¿Dónde estoy? ¿Qué hago?– Pregunto agitado con un leve temblequeo en los dedos que, a medida que la incógnita no se resuelve, empieza a incrementar. 

¿Dónde estoy? ¿Qué hago?– Continúo preguntándome con la leve sospecha de estar repitiéndolo de manera compulsiva desde hace un buen rato. Vuelvo a acordarme del temblequeo en los dedos y luzco asombrado cuando al posar mis ojos en cada uno de los presentes verifico que, en apariencia, solamente yo puedo percibir ese espasmo suscitado; pero de todos modos me gusta pensar que tal vez el resto también lo notó y a nadie le parece preocupar.

Eso me genera tranquilidad, aunque aún no logro reconocer a nadie y probablemente esa sea la razón por la que mi cuerpo se manifiesta de esa forma; dando una advertencia que yo soslayo deliberadamente, inclinandome a divagar en este momento que comparto con extraños que toman con naturalidad mi escasa participación.

Sin embargo todo me parece tan familiar, empezando por la situación en la que participo y la peculiar sensación que indica una pista difusa sobre la acción que ha desencadenado este hecho que no consigo comprender; como si se tratara de un déjà vu del que la vida es prisionera, un rasgo indisoluble arrastrado desde el origen de todo lo que he conocido.

Incluso puedo notar que mi elección de gestos y posturas no contrastan con el repertorio que se exhibe entre este grupo diverso que me acompaña en esta porción de tiempo que devino de mi regreso de una profunda abstracción –al menos esa es la explicación que puedo darle a tan extraño suceso–.

Aunque siento que a medida que me voy familiarizando con el ambiente hay una forma que comienza a revelarse como la explicación de todo lo que ocurre; una forma hilvanada por palabras y vagos recuerdos que emergen torpemente con la prisa de quien quiere huir. Pero, claro, luego se disipa abruptamente al verme imposibilitado de mantener la concentración cuando, inevitablemente, quedo atrapado, gracias a los resoplidos y el llanto de los niños - que se combinan en un acto de alquimia colectiva-, en un estado de aburrimiento cuyo énfasis se contrapone al efecto somnífero por el cual se caracteriza, actuando como un vehículo para introducir la histeria.

Me froto los ojos demostrando estar irritado y murmuro una plegaria que inmediatamente es arrebatada por el único ser activo de la sala; esa mosca que se pavonea con descaro propagando el tono abrumador de su risa hecha aleteo. Hago un intento por querer abandonar el peso muerto de la incógnita a la que estoy atado, cuando de pronto siento que alguien me toca el brazo. Giro mi cabeza, con un movimiento que desafía la elasticidad de mi cervical, y la miro a los ojos demostrando una mezcla entre pánico y alegría por haber descubierto que se podía llegar a interactuar con alguien más; que más allá del monólogo existe un modo de comunicación que logra abarcar un contacto más estimulante, permitiéndome reprimir el bostezo generado por el tedio y funcionando como una abolición al castigo de verme obligado a permanecer con la intriga de no conseguir distinguir a que se corresponde lo que estoy viviendo en este instante. Pero las ilusiones que deposité en mi nuevo hallazgo terminaron por dilapidarse en cuestión de segundos, cuando lo que salía de su boca era un sonido agónico que preguntaba con lo que parecía la última reserva de aliento de la que disponía: "¿Cuánto falta?". 

Temí al responderle. Hice mi mayor esfuerzo para elaborar una respuesta que pudiera liberarla de su calvario personal, pero cada vez que la miraba se me sellaban los labios y no podía dejar de sentir náuseas por los nervios de estar siendo interrogado. Intenté pensar en algo para retrasar mi respuesta y sortear ese compromiso al cual estaba sujeto, pero la mujer seguía observándome impasible y con insistencia, con ese aspecto de estar embalsamada; forzándome a hablar y, en consecuencia, escuchar el sonido de mi voz retumbar por toda la habitación e invitar al resto de los presentes a despertar de la enajenación en la que reposan e instalar el caos.

Pensé en que, quizá, si le contestaba susurrando –o en el peor de los casos entre dientes, cuando se hace notoria la ansiedad– podría preservar la calma, mantener las cosas tal cual están hasta que se anuncie la señal que esclarezca las cosas y me ayude a recobrar el sosiego. Empecé a notar el sudor en mi espalda convirtiéndose en un pegamento que me adhería a mi asiento, frustrando la mínima tentativa por abandonar mi incursión en este compromiso que asumí. Llegué a sopesar, desplegando una larga lista de ocurrencias inverosímiles, las probabilidades de que desistiera mientras observaba con recelo la verdad que se me plantaba en mi cabeza y no paraba de hacer alusión al miedo que expresaba en mi tartamudeo y el carraspeo intenso que buscaba encontrar algo de coraje para seguir adelante.

La sala se volvía cada vez más pequeña, el aire era espeso y sofocante; la mosca se disfrazaba de carcajada cada vez que se posaba en mi hombro y yo la ahuyentaba con violencia, ya doblegado por la impotencia que surge cuando no se puede enfrentar lo inminente.

Mis músculos cada vez más rígidos presionaban desde el interior las lágrimas fabricadas por el pánico triunfante. El presagio del caos estaba cerca de cumplirse, percibía su hedor; una mezcla de sulfuro y podredumbre. Ese hedor que al segundo reconocí como propio, el de mi muerte en vida y el de todas las cosas que estaba a punto de arrastrar conmigo en el transcurso del desenlace.

Me aferré fuerte al reposabrazos de mi asiento, la migraña aumentaba con cada etapa en que la tensión se inflaba como un globo a punto de reventar e indicaba que yo iba a reventar junto con ella. Hasta que de la nada la sorpresa me partió la cara en dos y me hizo renacer; solo un gesto atribuible a una divinidad podía lograr tal suceso, una voz que anunciaba desde los altavoces: "Siguiente"; y que me adjudicaba así la redención de verme obligado a soportar asfixiado el rostro decrépito que demandaba una respuesta.

Me recliné, algo fatigado, en mi asiento; sonreí tontamente y respiré hondo mientras abandonaba mis preguntas en la puerta de otro, seguro de querer permanecer al margen de mi presente. El alivio era maravilloso, se asemejaba a un cáliz de cuyo contenido bebía con gran placer y me dejaba en un estado de completo éxtasis. Todo había vuelto a como lo dejé: yo sentado con los brazos cruzados, envuelto en el pretexto de la confusión e inmerso en una rutina que sistemáticamente emplea la "nada" como forma de existencia. Esa nada que se siente como estar en casa. Una entraña estéril a la que siempre se saluda con pleitesía.