La liturgia erótica de Marosa Di Giorgio (y un ritual para recrearla)

Por: Camila I. Medail

Arte por: Madelena Escondida

Marosa di Giorgio (1932 – 2004), druida uruguaya nacida en Salto, se crió en un jardín y en una chacra. El cotidiano de su infancia se caracterizó por paseos solitarios entre la abundante naturaleza que la rodeaba y por escuchar las historias contadas por las bocas de su familia. Esa fue la fuente de su creación, la materia prima que  le brindó las palabras para poetizar a los habitantes de ese espacio, percibidos a través de los ojos de una niña poeta singular.

En la obra de Marosa se crea un universo propio un tanto pertubador que se autoabastece y establece vínculos sutiles como hilos de telarañas entre los distintos libros –y los límites que definen narrativa y poesía se disuelven. Este mundo ofrece un catálogo de los más peculiares personajes: aparecen hadas, mujeres arácnidas, cetáceas, brujas, almas, mariposas, niñas sexualizadas y las Señoras; animales que hablan, como leones, perros, lobos, un caracol, colibríes, mariposones, un chivo, un zorro y hasta murciélagos; hay bestias que son monstruosas, aladas, con dos sexos, con formas fálicas o de naturaleza vegetal; otras más difíciles de catalogar, como una voz o las eso –el uso de un determinante neutro para nombrar aquello que no se sabe qué es–; y también hay  lugar para flores, hongos, ajos, ángeles y hasta para el mismísimo diablo.

Por los elementos que habitan el mundo marosiano, sus textos se asemejan a los cuentos de hadas aunque están impregnados de un tono diferente: la escritura de Marosa es, ante todo, erótica. El erotismo funciona como principio constructivo: el deseo, la sexualidad y la libido empapan los relatos, no solo a los personajes, sino también al espacio que los rodea. Es una escritura acumulativa de excesos, derroche y exageración; de cuerpos entrelazándose abiertos a la posibilidad de transformación o disolución. El erotismo como motor de las acciones, las cuales son propias de rituales y celebraciones. Lo cierto es que hay una apropiación del código de la liturgia para erotizarlo. Aquellos términos que para la religión representan lo sagrado, en la escritura marosiana son usados para hablar de los encuentros carnales más infames que mancillan la pureza de significados sacros. Significantes como misa, casamiento, boda y comunión son utilizados para hablar de encuentros de humanos, animales y bestias para realizar las más impuras de las acciones: sorber, morder, chupar, lamer y, sobre todo, devorar. En estas liturgias eróticas, los personajes son cuerpos que sienten y accionan por el deseo, los mueve el eros; son cuerpos no-orgánicos abiertos a una metamorfosis intensa, constante, inevitable: en el trance los bordes corpóreos se tornan indefinidos, proclives a entrecruzarse, cada uno se contagia del cuerpo de los amantes y del entorno natural, y devienen en una nueva corporalidad exótica.

 

Ritual para leer a Marosa di Giorgio

“Creo en el lector-autor; aquel que, al leer, recrea, crea,

de nuevo, con placer, lo que el autor dijo.”[1]

 

El nombre de Marosa llegó a mí por el juego caprichoso del azar, resonó en una clase, volvió a ser nombrada en alguna discusión acalorada. Marosa apareció así, de imprevisto, golpeando las puertas de mi biblioteca y pidiendo entrar –entrar para no irse, entrar para escarbar entre otros libros, entre mis pensamientos y  mis sentidos, entrar para ser devorada con devoción devota página por página, pétalo por pétalo. Hoy comparto este ritual con ustedes, lectores y lectoras, para aquellxs que no han entrado en su mundo, para lxs que sí y les ha costado quedarse, y para lxs idiotamente enamoradxs, como quien les escribe.

Purificación

Escóndete detrás de un árbol o debajo de la cama, siéntate en la mesada de la cocina, o acuéstate en el pasto, acércate a una ventana, rodéate de flores o  ponte cerca de una huerta. Hazlo lejos de los ojos de tu mamá. Descálzate, eso sí, para entrar hay que tener los pies desnudos. Pinta tus labios color rojo carmín, rosa o sangre. Prepárate un banquete: una copa del jugo de uvas brillantes, unos huevos de codorniz  –los más pequeños que encuentres–, una fuente con pétalos de magnolias, hojas de eucaliptos y variedades de hongos. Algunas gotas de leche junto a un conjunto de lágrimas recién exprimidas, maceradas con apio y perfume de manzanas. Sobre todo, predisponte a entrar a un mundo nuevo, con leyes propias. Para eso, necesitas despojarte de tu yo, olvídate de quién eres, de tus creencias, verdades, inscripciones e  ideales. Pon tu cuerpo en primer lugar, él y tus sentidos serán los guías en aquellas tierras.

Trance

Innumerables son los modos de leerla. Elige un libro, no importa el orden de publicación. Ábrelo en cualquier página o comienza por el principio. Lee en voz baja, una lectura íntima contigo y para ti. Poco a poco, alza la voz. Imagina que estás rodeado de todo aquello que lees. Lee gritando, entona, haz gestos o quédate inmóvil. En definitiva, sigue tu deseo: hazle caso, te mostrará el camino, persíguelo como Alicia lo hizo con el Conejo Blanco.

Metamorfosis

Cuando termines de leer, no vuelvas a ti enseguida. Antes, escribe, ya sea en un papel, en el mismo libro o en tu piel, con tinta o con uvas. Actúa como la imaginación: agrega cosas o deforma lo que acabas de leer. Juega con la palabra y los objetos. Finalmente, no te olvides de recoger los frutos, las lágrimas, las sales, las flores, los huevos y los diamantes que se han desprendido de tu cuerpo.

Leer a Marosa es un acto irremediable.

 

Selección de textos marosianos[2]

 

MISAL CON DIENTES DE AJO[3]

Era un ajo, y sin saber él mismo cómo, estaba ahí en ese estante del aparador. Estaba como todo ajo envuelto en gasa; y tenía varios dedos, o hijos, o testículos; apretados y de tamaño diverso. Por ellos, bajo la gasa, estaba constituido. Y en algún lugar de su ser había también un microscópico cerebro con el que iba registrando todo lo de la casa, sus acciones y sus seres.

Algunos decían: -Mira ese ajo. Pero… qué…!

Él quedaba trémulo.

Se obsesionó por la niña de la casa. La espiaba cuando iba y venía, siempre bajo los velos, blanca como el cristal y el alabastro. No tendría mas de quince, pero por algo que a veces le pasaba por el rostro, representaba treinta. Llevaba una muñeca y un misal. Iba por igual a la capilla y a la escuela.

Un día, porque sí se arrojó en el piso, e hizo ejercicios raros. Él resistió vibrando.

Luego ella se iba a la alcoba y se cerraban esas puertas. Muy de tarde, la señora de la casa lo tomó entre los dedos y dijo: -Pero este ajo?… A ver… A la olla, ya…! O qué?

Pero, después, como si hubiese percibido algo extraño lo dejó allí. Él se dijo: -¡Ah, no! Tengo que proceder. Estoy en peligro. Casi me hierven. Casi…

En eso pasó la niña de paso hacia la alcoba. (Ya había venido la noche negra.) Se le colgó en los velos. Ella entró a su cuarto, cerró la puerta, se despojó de todo. Era blanca y olvidadiza, infinitamente. Y algo lista, también.

Se estiró en la cama debajo de una gasa y se quedó dormida.

Él esperó un instante y luego con un tic le saltó encima. Le recorría el busto, la cintura breve, la barriga dulce. Encontró el sitio obsceno. Merodeó, golpeó y se introdujo.

Ella dormida, casi clamó a los padres, pero se dio cuenta.

Y fingió seguir durmiendo.

 

¡LA HIJA DEL DIABLO SE CASA![4]

La hija del diablo se casa. No sabíamos si ir o no ir. En casa resolvieron no ir. Ella paseaba con la trenza brillando como un vidrio al sol. Vestido celeste. Y las pezuñas delicadísimas, cinceladas y de platino. Con los ojos un poco redondos, insondables, se paraba frente a cada uno, como publicitando, invitando, o, consciente e inconscientemente, amenazando. La hija del diablo se casa. Cerraron las puertas de mi casa. Pasado el mediodía resolví huir. Crucé por arriba de los jardines de fresias y junquillos tratando de no trozar ni uno de los ramos amarillos, de los que vivíamos; por ocultas veredas; creo que hice tres veces la misma senda, me perdía, y tuve miedo que, desde la casa, estuviesen espiando mi inútil vuelo.

¡Al fin toqué las puertas de los hornos! Pasaban platos con todas las escenas del amor erótico. "Invitan con la Carne", dijo una voz que me pareció de una vecina; miré y, si era, estaba embozada. Y también servían niños no natos, cubiertos con azúcar. "Son riquísimos". El tam tam celebratorio apareció adentro de la tierra y en un perpetuo crescendo, anuló las conversaciones y llegó al colmo. La hija del diablo, de pie junto a la pared, el pelo igual que el sol, entreabrió el vestido, las piernas, las pezuñas. Su himen cayó roto (se oyó un leve bramido) y corrió como una margarita entre nosotros. Alguien gritó: -¿Y el novio? -Se va por aquí. Es chiquitito.

Cerré los ojos. Creo que cayó un aguacero. Huí arriba de los jardines, de los ramos amarillos; entraba en cada cueva y salía aterrada. Entré en mi casa. Mamá estaba fija en el mismo lugar, haciendo el mismo encaje. Sin levantar los ojos, comentó: -Pero, ¿qué haces? Andas por el jardín con estos aguaceros.

 

MI ALMA ES UN VAMPIRO GRUESO…[5]

Mi alma es un vampiro grueso, granate, aterciopelado.

Se alimenta de muchas especies y de sólo una.

La busca en la noche, la encuentra, y se la bebe,

gota a gota, rubí por rubí.

Mi alma tiene miedo y tiene audacia.

Es una muñeca grande,

con rizos, vestido celeste.

Un picaflor le trabaja el sexo.

Ella brama y llora.

Y el pájaro no se detiene.

 

EL ZAPALLO ESTABA ALLÁ…[6]

El zapallo estaba allá, pesado, quieto. Parecía una luna antigua y perfumada. El mismo de cien años antes y el nacido ayer. Las luciérnagas, rompían a cada segundo el aire inmortal.

Sale humo de las dos casas. De la de él, con picos rojos; de la mía, con torres negras. Era la hora de los panes y de la lámpara. A veces, nos huíamos de nuestro padres -él y yo, y tomados de las manos ibamos a través del aire oscuro hacia el pie del huerto, a besarnos levemente, arriba de los labios.

El zapallo estaba allí, dormido a todo; pero, al vernos, daba un salto.

 

[1] Marosa di Giorgio: “El hervor de la piedra”, entrevista realizada por Walter Cassara, en No debelarás el misterio, Buenos Aires: el cuenco de plata. 2010, pp. 159 – 160.

[2]La obra completa de Marosa di Giorgio está publicada por las editoriales Adriana Hidalgo: Reina Amelia (1999), Los papeles salvajes. Obra poética reunida (2014), Otras vidas. Compilación de Nidia di Giorgio (2017); y El cuenco de plata: La flor de lis. Con el CD “Diadema” (2004), El Gran Ratón Dorado, el Gran Ratón de Lilas. Relatos eróticos completos (2008), No develarás el misterio. Entrevistas (2010).

[3] En Misales (1993).

[4] En Diadema (CD), track 15 (2004). Se lo puede escuchar en: https://bit.ly/2MPMcHn

[5] En La flor de lis (2004).

[6] En Está en llamas el jardín natal (1971).