El desafío de escribir en creol - Me vertiginizo

Por: Frankétienne

Arte por: Paola Sierra

Durante mi infancia, mi adolescencia y buena parte de mi vida adulta, viví en un medio popular totalmente creolófono, y sin embargo nunca había escrito la más mínima línea en creol hasta la edad de 39 años. De un modo pulsional y fortuito, tomé la gran decisión de asumir los riesgos de la escritura creol, después de una larga y enriquecedora discusión con el periodista Jean Dominique, quien en esa época era cronista cultural en la radio.

Estamos precisamente en el primer domingo del año de 1975, en una de las playas de la Côte des Arcadins. Por casualidad. Y por necesidad. El sol. El mar. La arena. El sueño. El deseo. Un encuentro fortuito, inesperado, milagroso, pero que se inscribe en la lógica de nuestras preocupaciones y de nuestras sensibilidades comunes: Mari Andrée, mi esposa, mis dos hermanos jóvenes Isnard y Marc-Yves, Michèle  Montas y su esposo Jean Dominique, y también yo mismo.

Jean Dominique hunde el bisturí en la herida oculta que me pica, me quema las entrañas y me devora las tripas y los sesos subrepticiamente echando esta frase como un látigo:

“Tendríamos la prueba irrefutable de una gran alienación si Frankétienne,  el autor de Maduro a reventar y de Ultravocal, no puede dar al pueblo haitiano la primera novela en creol”.

No contesto ni pío. Profundamente trastornado. Perturbado durante días y noches, después de este inolvidable encuentro, y sobre todo de esta declaración.

Encontré poca gente que me animara hacia la vía de la escritura en creol. Inhibido, espantado, paso más de  un mes sin poder escribir sino fragmentos de frases insípidas en mi lengua materna, la lengua de mis padres, la lengua de mi barrio, la lengua de mi pueblo, la lengua de mis tripas. En un estado de rabia contra mí mismo, tiro al fuego, el domingo 23 de febrero de 1975, dos manuscritos ya acabados, dos novelas en lengua francesa: Trajectoire [Trayectoria] y Visa pour la lumière [Visa para la luz].

Practiqué así una especie de auto de fe de dos de mis obras que me costaron años de trabajo. Es un extraño exorcismo que sin embargo me libera. En la sola noche del domingo 23 de febrero hasta el amanecer del lunes 24 de febrero de ese año memorable de 1975, escribí febrilmente las treinta primeras páginas de la primera novela en creol haitiana, Dezafi. Novela que iba a llegar a ser la primera novela antillana en creol (fuera de Atipa, primera novela en creol de la Guayana, escrita por Alfred Parépou).

Dezafí está terminada en cuatro meses y es recibida, al ser publicada, como la primera novela moderna en lengua creol.

Mi producción teatral de expresión creol llega más tarde gracias a las influencias benéficas del comediante y realizador François Latour, quien me animó a escribir para el teatro. Twoufoban y Pèlentèt aparecieron y me dotaron de una amplia audiencia nacional.

Luego, el Instituto Francés de Haití me proporciona una ayuda preciosa, al montar por intermedio del realizador Jean Pierre Bernay, tres de mis creaciones teatrales en doble versión, creol y francesa. Es la bella aventura teatral de los años 80 a través de una colaboración ejemplar entre autor, realizador y actores, con Bobomasouri y Totolomannwè

Hay otras creaciones en creol. Y sobre todo en 1987 la perturbadora, la barroca, la subversiva ESPIRAL creol bautizada Adjanoumelezo, un extraordinario macizo creol caótico que sigue inquietando tanto a las almas hipersensibles y a los espíritus pudibundos como a los creolófonos fríos y débiles que no saben nada de la energía creadora de las masas populares, nada en absoluto del poder expresivo del pueblo haitiano. Muy sencillamente les recuerdo a ciertos intelectuales moralistas y pseudorevolucionarios que la violencia del lenguaje es a menudo, lo más a menudo, una respuesta cultural a una insoportable violencia secular multiforme y pluridimensional.

En cuanto a la situación actual de la lengua creol en Haití es imperativo rechazar el folclorismo empobrecedor tanto como las prácticas académicas bastardas. Se trata de abrir la matriz creol a las riquezas universales sin alterar la esencia fundamental, la savia nutricia, el espíritu profundo y la misteriosa música de la lengua creol.

El poeta Félix Morisseau-Leroy había señalado una de las pistas de enriquecimiento del creol con la adaptación de Antígona. ¿Por qué no traducir al creol las obras maestras de la literatura mundial para aportar sangre nueva a nuestra lengua? Ya es tiempo de que el estado acepte gastar dinero para adelantar una política cultural realista y fecunda en función de los intereses del país. La valoración del creol, al margen de cualquier demagogia alfabetizante, se revela como necesidad sin subestimar otras urgencias.

El creol no tiene futuro si la sociedad haitiana sigue hundiéndose en el ciclo de los fracasos, de las catástrofes y de los desastres repetitivos.

Toda lengua tiene el futuro y el destino de la comunidad que la habla.

El creol carga todavía los traumas y los estigmas de una comunidad aplastada por los horrores y las violencias del colonialismo esclavista. Y no supimos valorar lo adquirido en la epopeya de 1804. Nosotros mismos hemos dilapidado, ensuciado y reensuciado nuestro pasado. Nunca nos preocupamos de administrar el presente. ¿Cómo entonces podríamos pretender aprehender el futuro?

El creol y tantas otras cosas haitianas tendrán un porvenir cuando aprendamos a construir un país para la mayoría o para una totalidad de verdaderos ciudadanos con entera participación. Y cuando cada haitiano pueda pensar, actuar y decir, fuera de toda mentira demagógica, con toda autonomía y plena soberanía: “Peyi m se kinan m” (Mi país me pertenece).

Al margen de esta apuesta y de este desafío, los malabarismos líricos y las elucubraciones ideológicas no son sino operaciones que agitan polvo, viento y humo dentro de una obesidad folclórica y del embarazo estéril de los espejos estúpidos.

***

me vertiginizo

 

¿Qué podría escribir que nadie sepa ya?
¿Qué tendría que decir que nadie haya oído?
Escucho mi voz barroca en el espejo inflado de letanías salvajes.

Baterista respondiendo a los llamados de mi ciudad
rapero marcando la embriaguez de mis tripas
deliro y tambaleo en medio de mi lengua farragosa con
ruedas ciclónicas.

Resbalo en los zigzags de mis palabras bordadas de huracán
mis paisajes estrujados al girar el viento
coincidencia y connivencia
mis ansias y mis heridas
mis alegrías y mis vértigos al estremecerse la máscara
mi sombra descuartizada entre el olvido y el espanto.

Mis amores me vuelven, amalgama de utopía y de tierna
violencia cuando devoro mis silencios.

Me vertiginizo al contemplar mi ciudad de pie
fuera de los vestigios de la sombra
entre piedra y polvo
entre el oro invisible y el pantano de las tinieblas
entre basuras y luz
nado inagotable
soy de Puerto Príncipe
mi ciudad extraviada en noches inagotables
mi ciudad esquizofónica habladora incansable.

Combino mi pesadilla y modulo mi insomnio a mi modo. Mi ciudad dentro de mí. Al fondo de mí. En mi cabeza. Y en mis tripas.

 

***


Mi ciudad despojada descarrilada/desataviada
mi ciudad en caída vagabunda
mi ciudad mezcla de crepúsculo y alba
mi ciudad desfloración y perdición
mi ciudad en descomposición perpetua
mi ciudad varada en todo
mi ciudad milagro cada día.
Mi ciudad locura sublime y patética toda llameante
en paradojas desconcertantes.

Y claro funciona en la grasa excepcional del caos
desborda vitalidad y energía
rueda en el misterio
se apura en la oscuridad
gira en la inmovilidad del tiempo y la inercia de los precipicios se quema se desplaza y redesplaza se mueve baila piafa gruñe aúlla jazzea chirría rapea intensamente cuando escucho más allá de mis ventanas desvergonzadas la acritud de las noches sangrientas y la áspera dicción de las lluvias mestizadas de los vientos locos.

 

***

 

Música perfume de luna
al fuego de mis caprichos
a los deleites de mis ojos
a los condimentos de mis juegos
al tiempo del rapjazz.

Escupí mis cardos
quemé mis tizones.
Mi ciudad ardiente
está en mi vientre.

 

Tomado de: Frankétienne de antología. Lasirén Editora. Bogotá, 2016.
Traducción de Gertrude Martin Laprade. Cotraducción de Mónica María del Valle Idárraga
Agradecemos profundamente a Lasirén Editora por su permiso para esta publicación.