Varias bolsas de plástico hacen una jaula si se saben sujetar; quizá una cámara de asfixia, con un amarre fortísimo, donde una pequeñísima perra pueda permanecer sin volver a casa y muera en unos minutos sin quejidos y donde apenas se noten los breves espasmódicos. Nudo tras nudo, solo se necesitan tres o cuatro bolsas para un animal tan pequeño y viejo. Amarres y plásticos son contados con precisión: es el año donde aprenden a restar y sumar. Hay que doblarle las patas, de preferencia, pues sucede, ha sucedido, que con las garritas llegan a hacer algún hoyo breve y el plástico, se sabe, cede a los orificios: se extiende la rasgadura, se abre el cuerpo al oxígeno y la perrita volverá a su hogar, a morir de otras maneras.

Pero los niños son inclementes, precisos, obedientes: la han sujetado bien, como su abuelo les enseñó. No la trajeron de muy lejos; precisan el lugar, el tiradero de escombro, el barranco desde donde se divisa toda la ciudad y se alcanza a ver Texas. Mi papá trabaja por ese rumbo, es residente. Son los mismos niños que arrojan piedras a los techos, que estrellan botellas en las paredes y dejan caer gatos muertos a las chimeneas. Hace tiempo que se agotaron los cristales de las casas abandonadas.

Tiran la bolsa, la rodean, toman la tabla y le dan duro, en turnos, la niña con más fuerza. Descanso, contemplan el cielo, el horizonte naranja, hacen la pausa, ha comenzado a anochecer y las luces de las dos ciudades ya casi están encendidas por completo. Ya no hay golpes, tampoco quejidos apagados, pareciera que la serenidad de la noche trajera el sosiego y el tenue rumor de la ciudad que comienza a susurrar otras desgracias; así de leve arriba, también, la preocupación por el siguiente día de escuela.

 

 

Tomado de: "Permutaciones para el estertor del mundo", de Diego Ordaz (Favila editorial; 2019).