que eso no es bueno...

—¿Y yo qué tengo que ver con eso? —le dije.

—Pues que eres mi hermano y los hermanos se cuidan la espalda.

Quise preguntarle si me había visto cara de pendejo para ponerme a perseguir por ahí a su novia, pero me limité a decirle que entendía su punto. De repente sentí lástima por él, como si en ese momento hubiéramos cambiado los papeles y yo fuera el hermano mayor ayudándole al más pequeño a recoger sus juguetes.

—Necesito que la vigiles y me llames si notas alguna vaina rara.

Y así hice, al menos hasta donde pude, pero a él no le habían bastado mis partes de calma y ahora me tenía acribillado a preguntas sobre las idas y venidas de Gabriela: que si la había visto salir con alguien, que si había hablado con ella, que si —casi gritó cuando llegamos al final del malecón— sabía yo por qué carajo llevaba dos días con el celular apagado y no respondía los mensajes en Facebook.

—Ve tú a saber —le dije, ya definitivamente olvidado de Tyler. A lo mejor se le dañó el celular o se aburrió de esa mierda de Face. 

Poco después llegamos a su casa, pero ella no estaba. Su madre nos hizo pasar mientras le informaba a Samuel que Gabriela había salido después del mediodía, dejándole la promesa de volver antes de las siete. A las siete y media, sin embargo, Samuel tuvo que esforzarse para rechazar en buenos términos la invitación a cenar de su suegra. Dijo que debía ponerse al día con las lecturas de comienzo de semestre o algo así.

Volvimos a casa con el rabo entre las piernas: Samuel, más bien silencioso, reencontrándose con el gusto que siempre ha tenido por el paisaje de la bahía encendida en los resplandores de Manga, o por la luz remotísima del convento de la Popa, y preguntando, ahora sí, por mamá; yo, pensando en mis vainas, oyendo el rumor de las olas y el ronroneo de las lanchas que entraban a tientas en el puerto oscurecido, cada vez más consciente de una especie de péndulo gigante, amarillo, que se bamboleaba al borde del malecón.

Era Tyler, que seguía sentado en la misma banca.

—Parece un gorila albino —apuntó mi hermano cuando lo reconoció.

Supongo que aquel era un comentario a pie de página sobre la llamada que Gabriela le hizo a su madre para pedir permiso hasta las diez: la espera en vano y el teléfono de ella apagado le habían agriado el entusiasmo del regreso.

—Es que es feo el hijueputa —concluyó después de volverse descaradamente a mirarlo, más bien ganoso de que Tyler lo escuchara.

Al final, tras varios días de llamadas perdidas, mensajes no contestados y la repentina desaparición de su perfil de Facebook, Gabriela decidió darle la cara a mi hermano (aunque esto es un decir, teniendo en cuenta que lo hizo a través de una nota de voz). No quería seguir con él, decía, palabras más, palabras menos. Samuel quiso explicaciones y ella aceptó dejarse ver en casa de Nicolás, un amigo común.

El plan era que Nico y yo jugaríamos Play mientras ellos hablaban. Pero Gabriela no quería saber nada del asunto y lo encaró apenas nos vio llegar. Después de negarse a saludarlo de beso, lo instó a preguntar por lo que quisiera saber o a decir lo que tuviera que decirle, pues ella debía encontrarse en quince minutos con unas amigas de la U. Ante el silencio de Samuel tomó ella la iniciativa: le explicó que, pensando las cosas en su ausencia, se había dado cuenta de que no quería continuar con esa relación. Nico y yo quisimos retirarnos pero Samuel nos retuvo con un movimiento del brazo. Lo que era Gabriela, ni nos miraba.

Al fin mi hermano abrió la boca:

—¿Por qué? —dijo entre dientes.

—Porque sí. Ya te dije, estuve pensando y...

—¿Por qué? —la cortó él, mordiendo las palabras como para sacarles filo.

—Porque lo intenté una y otra vez, pero no encontré razones para querer seguir contigo.

—Hay alguien más, ¿verdad?

Ella sonrió y negó con la cabeza.

—Te estabas demorando para hacerme esa pregunta. Siempre tienes que llegar a lo mismo.

—¿Te enamoraste de otro? —faltaba poco para que se oyera chirriar los dientes de Samuel.

—No —dijo ella—. No hay nadie más que tú y yo. Tú y yo, que ya no podemos seguir juntos. Tú y yo, que dejamos de estar bien hace tiempo. Al menos yo no puedo sentirme bien sabiendo que mi novio piensa que soy una perra que sale moviendo el rabo detrás del primer aparecido que le chasquea los dedos.

Mi hermano se rascó la cabeza e hizo el gesto de decir algo, pero se limitó a suspirar. Estaba rojo, literalmente rojo, y la barbilla le temblaba por la lucha que libraba en su interior para no abofetearla.

—Lo siento —dijo ella, y se marchó sin decir nada más.

 

 

Esa tarde jugamos el campeonato de Fifa más aburrido de la historia.

Eran como las ocho cuando nos despedimos de Nicolás. Samuel decidió que no quería ir a casa todavía y empezó a caminar hacia el malecón. Aunque tenía tareas sin hacer para el día siguiente, me ofrecí a acompañarlo. Como cosa rara, nos encontramos con Tyler. Estaba sentado bajo un farol que llenaba de sombras su amarillez natural. Parecía estar haciendo el inventario de las luces que brillaban al otro lado de la bahía. Esta vez mi hermano se sentó a su lado.

Sabía que Samuel estaba temblando de ira, de humillación; que se atragantaba con el nudo que tenía en la garganta. Volví a sentir pena por él, pero era incapaz de consolarlo. Por eso, aunque me desagradó tanto, no le dije nada cuando lo vi arrancarle a Tyler uno de los audífonos y gritarle “hola cómo estás gordito”. Tyler, inmenso e indiferente, siguió cantando, como si nada, la canción que oía por el otro oído: "Fuck you, ooohhh, fuck youuu".

Lamenté no haberle hablado antes a mi hermano sobre el sistema musical de Tyler. Al ver su rostro enfurecido quise explicárselo, pero era tarde, pues ya le había soltado el primer puñetazo en la mandíbula. Inmediatamente después Samuel se levantó de un salto y empezó a soltarle puños y patadas por donde le cayeran, mientras le gritaba “gringo hijueputa, ve a mandar a la mierda a la puta que te parió”. Intenté agarrarlo por la cintura, pero él se deshizo de mí con el mismo impulso con que le encajaba una trompada en las costillas, “para que vayas a joder a otra parte, maldita bola de mierda, porque eres como la mierda, ¿lo sabías?”, y con la mano abierta le castigó en la oreja, “amarillo como la mierda, hediondo como la mierda”.

Yo no lograba ver bien a Tyler, pero creo que seguía cantando. Aunque también pudiera darse el caso de que aquel movimiento invariable de los labios fuera su manera de llorar, de pedir clemencia en clave de “fuck you”. En un nuevo intento conseguí agarrar a Samuel por la cintura y ponerlo de un jalón detrás de mí. Entonces pude ver por un momento el rostro ensangrentado de Tyler (el ojo derecho se le había cerrado ya), un segundo antes de que se encogiera en la banca, apretándose el vientre con ambas manos.

Samuel seguía tratando de zafarse, aunque sin demasiada convicción. Sentir que también él se echaba hacia atrás me dio ánimo para encararlo. Sin embargo, su rostro ya no era el suyo, ni yo pude seguir siendo el mismo cuando entendí que aquellos ojos y aquella boca no eran los de mi hermano sino los de Fernando, y fue como si lo tuviera en frente después de haber molido a golpes a mamá, hacía cuatro años, solo porque no encontró caliente la comida cuando regresó de andar por ahí con la puta aquella de su otra mujer.

Cuando abrí la boca, fue como si golpeara un saco de arena decorado con el rostro de papá:

—Fui yo —le dije, incapaz de contener esa forma de hablar midiendo las palabras—. Mientras estuviste de vacaciones no hice otra cosa que cogerme a Gabriela.

Ahora no sé si pasamos una hora o dos segundos el uno frente al otro, atónitos, sin creer de un todo lo que yo acababa de decir. Samuel quiso hacer como que no me oía, tal vez tratando de salvar cualquier esquirla de la ilusión de que "éramos hermanos del alma”, como dijo la primera vez que volvió borracho de la universidad. Pero ningún silencio es eterno, y aquel se reventó con el golpe de las olas contra las piedras del camellón.

—¿Cómo fue? —dijo, frío, como si después del desconcierto se hallara con que, en el fondo, ya lo sabía.

Azorado por aquella pregunta, al principio rehuí los detalles, pero a medida que iba hablando todo se hizo más fácil. Le conté cómo ella había descubierto que yo la vigilaba y se había acercado a mí para preguntarme a qué se debía la casualidad de que últimamente me viera en todas partes, y que yo quise decir que ese es el tipo de vainas que pasan en vacaciones, pero que ella no me había querido creer y que por eso yo había tenido que inventarme que era que Samuel le había dejado un regalo conmigo y que siempre que salía a buscarla para entregárselo me daba cuenta en el último minuto que lo había dejado en casa, y ella dijo que si era así por qué no aprovechábamos que andábamos cerca y se lo daba de una vez por todas para quitarle a ella de paso esa sensación tan desagradable de que yo la andaba espiando y que así fue como llegamos hasta la casa mientras yo pensaba en la manera de inventarme algo para salvar la situación, pero en las gavetas de Samuel no había más que medias y pantaloncillos viejos y por eso al final tuve que confesarle, de mentiras, siempre para salvar la honra de mi hermano, porque es realmente feo que le digan a uno que es tan inseguro que tiene que ponerle espías a la novia, y por eso le dije con la esperanza de ahuyentarla que lo que pasaba era que a mí ella me gustaba pero que nunca lo había dicho por respeto a mi hermano, con lo cual quedaba mal pero tranquilo, porque entonces ella pareció aterrada y se fue casi a las carreras de la casa, pero al día siguiente volvió dizque para hablar algo con mamá, aun sabiendo que mamá estaba en el trabajo, y al final terminó por confesarme, esta vez sí de verdad, que yo también le había gustado siempre, a pesar de mi hermano y de ella misma, y que por eso se sentía tan mal a veces, y juré que no tuve tiempo de nada, porque cuando vine a darme cuenta ya estábamos en mi cuarto, en cueros, haciendo el amor con un hambre vieja, dos tres cuatro veces, hasta que se acabaron los condones que yo sabía que él guardaba en una gaveta de su closet, hasta que llegó la hora de irse porque mamá no se demoraría en llegar, y la cosa es que ella volvió al día siguiente y al que vino después, hasta que el domingo pasado me dijo que tenía que hablar conmigo porque había estado pensando  mucho en nosotros, en ella, en mí, en él, y había concluido que todo aquello era una embarrada y que lo más sano era dejar las cosas como estaban…

No sé cuánto de eso le alcancé a decir a mi hermano, pero sé que la sangre del rostro se le fue metiendo en los ojos mientras yo hablaba.

—Y en verdad te la comiste —dijo al final, perplejo, desarmado de pronto por la paz esa que siente uno cuando le han regalado una certeza.

 

 

En otras circunstancias nos hubiéramos cogido a golpes y yo habría agradecido tener, para mi propio consuelo, el alivio del dolor físico. Pero era tanta la humillación que había en sus ojos, eran tales las ganas de llorar que estaba conteniendo, que se limitó a alejarse sin decir nada.

La verdad, insisto, es que yo no había odiado a Samuel, sino a Fernando, mientras le soltaba todo ese rollo acerca de Gabriela. Aquel era, por decirlo así, un daño menor. El daño grande ya lo había hecho cuando llamé a Gabriela para confesarle que me había convertido en el soplón de mi hermano. Lo del sexo era apenas una mentira piadosa, improvisada sobre la marcha para evitarme la necesidad de confesar mi verdadera traición. Como dije antes, no quería el consuelo de los golpes sino únicamente la satisfacción de ver cómo se reflejaba el dolor en el rostro de quien maltrataba de aquella forma a una criatura tan indefensa. En ese instante, yo solo podía estar del lado de Tyler.

“Pobre Tyler”, le dije, sintiendo unas ganas terribles de peinarle la rubia melena. Tan conmovedor era el esfuerzo con que trataba de reacomodarse en su banca después de la golpiza, que de buena gana le hubiera dado un abrazo mientras le pedía que guardara la fe, que no perdiera la esperanza en la bondad de los hombres. “Poor Tyler”, volví a decir, tratando de comprender qué sería peor para él, si cargar con la rabia y el rencor de mi hermano, o echarse encima eso tan feo que había empezado a crecer dentro de mí, esa cosa deforme que no era ni remordimiento ni rabia sino la mera frialdad del corazón.