Yo les di nombre a todos los árboles de este país. Subí a la cima del morro, grité sus nombres y ellos respondieron a mi voz.

Castaño. Palo María.  Mirto de miel. Madroño. Yarumo. Arrayán. Resbalamono. Magnolia. Cedro. Andiroba. Samán. Caimito. Yaya. Ciruela de Madagascar. Cerezo silvestre. Mamey. Ceiba.

Los árboles son nuestros únicos amigos. Desde los tiempos de África, sanan nuestro cuerpo y nuestra alma. Su olor es magia, poder de la gran época reconquistado. Cuando estaba chiquito, mi mamá me acostaba a la sombra de sus hojas y el sol jugaba a las escondidas con mi cara. Al volverme cimarrón, sus troncos me servían de barricada.

Yo fui quien les dio nombre a los bejucos también. Anturio tabaco. Anturio. Jazmín de Madagascar.  Singonio rojo. Gloria de la mañana. Bandera de España. Los bejucos también son amigos desde los tiempos de los tiempos. Los bejucos amarran cuerpo con cuerpo. Ñame con ñame.

Les di nombre a las quebradas, sexos grandes abiertos, en el mismo fondo de la tierra. Les di nombre a las rocas al fondo del agua y a los peces, grises como las rocas. En una palabra, le di nombre a este país. Salió de mis entrañas en un chorro de leche. Hace mucho tiempo, viví mi vida en el hueco de las bromelias, llenando mi estómago de la savia de los árboles. A veces, cansado de planear sobre estas perchas, bajaba a las sabanas entre los cañaverales en flor. Daba mi espalda a las alturas y me empujaba hacia el mar, buscando las costas bajas, pantanosas, que roe el agua alocada de los callejones marinos. Yo amaba más que nada la arena negra, negra como mi piel y como el luto de mi corazón.

Antaño, viví con Gracieuse. Gracieuse. Negra ébano. Jugosa caña congo. Caña malavoi de corteza bordada. Te fundías en el paladar de mi boca.

Un día, lavaba mis harapos en el río cuando apareció delante de mí, con una bandeja equilibrada sobre la cabeza. Rio guturalmente y me dijo:

—¿Es un trabajo de hombres ese que haces?

Respondí:

—Efectivamente, no. Pero no tengo mujer. A menos que tú quieras serlo.

Soltó la risa para saludar la vida que se anunciaba. ¿Cuántos años pasaron, uno tras otro, empujando cada uno sus doce meses?

De día, yo plantaba como mi padre y mi abuelo y la tierra me daba todos los tesoros de su vientre. De noche, me recostaba sobre la almohada de satín que eran los senos de Gracieuse, me hundía en el agua salada de sus muslos  y nuestros hijos nacían, a veces de a dos, sólidos y listos para el mañana. Pero la felicidad no es más que un paréntesis en el océano infinito del infortunio.

Una mañana, me desperté entre el clamor de los cerdos degollados. Era Navidad y los carniceros asesinos se limpiaban las manos enrojecidas con hojas de guayavita. Las mujeres lavaban las tripas en el río. Se me partió el corazón y, para no ver ese espectáculo, agarré mi azadón y bajé a la sabana mientras Gracieuse se burlaba de mí:

—¿Te embobaste? ¿No es así como nuestros padres siempre han celebrado la Navidad? ¿Prefieres los pavos congelados de las tiendas?

No respondí.

Al cabo de tres horas, el olor del humo llenó mis fosas nasales. Al mismo tiempo, un ruido sordo se elevó, idéntico al que hace la quebrada cuando sale de su lecho en época de invierno. Levanté la cabeza, limpiándome el sudor de la frente, y vi arder el morro. Entre darme cuenta, soltar las herramientas y correr a todo lo que daban mis piernas, mi casa ardía y todo lo que amaba estaba reducido a cenizas.

La policía continental hizo lo que tenía que hacer. Hizo preguntas. Como encontraron en los alrededores un galón de queroseno, concluyeron que yo tenía enemigos. Según ellos, el pueblo me odiaba por lo bien que me había ido y  por lo muy feliz que era. Desde ese día, arrastré mi cuerpo por los caminos derrumbados de la existencia.

Vi este país cambiar.

Vi a los Blancos huir en gran desorden en medio de los torbellinos de humo de las plantaciones. Vi a los Negros dichosos dar la espalda a la rasquiña de la caña y apresurarse por los caminos que conducen a las ciudades. Las mujeres los veían irse, secándose las lágrimas y arrullando a los bastardos, pues sabían, aunque fuera en el fondo de sus corazones, que ese júbilo no duraría y que, pronto, la miseria los devolvería al redil. Vi abrir escuelas y, sin dar crédito a mis oídos, escuché a los niños entonar “nuestros antepasados, los Galos…”

Vi llegar la luz y los postes eléctricos, las calles pavimentadas, el hormigón, los autos que rodaban sobre cuatro ruedas. En la Pointe, los guppies morían de sed en el fondo del desagüe, mientras el corazón de los hombres se volvía más y más duro y malvado, todo ocupado de antenas de radio y de televisores a color. Cuando me acercaba a los pueblos habitados, los hombres agarraban piedras en la mano para ahuyentarme y las mujeres me gritaban como a un perro.

—¡Chite ! ¡Chite!

Entonces empecé a salir sólo al abrigo de la noche cuando la luna me indicaba que el camino estaba libre.

  Año tras año, vi a los barcos bananeros partir al asalto de los inmortales. A los tractores reemplazar los machetes y a los árboles de palo santo caer tiesos sobre la calvicie de la tierra ¿Dónde esconderme? ¿Dónde esconderme?  Corría por todo lado y el sol me lastimaba los ojos.

Un día, fui a dar a un camino y los árboles me llamaron para darme sombra. Obedecí y me acurruqué en el calor sofocante y familiar de sus axilas. Me amordacé con las lianas. Me asfixié de felicidad. Tan pronto el sol empezaba su viaje al otro lado del mundo y la oscuridad pesaba con su peso sobre todas las cosas, yo bajaba al mismo fondo de la Ravine. Escondido bajo las rocas, devenía caballito del diablo para escuchar la canción del agua.

Rivière au Sel, yo le di nombre a ese lugar.

Conozco toda su historia. Es sobre las raíces en contrafuerte de esos cerezos silvestres que el charco de mi sangre se secó. Pues aquí se cometió un crimen, aquí mismo, hace muchos muchos años. Un crimen horrible cuyo hedor apestó a la nariz de Dios. Yo sé dónde están enterrados los cuerpos de los torturados. Descubrí sus tumbas bajo el musgo y el liquen. Raspé la tierra, blanquecina de conchas de caracol, y cada noche al sereno, vengo a hincarme aquí sobre mis dos rodillas. Nadie ha sabido ese secreto, sepultado en el olvido. Ni siquiera aquel que corre como un caballo loco, olfateando el viento, oliendo el aire. Cada vez que me lo encuentro, el fuego de mi mirada quema la suya, y él baja la cabeza, porque ese crimen es suyo. Suyo. Puede dormir tranquilo, sin embargo, preñar a sus mujeres, sembrar hijos, que yo no le haré nada, el tiempo de la venganza ya pasó.

***

Para Gracieuse, no hubo ataúd ni velorio, no hubo ron ni oración. Ni cementerio donde tender sus huesos a la sombra. Solo hubo cenizas, copos negros sobre la negra tierra calcinada. Agarré un puñado de cenizas en mi mano. Me fui hasta la playa. De pie bajo un árbol de uva playera abrí la mano y el viento sopló las cenizas hacia el mar. Desde ese día, todo se nubla dentro de mi cabeza y ya no llevo la cuenta de los días.

Recuerda amor mío sin sepultura cuando íbamos a la deriva tranquilos sobre la espuma del placer.

 

 

Tomado de: Traversée de la Mangrove. Mercure de France, 1989, pp. 241-245.

Versión del taller de traducción de Lasirén Editora, conformado por Mónica María del Valle Idárraga, Katherinne Moreno Molina y Michael Parrado León