La niña llora todo, por todas partes. La oigo aunque no la veo. Debajo de la tierra, con mis manos, yo la puse ahí. No pude ni abrazarla, ni sostenerla, ni darle pecho. Llegó para caerse, así, de bruces contra el piso de tierra, en el baño, tan pronto salió de mí. No hizo ningún ruido, al principio, hasta que oí un llanto como de pájaro asustado y después se calló otra vez. Salió hace poco, todavía la siento, sigue saliendo, algo se abre, el dolor ahí, como si me estuvieran mordiendo muchos dientes las carnes, quema y arde. Yo no sabía nada de cómo se hacía todo esto, en la vida de veras, a escondidas para que no se den cuenta, que no se den cuenta, que no se escuche nada, por favor, muy pasito, y sintiendo la panza hecha un nudo de miedo, no como cuando jugábamos en el palo de mango: nos acostábamos en la tierra, mis amigas y yo abríamos las piernas y paríamos a nuestros hijos, entre todas a la vez, ¡pujen fuerte!, como si fuéramos a ir al baño, pero más duro, me daba risa, se me abría un sol en la panza. Una era siempre la partera, como habíamos visto hacer en el pueblo, ella se aseguraba de que los mangos nacieran vivos, de que salieran de nosotras enteritos y no doliera tanto, nos acompañaba. A esos hijos los arrullábamos un buen rato, les poníamos nombres, los amamantábamos y después nos empezaba a dar mucha hambre, todo eso de dar a luz era mucho trabajo. Eran muy ricos, dulcecitos, aunque a mí se me quedaban los pelos entre los dientes, eso era lo que no me gustaba. Ahora recuerdo, el dulce, el olor dulce de los mangos.

 

Estoy callada acá, acurrucada, espero, sigo escuchando que llora lejos, debajo de la tierra.

 

La niña salió de mí, hecha de mí y de un pedazo de ese hombre que no quiso venir (aunque es mejor así, o no…no sé). No está aquí, estoy sola viendo un pedazo de luz que se estira y encoge en la pared: yo sé que es ella mandándome reflejos. Ese hombre fue el que me la puso adentro, yo no quería. Yo estaba era mirando, me dio curiosidad, fui allá, a los potreros donde hay flores que se pueden comer, y lo vi a él, me estaba siguiendo, se acercó, me agarró y me llevó lejos, y fue rápido que pasó y yo no pude hacer nada, ni decirle a nadie, era pura vergüenza y miedo; después siempre vigilándome, que no dijera nada o me mataba, eso decía con el bigotón ese que se le movía y yo tratando de mirar a otra parte. Se me revuelve dentro todo cuando me acuerdo. Me le acerqué y le dije que ya venía, que quién se iba a hacer cargo, eso no es mío, gritó, escupió.

 

La enterré en el patio de atrás para que descansara, para descansar yo, porque nació muerta de mí, de mi cansancio de días y semanas sola, apretándome la panza para que no se me viera, que si se daban cuenta me iba mal. Vivimos juntas días y noches, yo le hablaba, trataba de que entendiera que por acá todo estaba muy solo, muy feo (ni el palo de mango está bonito ahora), que no valía la pena venir; déjame sola, le decía, que quiero hacer otras cosas, lo que hacen los grandes, caminar hasta el lugar del pueblo donde hay baile y música, aprender cosas, irme lejos.

 

Las almas, a mí me dijeron, vienen a este mundo y cuando no pueden entrar, se convierten en flores o en frutas. Hay flores y frutas que detrás son túneles por donde todas las ánimas viajan y se quedan ahí, atascadas. Aquí no hay flores.

 

Cuando se cayó, la agarré como pude, encogida de dolor, ella estaba arrugada, silenciosa, no se parecía a nada ni a nadie, y sentí esto, este malestar como miles de pelos de mango entre los dientes, al verla, el miedo, ¿como uno hace venir algo muerto? Ahora la voz de la vecina. Pregunta que qué pasa, ella escucha, ella quiere saber; salió de mí muerta, le digo, aunque no escuche ya, lloró un rato, un llantito de pájaro asustado, y después ya nada, debía enterrarla, no podía dejarla ahí.

 

Ahora oigo más el llanto, en todas partes, en mi cabeza, en mi vientre, en mis ojos. Sigo acurrucada y me imagino que estoy pariendo de nuevo. Yo soy un mango grandísimo y lo que sale de mí soy yo misma, pequeñita, amarilla, tengo pelo por todas partes. Lloro, grito, maldigo, me como la tierra, me levanto y dejo a mi madre fruta atrás para comérmela luego, cuando vuelva.