Antes de traducir Bartleby, el escribiente, esa pequeña joya misteriosa e inquietante que labró el escritor estadounidense Herman Melville hacia mediados del siglo XIX, mi relación con el oficio de la traducción era, podría decirse, eminentemente comercial, o peor aún, casi descaradamente burocrática: una que otra vez me las tenía que ver con documentos fútiles que encontraba en portales web para traductores mercenarios (ellos se autodenominan freelancers) con el objeto de procurarme algún ingreso económico: catálogos de ropa interior femenina, manuales de uso de electrodomésticos, artículos imposiblemente estúpidos para revistas o portales dirigidos a público adolescente, entre otros esperpentos. Se trató de una actividad corta y, afortunadamente, cada vez más lejana.

 

Si, aun con tan poco, decidí embarcarme en la traducción de Bartleby, un relato además publicado hasta el cansancio por editoriales y piratas de todos los colores, fue principalmente por dos razones: la primera era que el pedido me lo hacían dos amigos del alma, que por ese tiempo estaban comenzando una editorial artesanal (la Editorial Ataraxia) en la que, por razones del azar y la amistad, ahora estoy metido hasta el cuello. Querían engrosar su catálogo con títulos de renombre cuya publicación no revistiera complicaciones con temas de derechos intelectuales, en cuyo caso la traducción exclusiva de autores clásicos resulta una opción segura que, además, puede llegar a ofrecer caminos editoriales muy interesantes, tal como llegamos a constatar con esta edición comprehensiva de Bartleby, llena de detalles en su hechura y de notas que no se encuentran fácilmente en otras traducciones.

 

La segunda razón se complementa con la primera y es aún más importante: por la época en que me llegó este pedido, yo no quería volver a escribir ─o, en cualquier caso, no quería escribir nada que fuese de mi propia autoría─ y, por encima de todo, para decirlo con pocas palabras y que se entienda, me sentía solo.

 

Contaba, sin embargo, con una ventaja o con una especie de salvavidas, y era que desde hace años venía leyendo y releyendo el ensayo acerca de la soledad de los escritores que escribió Paul Auster cuando falleció su padre y donde, entre otras cosas, propone entender la relación con la literatura como un asunto fundamentalmente atravesado por la amistad, por una cierta noción de fraternidad no presencial, sino mística, entre quien escribe y quien lee, posible gracias a un ardid mágico del contacto con lo escrito. Entre otras muchas, de la lectura de Auster se quedaba conmigo y repetía para mí constantemente la siguiente frase que, en últimas, fue la que me permitió tomarme el descaro de acometer la traducción de Melville:

 

«A. se sienta en la mesa para traducir el libro de otro hombre, y es como si entrara en la soledad de ese hombre y la hiciera propia»

 

Yo quería apropiarme de la soledad que suponía que Melville (mi autor de cabecera, mi modelo de lo que debía ser un escritor en su relación con la propia obra) debió haber sentido durante el tiempo en que compuso Bartleby, esto es, en la época en que él mismo consideraba la posibilidad de dejar de escribir por razón de una seguidilla de fracasos literarios, no exclusivamente comerciales, que lo llevaron a aceptar un puesto burocrático en la oficina de aduanas de Nueva York y a abandonar definitivamente la escritura de novelas para dedicarse, de ahí en adelante, a componer únicamente piezas cortas: poemas y relatos de pequeña extensión. Quería apropiarme de la soledad de Melville para entenderla, porque intuía que, guardadas las proporciones de todo tipo que cabe tener en cuenta aquí, nos aquejaba el mismo mal, la misma abulia paralizante.

 

Como es sabido, el protagonista de este relato clásico es un copista de leyes ya famoso en la historia de la literatura por haber acuñado la frase “preferiría no hacerlo”, arma letal con la que respondía cada vez que se exigía algo de él. Se trata de un personaje ambiguo y para nada entrañable; misterioso, si bien su misterio parece consistir en la absoluta falta de misterio, de profundidad, en una ausencia total de deseo y de voluntad que desdibuja cualquier tipo de amor por la vida. Su accionar pasmoso encierra una pregunta moral que no es formulada en el cuento de Melville (donde el narrador, el abogado jefe de aquel burócrata, solo puede hablar desde una situación de radical desconcierto) y yo, en todo caso, no me atrevería a intentar enunciar aquí; lo cierto es que, incluso antes de emprender esta traducción, mi idea era que tanto Melville como el narrador del relato eran presas del mismo desarreglo que yo sentía por ese tiempo: una especie de desplome del sentido, la intuición aterradora ─e indecidible, además─ de que, tal vez, ninguna acción humana tenga un fin justificable desde un punto de vista ético.

 

Para resumir, entonces, dadas todas estas circunstancias, lo que aprendí de la traducción literaria a partir de mi experiencia con Bartleby es esto: por una parte, que no hay nada, ninguna idea, ningún miedo, ninguna inquietud, por ambigua o vaga que resulte, que no pueda tomar forma en la literatura, y que de lo que se trata es de comprender los procedimientos que llevan a este resultado, siendo la traducción, en este sentido, una experiencia privilegiada para aprender de los maestros, de los de verdad, de esos que serán imprescindibles durante mucho tiempo, aunque después también se olviden. Y en segundo lugar: puesto que todo puede expresarse, todo puede traducirse, dado que, en todo caso, cualquier obra escrita es una especie de traducción en sí misma: realiza un tránsito de un marco de referencia a otro, del ámbito misterioso e inasible del sentido al medio reconocible de los significantes.

 

No suscribo, pues, la aseveración de que “toda traducción es una traición”, tan común y tan propia de puristas anacrónicos, de políglotas insufribles y de completos despistados. En cualquier caso, si se va a hablar de traición también se debe hablar de lealtad, y en ese sentido convendría volver siempre a la noción de amistad literaria de la que habla Auster en La invención de la soledad: entender la traducción como un acto de fraternidad, como un diálogo sincero y de mutua lealtad entre dos amigos. Yo a Herman Melville lo siento como alguien muy cercano a mí, como un amigo entrañable o como un hermano mayor; espero haber correspondido de algún modo a la honestidad y el cariño con los que me ha hablado desde que lo conozco, y a lo mucho que me ha nutrido ese encuentro.