El siguiente texto, que me he permitido traducir al español con el título de “La ira” (y no “La cólera” que mantiene una cercana relación semántica con la enfermedad), fue publicado por primera vez en el año 1962 en inglés y reeditado al alemán en 1965 en la antología de Hans-Geert Falkenberg que lleva el título de Die sieben Todsünden. Vierzehn Essays (Los siete pecados capitales. Catorce ensayos). Por cada pecado capital fueron escritos dos textos –el segundo sobre la ira estuvo a cargo de W. H. Auden– y vale la pena resaltar que haya sido justamente Bernhard el que escribió sobre un afecto que habría de ser el motor poético de toda su obra.

Su poemario In Hora Mortis (1958), perteneciente a su obra más temprana, comienza ya con una especie de poética de la ira. El primer poema de la antología abre con el verso: “Salvaje crece la flor de mi ira”, y termina: “Que Dios me aborrezca / estoy enfermo de esta flor / que roja crece en mi cerebro / sobre mi canción”. Pero no es sino justamente en este ensayo donde la ira viene a ser analizada, no solamente ensayística sino retóricamente: la perspectiva ética, spino-nietzscheana de más allá del Bien y el Mal es evidente, esa perspectiva que pretende rescatar la ira de su catalogación moral como pecado y celebrarla como categoría ontológica, como fuerza primaria de la vida y de la naturaleza. Pero precisamente porque no se trata de una mirada ‘objetiva’ sobre el pecado de la ira, el texto mismo, con su característica musicalidad asmática –atiborrada de repeticiones de toda índole– y furibunda –cantando la injuria a gritos de desazonado– articula ya lo que el texto mismo plantea sobre este afecto: su escritura deviene ira y al mismo tiempo vitalidad, deviene construcción y destrucción, sístole y diástole, emersión y caída. Esa furia fue la que traté de transmitir, hasta donde me fue permitido, del alemán al español.

Considerando que en la literatura colombiana la ira ha sido parte esencial de muchas poéticas –pensando obviamente en el gran injuriador Fernando Vallejo, pero también en Fernando González, Vargas Vila, o en las apologías del insulto de Carolina Sanín–, el texto me reveló por sí solo su utilidad en el diálogo literario nacional. Por otro lado, Thomas Bernhard puede ser considerado una referencia fundamental del canon de lo que me atrevería a llamar una tradición de la literatura furiosa, y el siguiente texto nos presenta una corta y aparentemente necesaria apología de un lenguaje oscuro, violento que desvela a muchos en los actuales tiempos de una moralizante political correctness. Es una literatura que, como la obra de Nietzsche, Céline, Houellebecq, Winkler, entre otros, asume riesgos sin caer en lo compulsivo, que se instala al otro lado de la moral y pone en movimiento el replanteamiento de ideas ya calcificadas, pero que sobre todo celebra el lenguaje en su totalidad: la expresión musical de esa furia hace que los textos, prosaicos en su mayoría, tiendan a la lírica más pura, a la lírica hermana de la música.

El siguiente texto se encuentra justamente en el viraje biográfico de Bernhard a la prosa. En 1963 aparece su primera novela, Frost, dejando de esta manera atrás su producción lírica que se concluye ese mismo año. El texto es además por eso mismo significativo para el estudio de la consolidación de Bernhard como prosista y podría leerse como ensayo poetológico de una obra prolífica que para el momento seguía todavía buscando, tanteando ese estilo, esa furiosa voz cantante que sería su característica más sobresaliente: la musicalidad de su prosa.

 

Camilo Del Valle Lattanzio

Berlín, agosto de 2019

 

La ira

Verum animo satis haec vestigia parva

sagaci sunt, per quae possis cognoscere

caetera tute.

Lucrecio

 

La ira espanta desde hace milenios a dictadores y por la ira han sido volcados desde hace milenios los pueblos al abismo. Distinguimos la ira de los particulares de la ira de la masa, y la malvada ira de los particulares de la malvada ira de la masa, y la ira divina en las dos. La ira ha trastocado siempre, por cualquier falta de ejemplos, la historia, ha borrado estados completos, ha aplastado cerebros de gran longevidad sobre la superficie sudorosa, hambrienta de la tierra. La ira es el escape volcánico bajo nosotros, y nosotros vamos, mientras vivamos, con nuestros cansados pies sobre él hasta ser devorados por completo. La ira es la emersión y la caída de la monstruosa armonía del hombre, es la constante entronización de todos los orígenes. La ira es llama y luz y es las oscuridades y las «eternas» tinieblas. Es la conjuradora y la reveladora y por consiguiente la castigadora de todos los hombres –y de todos los crímenes naturales–, y es la violencia natural más grande, la omnipotente, la que nos destruye siempre y de una vez por todas. La auto-represión de la materia, en su constante fuerza originadora, encuentra en la ira su mayor claridad. Como si toda la naturaleza surgiera de la ira y solamente de la ira, y como si la ira fuera la madre de las ciencias que son todas juntas una sola ciencia natural. Desde hace millones de años ha puesto la ira y han puesto las instancias menores de la ira el universo en movimiento, la máquina compuesta por miles de millones de mundos poseída por los dioses y los súperdioses y los diablos y los supradiablos. La ira y solo la ira ha disuelto las antigüedades y las edades medias y las modernidades como parlamentos en decadencia; ha lisiado grandes reinos hasta su desconocimiento y ha hecho de las más bellas y poderosas ciudades pocilgas de cerdos. La ira eclipsa una y otra vez sistemas completos con nada más que la mentira, como en algunos momentos por la verdad los ha aclarado con la vehemencia de las estrellas. Ha hecho líquidas, en los momentos más duros y horribles, las cordilleras, y ha paralizado las corrientes. Los pensamientos más grandes y las bajezas más detestables nos las ha presentado punitivamente y los nombres más espantosos le deben a ella los monumentos. Qué monstruosa halladora de verdades ha sido siempre, lo hemos aprendido al hojear las actas terriblemente dulces y en gran parte apestosas, al estudiar las descripciones extraordinarias de las personas. Por la ira aparecieron los continentes, por la ira serán demolidos en su momento, serán liquidados, ya que la ira determina cuando la materia tiene que obedecerle, cuándo debe desplazarse por ella. No se dejan enumerar cuántas veces ha descalmado la calma y arrancado la letargia enfermiza y demolido las leyes ahora tediosas. Ha desraizado millones de veces los árboles crecidos en el cielo y se ha fumado los escondrijos de gobiernos perezosos y ha cubierto las barracas de nuestros filósofos. Como huracán, ha bufado ante nuestra mirada cientos de veces a los embrutecidos y desecados en el tiempo de las sillas estatales y científicas y artísticas. La ira es la mayor ridiculizadora de la historia. Por ella sufrimos sin embargo desde hace millones de años, también por las terribles mutilaciones. Cuántas de nuestras familias han sido dominadas por la ira del padre o por la ira de la madre o por la ira de los dos esposos, y la ira es aquella que los arruina a todos. O la ira de los niños la que eclipsa a los esposos. Millones de infancias indefensas han sido arruinadas por la ira, millones de enfermedades, millones de enfermedades mortales han brotado por ella. La paz y la calma y la eterna calma de los cristianos, que corresponden, no obstante, no a la naturaleza del hombre y no a la naturaleza, sino a compulsiones humanas por la inercia de la humanidad cohibida. Y así es la ira para todo lo vivo y para todo lo solamente en apariencia vivo, para lo insuficientemente vivo, como lo es para el molino el agua y la corriente eléctrica y la rueda. Sufrimos y nos gestamos una y otra vez bajo la ira natural y bajo la ira artificial, bajo la ira naturalmente primitiva por la que obran, se vuelcan en apariencia criminalmente a los animales y los humanos comunes y corrientes, y bajo la artificial que una y otra vez desgarra en apariencia criminalmente todas las culturas. Un estudio más amplio debería encargarse de todas las formas posibles de la ira: de la económica, de la filosófica, de la política, etc., que son todas tanto (en primera instancia) psíquicas como (en segunda instancia) físicas. La ira es consecuencia de las aún muy altas temperaturas de la creación. De igual manera a como convierte, no solo en todas las geografías, nuestras arquitecturas interiores y exteriores en ejemplos sublimes de nuestra grandeza y en la grandeza de toda la naturaleza cada vez más silenciosa e infamemente febril, de igual manera destruye también nuestras creaciones en todas nuestras geografías bajo toda esta su naturaleza constantemente, infamemente febril. ¡Cómo ella sola desmenuza nuestra lengua hasta su afasia total y todavía cortical, y la ha salvado, por medio de la violenta transfusión, de sí misma! Cómo ha llegado, una y otra vez, siempre en el momento preciso por medio de las bellas artes a todos los rincones de la tierra y los ha ridiculizado y los ha destruido y los ha dejado surgir de nuevo y una y otra vez a proporciones mayores y a las más grandes. Su imprevisto nos da constantemente aparentes catástrofes, y el clamor de dolor que origina su dolor repentino lo pueden oír (atender) todos y siempre completo, y en todos los países y en todas las constituciones y en todas partes, en cada una y todas sus particularidades. Es el origen de todas las conmociones. La ira llamada sinsentido (cruel, superior, santa, general, aislada), que intentó analizar el sabio Séneca entre los pitagóricos hace aproximadamente dos mil años, es igualmente útil que la ira llamada útil (cruel, superior, santa, general, aislada), la que genera «orden y nada más que orden» y la que extermina. Ya que aquella, que genera orden y nada más que orden, también extermina y la que extermina no genera más que orden y nada más que orden. El arquitecto es al mismo tiempo el destructor de la casa (¡sin él no habría casa alguna y por eso ninguna para su destrucción!), como el destructor de la casa el arquitecto. El que le pega al perro le hace bien, el que consiente al perro le pega. Las leyes y las legalidades [Gesetzmäßigkeiten] también son anarquía porque no son leyes naturales, legalidades naturales. La ira es la martilladora que perfora los oídos tapados. Es la demoledora de ciudades a la que le deben los ciudadanos sus ciudades. El mundo le debe la luz a las tinieblas y le debe sus tinieblas a la luz. En tiempos sin ira, en tiempos en los que la ira puede ser reprimida, en los que ella no alcanza sus derechos naturales, aparece siempre un devastador abandono y todo se torna repugnante con el tiempo incapaz de la ira, y por todas partes está podrido y la podredumbre y la pereza se explayan como la más vieja de las pestes. Una podredumbre insoportable descompone todo lo de los mandatarios del estado y lo de las más grandes cabezas de la ciencia y del arte en pequeños, los más pequeños e ínfimos individuos. Sin la ira y por la incapacidad de la ira, el mundo es asqueroso y el destino del mundo y el destino de los seres humanos es devaluado a desagradable y sin piso. De las universidades mana el olor de carroña asentada y los periódicos apestan a la ausencia de vida y las ciencias están todas calcificadas y en los estados y en sus representaciones miméticas de miembros humanos domina un tedio horripilante. Los estados y los países y las ciudades y los pueblos sin ira son tan fríos y tan muertos como las ciencias y los libros sin ira, como los muchos períodos pasados sin ira, ahora manchas incoloras sobre la historia. La ira es temida, los particulares le temen a la de la masa y la masa le teme a la de los particulares. Es la tiniebla para el clínico. Es la tiniebla para el científico. La vida es una consecución cada vez más densa de tinieblas (de obstáculos) que vienen de la ira. Entiéndase por tinieblas (obstáculos) de la ira, al ser estudiadas y probadas, nuestras características mayores, los apogeos más esplendorosos de nuestro abandono terrestre. Hasta tras la reproducción y la sabiduría es la ira, en cualquiera de sus formas, la que nos da fuerza. Séneca, desesperado defendiéndose de la recriminación de ser iracundo, es de gran importancia justo allí donde la ira, y nada más que la ira lo corrige. Se indagaba y apostaba por «el habilitado para la ira». Así se indagaba y apostaba por Pascal, Descartes, Novalis. No pasaba por medio de naturalezas fuertemente impávidas. La ira se sirve, sin excepción, exclusivamente de «los debilitados para sus propósitos», viene a nosotros solo por medio de aquellos «altamente debilitados para sus propósitos». Hitler fue un perverso, perteneciente a la ira, un debilucho perteneciente a la ira, dice Lee Harvey Oswald. La ira llega con la marca de la mayor debilidad, con una red de enfermedades mortales. Pueblos débiles, como el germánico y el escita, fueron por su ira los más fuertes. La ira es el perjuicio aparente del hombre, aunque esta sea todo para la naturaleza y para los constantemente maravillosos sistemas de la naturaleza. Vista superficialmente, es uno de los mayores males humanos desde siempre; en realidad es el mayor impedimento de todos los imaginables estancamientos, atascamientos en nuestra ciencia, nuestros pensamientos, nuestra sangre. La ira es solamente un pecado capital cristiano, pero no en la naturaleza. La vida desde la naturaleza, que es la que debemos llevar, no está hecha para un desarrollo pseudonatural tal como lo deseamos constantemente y como nos hemos acostumbrado a imaginarlo durante cientos de años, más bien se mantiene en marcha por su manera correspondiente a la naturaleza, y no a los seres humanos. Oímos y vemos y sentimos todo desde nosotros, no desde la naturaleza: esto estropea nuestras filosofías, esto mantiene nuestras ciencias sobre el terreno de la ridícula humanidad. La ira, sea esta de Dios, es el origen de todos los efectos, sea efectuada de repente o en el transcurso de millones de años, de milenios humanos.

En: Hans-Geert Falkenberg (Ed.). Die sieben Todsünden. Vierzehn Essays. (1965)